Actualizado: 09/12/2019 13:16
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Cambios, Economía

Perretas y portazos

La credibilidad internacional no es un asunto estrechamente económico, sino que es, en el sentido laxo del término, eminentemente político

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Raúl Castro ha declarado que una de sus mayores prioridades es restaurar la credibilidad económica internacional del país.

Me parece muy razonable.

Pero si el General/Presidente cree, como sugieren los dislates diplomáticos del gobierno que preside, que lo va a hacer simplemente pagando deudas, está equivocado. Pues la credibilidad internacional —a menos que se tenga mucho petróleo o mil millones de habitantes— no es un asunto estrechamente económico, sino que es, en el sentido laxo del término, eminentemente político. Se produce cuando hay una aceptación política del sujeto —en este caso del país— que de lo contrario estaría siempre obligado a moverse en los arrabales del mercado y tratar con sus peores exponentes. Y ello exige políticas demostrativas y convincentes de que el país se atiene a una serie de reglas claras y predecibles.

Durante la época soviética esto no era un problema. La relación política con Moscú garantizaba la inserción a un mercado poco exigente y depreciado tecnológicamente, pero seguro para garantizar la sobrevivencia. Desde 1990 esto ha cambiado totalmente y el mundo es otro. Pero si exceptuamos las políticas específicas respecto a los países del ALBA —con lo cual se garantiza un sustancial subsidio imprescindible para la sobrevivencia— no hay nada nuevo en la política exterior cubana. Lo cual, digo de paso, pone permanentemente a la sociedad al riesgo de otra hecatombe económica como la que vivimos en los 90, dulcemente denominada “Período Especial”.

Un ejemplo de esta inercia es la forma como se ha manejado el caso de Obama. El Presidente estadounidense es, en lo personal (como lo fue Clinton), un enemigo del bloqueo/embargo, pero ningún jefe de Estado decide sus políticas por sus convicciones, sino por sus conveniencias. En sus primeros dos años Obama fue eliminando todas las restricciones colocadas por su predecesor, hasta dejar el asunto a un nivel ligeramente más avanzado de como lo dejó Clinton. Una política realista y realmente nacionalista (es decir en beneficio de la nación cubana) hubiera sido mover fichas para estimular los cambios. Pero nada se hizo. A cambio, Obama solo recibió todo tipo de portazos principistas en nombre de la “independencia nacional”, con el asunto de los cinco agentes incluido.

Con ello, los cubanos perdieron la oportunidad de mejorar —y eventualmente normalizar— las relaciones con el país más poderoso de la tierra, donde vive un 15 % de los cubanos con mayores riquezas (exceptuando quizás a la élite tecnocrática militar enriquecida dentro de Cuba), sin cuyo mercado difícilmente pueda despegar la economía cubana, y finalmente mucho más cerca de la isla que Dios.

En un documentado artículo Eugenio Yáñez ha traído a Cubaencuentro el caso de Bill Richardson, un miembro del ala liberal del Partido Demócrata siempre interesado en conseguir el fin del bloqueo/embargo. Su intención de mediar en el controvertido caso de Alan Gross hubiera sido una oportunidad. En cambio, fue un problema, y Richardson tuvo que abandonar la Isla cargado de vituperios por parte de una locuaz funcionaria quien proclamó, con la audacia que genera la mezcla de poder e ignorancia, “que Cuba es un país soberano, que no acepta chantajes, presiones, ni prepotencias”. Y a Richardson lo llamó algo así como difamador. Otra perreta y otro portazo.

Con Europa no nos va mejor. El Gobierno del PSOE ha hecho todo cuanto ha sido posible —y quizás más de lo posible— por conseguir la eliminación de la simbólica y nada efectiva Posición Común. La aquiescencia ha sido tan inconmovible que conspiraron con el Gobierno cubano y la Iglesia local para facilitar la liberación y destierro de decenas de prisioneros y sus familias, y luego sonrieron tanto que hubo que destituir al canciller en funciones.

A cambio el Gobierno español ha recibido sus buenos portazos. Uno sucedió cuando, en una comparecencia ante el parlamento, un ministro, tras argumentar cambios positivos en Cuba, dijo que le preocupaban los derechos humanos. “Una vez más —informó el invariable Granma— se verifica que no hay ostensibles diferencias en los fueros de algunos que bajo la piel ‘socialista’, expresan total connivencia con esa retórica anticubana promovida por el aznarista Partido Popular”. Luego, quitaron las credenciales a Mauricio Vicent, un periodista acreditado por El País y que se caracterizaba por un optimismo inextinguible acerca de la evolución positiva de la Isla.

Obviamente, no se trata de simples palos a ciegas. El gobierno intenta normalizar sus relaciones con todo el mundo, también aquí, por la vía china. La relación con los liberales siempre está salpicada de temas escabrosos, como son los derechos humanos y la democracia. Y eso incomoda particularmente a una élite política que se cree en propiedad absoluta de un tema que en verdad corresponde a toda la sociedad.

Por eso busca incentivar los lados más prosaicos de la derecha, que —dada su orientación invariablemente pro mercado— tiene menos remilgos para pasar por alto los temas escabrosos si hay dividendos económicos por el medio. No olvidemos que hasta bajo un alucinado como George Bush, los negocios con Cuba se incrementaron exponencialmente. Y con Aznar las inversiones españolas en la Isla tuvieron momentos de gloria, lo que provocó que un cruzado enfermizo del anticastrismo como Valladares le enrostrara debilidades socialistas y le prometiera un pase de cuentas cuando llegara al poder o algo así. De lo cual imagino que los gerentes de la Meliá habrán reído hasta el desmayo en sus edenes tropicales.

Y para eso el Gobierno cubano cuenta con potenciales incentivos.

Uno es el petróleo, cuyas perforaciones con la plataforma semi-sumergible deben comenzar en diciembre. Y si el petróleo apareciera en cantidades suficientes y de alta calidad, creo que el bloqueo/embargo se expondría a un agujereo mayor que todo el que pudo hacerle Obama en sus años de estresante gestión.

Otra es el propio mercado que se abre en Cuba para el sector turístico, cuyas marinas, campos de golf, puertos para cruceros y hoteles de primera se amontonan en la franja costera desde Mariel hasta Varadero. Desde donde la élite tecnocrática/militar acaudillada por el clan Castro, mira ansiosa al norte y hace una apetitosa invitación al lobby hotelero que solo espera el momento en que sea autorizado el turismo americano en Cuba.

No creo que los cálculos del General/Presidente sean acertados, y que todo esto confluya en un restablecimiento de la credibilidad internacional. Pero sí estoy seguro de que se trata de una situación moralmente insostenible. Durante semanas, hemos estado apoyando y ensalzando a las bandas criminales de Gadafi. No importa cuan veleidosa haya sido la intervención militar de la OTAN, o cuan inseguros los rebeldes libios: hemos apoyado públicamente a un régimen cuyo impudor ha rebasado los límites del burdel político mundial. Y hemos terminado votando en la ONU junto con algunos países con los que no es aconsejable ni tomarse un café al mediodía.

Aunque las políticas externas cubanas se adoptan en nombre de un nacionalismo irreductible, solo es un nacionalismo de cierta manera: como un nacionalismo gamonal en que la patria y su gente quedan finalmente reducidas a un sistema político y a una élite acaudillada por un clan familiar. Si, en cambio, por nacionalismo entendemos la preservación de la soberanía articulada desde la democracia y por el bien general de la comunidad nacional, entonces hay que hacer de nuevo muchas cosas.

La clase política cubana tiene la oportunidad de comenzar a hacerlo, pero todos los cubanos, antes que los observadores en Washington o Madrid, requerimos señales claras de que se piensa la nación de una manera diferente. No como feudo, sino como república “por todos y para el bien de todos”.


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El entonces ministro español de Asuntos Exteriores, Miguel Ángel Moratinos (i), es recibido el 19 de octubre de 2009, por su homólogo cubano, Bruno Rodríguez (d), antes de una reunión oficial en La Habana (Cuba). En aquella ocasión Moratinos aseguró a la prensa que Rodríguez manifestó el deseo de “fortalecer las relaciones con España” y despejar todos los asuntos que pueden causar “inquietud o preocupación”Foto

El entonces ministro español de Asuntos Exteriores, Miguel Ángel Moratinos (i), es recibido el 19 de octubre de 2009, por su homólogo cubano, Bruno Rodríguez (d), antes de una reunión oficial en La Habana (Cuba). En aquella ocasión Moratinos aseguró a la prensa que Rodríguez manifestó el deseo de “fortalecer las relaciones con España” y despejar todos los asuntos que pueden causar “inquietud o preocupación”. (EFE)