Actualizado: 16/10/2017 9:39
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Boda Gay

Play it gay, Sam…!

Vi besarse a Wendy e Ignacio como nunca desde 1902 se ha besado el adúltero funcionariado cubano. Cuba cambia, aunque el pánico ante el poder todavía es humillante, por supuesto

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¿Has viajado La Habana en un descapotable Ford Fairlane de los años 50? ¿Has visto las reacciones del populacho, atareado en sobrevivir a la tarde tediosa del cumpleaños 85 de Fidel Castro? ¿Has oído las burlitas al cruzar una parada de guagua, las puyas de a pie, la palabrota desde un camión y las carcajadas desdentadas de cinco héroes del post-proletariado? ¿Has palpado la solidaridad insólita de desconocidos: el ancianito que se acerca a confesarse “pájaro” ante la nueva pareja, la mujeronga que dice bajo un semáforo: “Yo no entiendo pero los felicito de corazón”, el chofer que desde el otro carro te extiende su bendición con olor a gasolina adulterada? ¿Te has sentido alguna vez twitteando en los años 50 como un personaje de Tres Tristes Tigres?

La llovizna de rato en rato en tu cara. El cielo de Cuba encapotado y tú dudando qué diría Dios de este despliegue moral o mediático (qué dirán las iglesias de dios en la tierra, que apartan todo lo humano como con cierto asco). El gesto hosco de los patrulleros clausurando a boca de jarro el parqueo de la Plaza de la Revolución. Los aseres del Paseo del Prado, las lágrimas de un homosexual nervioso que huyó de la prensa como del diablo, los pescadores dejando correr la pita sin dar crédito a sus ojos, el comentario de quien estaba muy al tanto porque “nunca mira la TV nacional” sino la pirateada del “cable”. Los cláxones de media capital cubana, coliseo enclenque y magnífico. El revolico banal de los más o menos aterrorizados corresponsales extranjeros en La Habana, con esas pregunticas que no arrinconan a las autoridades criollas para no afectar la plusvalía de sus propios salarios.

Sentirte protagonista, aunque sea un sábado del socialismo insustituible de este país (según la Constitución vigente). Sentirte vivo. Es exultante. Asaltar La Habana en un tanque de guerra de lujo que no porta la muerte en sus extrañas, sino que brilla en rojo y blanco entre las ruinas reumáticas de esta ciudad. Así se sintieron Wendy Iriepa e Ignacio Estrada. Así nos contaminaron a todos con su entusiasmo de locos. De locas. De hombres. De hombre y mujer. Matrimonio oficial a regañadientes de cubanos rebeldes que, paradójicamente, un día decidieron decir .

La resistencia ya no como reacción: el futuro es acción, cualquier pasito insignificante descoagula el laberinto de nuestro presente precario. Cualquier oración en primera persona del singular es un borrón histórico tras tantas décadas de decadencia masificada. El 13 de agosto cambió para siempre los colores (y coloretes) de la piñata patria del Premier o ex-Premier: demasiadas velitas (diminutivo de velorio), demasiados homenajes (aumentativo del horror), era la hora de horadar la solemnidad de ese imaginario.

El mundo entero pudo sumarse al carnaval trans-gay-hetero (¿son o no son, de qué sexo por fin?). Dinamitación de espacios mentales y, a la vez, ceremonia architradicional de casarse de blanco y que esto no signifique nada en términos genitales. La mascarada del amor necesita ante todo de un escenario y de unos actores dispuestos a dejarse sorprender por su libreto, a jugar un poco a la ingenuidad y al lugar común, a delirar sus propios deseos de libertad corporal al margen del Partido único y del único Dios.

En una de estas tribunitas robadas al monolitismo discursivo del régimen cubano, va y se zafa el ladrillo mágico que sostenía al muro de contención. Una frase mal entendida en los micrófonos, una osadía orate ante las cámaras, un equívoco mínimo: cualquier imprevisto pondría en jaque al descubierto a un sistema de planificación que cada vez cuenta con menos planificadores en quienes fiar.

Cuba cambia. El pánico ante el poder todavía es humillante, por supuesto. Días atrás, otra compatriota transexual acusó por teléfono a Wendy Iriepa de “traidora” (¿será el CENESEX acaso una secta bajo juramento militar?) y [email protected] se alejaron en silencio [email protected] de su boda-bombazo. Otras profesionales de los medios advirtieron a tiempo a la novia (¿sería políticamente incorrecto teclear: la amenazaron?) de la debacle en que sería abandonada a su suerte suicida por la institución (¿mensajitos sicilianos a estas alturas de la literatura?). Pero Cuba cambia. No basta con repetirlo. Se respira en la atmósfera claustrofóbica de la catástrofe. En el estado de incomunicación ciudadana. En los despotismos ministeriales. En la desesperanza. En la decrepitud. En el amor como tablita desesperada de salvación.

Por momentos, Wendy Iriepa e Ignacio Estrada me parecieron habitantes caídos de otra galaxia, conscientes de su propia inverosimilitud, empeñados en cambiar el absurdo de su contexto antes que este los vaya a empañar a ellos. Por momentos, me parecieron apenas dos muchachones sin memoria, refractarios a la inercia de la adultez, capaces de sorpresas aún mayores en el seno bastante senil de la sociedad cubana.

Sé que fueron libres a ras de las alambradas. Sé que esa ilusión es irreversible y crea nuevas subjetividades. Sé que ambos están propensos de fracaso. No soy para nada optimista. El precio de la victoria de todo un pueblo en la plaza es apabullante en la alcoba individual. Esa fragilidad los ennoblece. Les confiere belleza, incluso la belleza de lo efímero. Cinco horas, cinco días, cinco semanas, cinco meses o cinco años de relación: ¿quién quisiera amar por amar para siempre?, ¿no es más entretenido que sea la vida la que nos separe y no ese fatalismo fúnebre que nos tiene, en tanto pueblo, paralizados del pí al pá?

Escuché planes de enamorados en los recién casados que seguramente serán acusados por la oficialidad remanente de ser engendros Made In USAID. Los vi besarse como nunca desde 1902 se ha besado el adúltero funcionariado cubano. Los provoqué con ideas limítrofes y con mis fotos de flashero mediocre que no podría ganarse la vida fuera de su fotoblog. Rieron como les dio la gana (se rieron de quien les dio la gana). Serán exquisitamente esquilmados ahora por la comentariada sin sueldo de nuestra patria prepóstuma (la mezquindad siempre es voluntaria, nunca profesional).

No les deseé felicidades. Esta pareja no necesita la hipocresía de nadie, menos aún detrás de un buró hereditario o un carguito congénito. En medio de la vorágine de las agencias y agentes, Wendy Iriepa e Ignacio Estrada están solos. Pero están más que bien así. Cumplidos los caracteres de rigor de esta columna, no le impongamos a su amor la tortura de terceros testigos.


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Wendy Iriepa e Ignacio Estrada, cerca de la Plaza de la Revolución, durante el paseo en el descapotable Ford Fairlane por La Habana. [Orlando Luis Pardo Lazo]Galería

Wendy Iriepa e Ignacio Estrada, cerca de la Plaza de la Revolución, durante el paseo en el descapotable Ford Fairlane por La Habana. [Orlando Luis Pardo Lazo]

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