Actualizado: 21/09/2018 11:18
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Platón, Política, Cuba

¿Políticos para qué?

Los políticos no constituyeron gobiernos de sabios en tiempos de Sócrates, Platón y Aristóteles, y desde entonces ralentizaron la evolución cultural mediante la inquisición, la revuelta o la revolución

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Actualmente, se profundiza la disyuntiva ser pasado o ser futuro. Ya no podemos escapar de ambos patinando en un inestable presente improvisado, porque estamos armados de tal arsenal de avanzada tecnología que si continuamos empleándola como arma, nos arriesgamos a desmontar el edificio civilizatorio hasta de sus raíces.

Las siguientes elucubraciones, son especialmente aplicables a la República de Cuba, que históricamente ha sido tan maltratada por la política y los políticos.

Que dicho edificio es una Torre de Babel, no implica que haya que dinamitarlo, porque no tenemos otro y con toda y su disfuncionalidad, tiene sus encantos. Lo que hay es que repensarlo y como constructo, de ahora en adelante rediseñando con ahínco, para que más de lo bello oculte paulatinamente más de lo feo. ¿Qué constructor ha querido que su obra luzca así?

Los maestros de obra para llegar a este presente confuso han sido los adoradores del poder, en especial, los políticos. Lo mejor que podríamos hacer es prescindir de sus servicios, agradeciéndole lo que han hecho. Fueron el mal necesario de una época. Y poner manos a la obra nosotros mismos, sin intermediarios ni profesionales del servicio público.

Un cambio tal deberá ser civilizatorio, no solo cosmético. Tendrá que ser holísticamente pensado, a una escala sin precedentes. Para ello, necesitamos deshacernos junto con los políticos, de muchos viejos métodos y esquemas, hoy rígidos encofrados que no solo afean el edificio, le restan organicidad en nombre de la experiencia o en nombre de que yo si se lo que hay que hacer, dadme el poder.

En política lo probable se ha engullido siempre lo posible. Para saltar civilizatoriamente, hay que hacer lo imposible probable. Lo primero, es adecentar los sistemas electivos, que no llevan al poder los limpios sino los hábiles palabreros. Lo segundo, es restablecer la educación, hacerla alejarse del burdo entrenamiento.

¿Políticos para qué?

La anterior pregunta, que también pudiera se formulada: ¿Por qué hemos de ser gobernados por los menos dignos? Pero puede haber un segundo cuestionamiento preocupante ¿Son capaces los menos dignos de encabezar sociedades cada vez más complejas?

La política y el político no siempre existieron. En estadios primitivos de civilización, los grupos humanos miraban al pasado o hacia el cielo para legitimar que unos u otros pretendieran ser “detentadores del derecho” o “defensores” de una comunidad, un territorio, una ideología conformada nebulosamente alrededor de un Dios, un culto al poder en forma de rey o dinastía. Entonces, ninguno manejaba complejos conceptos intelectuales o sociales, ni tenían otro planteamiento que ser tribales, territoriales y brazos ejecutores de “designios celestiales”, lo cual cumplían a veces con una prolijidad de khanes y otras convirtiendo en dogma la estupidez de decir “el Estado soy yo”.

La fecha de nacimiento de la política pudiéramos ubicarla hace unos 25 siglos en las polis griegas, la pequeña ciudad-Estado helénica. Desde su origen, fueron discutibles y discutidos. Ya fue sacrificio de lo imposible a lo posible en la figura de Sócrates y el sofismo, o las decepciones de Platón, que herido por la mediocridad de los sofistas generó lo que podemos llamar la utopía primigenia: su libro La República, a la que han seguido tantas otras, queriendo proponer opciones al tedio de más de lo mismo, lo realizable. La política sistemáticamente ha cortado las alas al sueño humano de ser gobernado por los mas sabios, siempre siendo el arte de lo posible, el areté, la antiutopía.

Por siglos hemos estado bajo el imperio de los menos dignos. Una vez más cabe la pregunta ¿Hasta cuándo es necesario que esos gigantes molinos nos ensucien el horizonte?

Los políticos no constituyeron gobiernos de sabios en tiempos de Sócrates, Platón y Aristóteles, y desde entonces ralentizaron la evolución cultural mediante la inquisición, la revuelta o la revolución y la apropiación indebida de los bienes públicos. Los políticos no resolvieron el nudo gordiano en el período de preguerra a principios del siglo XX y desembocamos en la matanza de la Primera Guerra Mundial, luego volvieron a confundir la ecuación y no evitaron una Segunda Guerra Mundial. Hoy, con similar olímpica incapacidad fallan en evitar que el mundo se deslice paulatinamente hacia la ingobernabilidad como resultado de un clima encabritado.

Aun cuando los políticos cobran por estar enterados, son los últimos que se enteran de que ya no se puede estar al sol al mediodía en una playa y se agarran de cualquier subterfugio para no aceptar que desarrollo no es industrialización y que la industrialización desbocada está alterando profundamente nuestro entorno, incendiando la atmósfera, provocando migraciones masivas, guerras ecológicas, etc. Están encerrados en sus sofismas, en sus pequeñas ambiciones, secuestrándonos y facilitando que luego tenga que venir otro político salvador a salvarnos del de antes.

Desde su pretensión de manejar la cosa pública en la polis hasta hoy, siempre, el político ha sido hábil en enterarse en el último instante de lo que debieran conocer desde el principio: que error conocido no es error, que hombre precavido vale por dos, que a ellos se les paga para que sean prospectivos.

Del líder al político

El político no es el heredero del líder. Porque el jefe de la horda fue una continuación en contexto humano del macho alfa animal. Estudiemos un poco una bandada de monos. El que va a la cabeza, el alfa, es el que ocupa el primer rango en el sistema jerárquico de organización social (pecking order). Por este orden, el animal alfa come primero, se reserva el harem, castiga toda insubordinación de los machos jóvenes que pueda advertir. Pero ello implica que si aparece un depredador, el primero que va a defender a “su” manada es el alfa. No es de extrañar que es el que tiene mayor probabilidad de ser eliminado. De esta manera, se garantiza la “fluidez social”. El macho alfa es el que primero muere.

¿En qué se parece un político moderno al líder de la manada? Tal vez, en que algunos desean para si un harem y le discuten liderazgo a toda joven opción. Pero si aparece un peligro, el político se las agencia para ser el que menor probabilidad de ser eliminado. Ello, a la larga, va determinando que hacen política los viejos zorros, los que se valen de artimañas para que otros carguen con las culpas o enfrenten las situaciones peligrosas.

Si la vocación por el poder es sospechosa y preferentemente los superego y miopes transitan por estos senderos, ¿cómo evitar que arriben a situaciones de mando zorros autoritarios, que luego se van haciendo sordos a la crítica? Y ese invento de las izquierdas o las derechas es otra excusa para que unos autoritarios sustituyan a otros autoritarios.

Un grupo humano puede organizarse para una sustitución fluida de los funcionarios y evitar que se perpetúen en el poder funcionarios que no funcionan, a no ser a la hora de llevarse una buena tajada. Hoy, cada vez más tenemos una población y en especial una juventud educada y capaz. ¿Por qué no hacer que el ocupar un cargo público sea muy rotativo, se representen movimientos y no individuos, se sancione con rigor todo enriquecimiento a costa del erario público y se convoque a cargos aleatoriamente?

Esto último, es algo que ya potencia la informática: por qué no dar un número aleatorio a todo ciudadano, y anualmente hacer elegible a algunos seleccionados al azar, los que luego son sometidos a algunos test que eliminen los delincuentes o evidentemente retrasados mentales.

Seguir hasta la cima con esto no es fácil. Han fracasado en el empeño soñador, falansterios, filosofías, ideologías, imperios, utopías, academias, ramas científicas y partidos políticos. Quizás porque pretendieron la concertación de grupo y olvidaron por el camino que si bien todos somos distintos, todos lo somos a partir de similitudes esenciales. No se justifica ya tomar el rumbo equivocado, empleando las herramientas como armas contra los “otros”.

La construcción del edificio humano ha sido gesta milenaria, pero todos los días una erupción de soberbia se puede llevar en un solo golpe lo que antes se cultivó y estructuró con tanto trabajo. Lo poco que ha perdurado de los ríos y mareas de lágrimas resultantes, está en directa proporción a cuanto lo generoso e inclusivo pudo sostener esas arremetidas.

Cuando Aristóteles afirmó que “el hombre es un animal político”, para nada se refería a lo que hoy entendemos por política. El filósofo ateniense, apuntaba al gregarismo, la tendencia del ser humano, a vivir en comunidad, en ciudades entonces denominadas polis. Es totalmente falso, que el ser humano y sus sociedades deban depender necesariamente de hacer política como actualmente la entendemos, y mucho menos, que las sociedad necesariamente tienen que ser gobernadas por castas de profesionales de la política y por partidos políticos, partidocracias. Si en la actualidad, no rompemos esta suerte de sortilegio, los políticos nos mantendrán en un estadio de permanente confrontación y duda, como ocurrió durante la mayor parte de nuestra historia como civilización, pero ahora con una magnitud de problemas acumulados y un poderío tecnológico, que podría dinamitar la civilización.

Ese debe ser el objetivo de Cuba republicana: Evitar personalismos y controlar la vanidad humana de los tomadores de decisiones. Es imprescindible establecer una rotación fluida de los que gobiernan, a todos los niveles. No debe haber nadie “imprescindible”.

Ya no es una pregunta: No tenemos que ser gobernados por los menos dignos. El político es prescindible. Por ello, manos a la obra: !abajo los políticos como profesionales, que vengan los servidores públicos temporales!


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