Actualizado: 23/10/2019 9:47
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Primero de Mayo

¿Por qué desfilan?

Si bien es una vergüenza muy grande el silencio y la apatía de todo un pueblo, que nos hace cómplices de lo que ha sucedido, por miedo o por lo que sea, no somos los únicos responsables, esta vergüenza no es solo nuestra

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El miedo inoculado durante más de cincuenta años se ha metido hasta la médula de los cubanos. Todos estamos convencidos de que nuestras conversaciones telefónicas y nuestro correo electrónico (los que lo tienen) están tomados; todos pensamos que hay cámaras vigilándonos a donde vamos, todos bajamos la voz cuando hablamos de “Él” o criticamos al Gobierno; siempre sospechamos de algún vecino, siempre pensamos que la Seguridad del Estado nos tiene fichados. Estamos convencidos de eso, aunque la razón nos diga que es imposible; ni siquiera ahora tienen los recursos para hacerlo, pero tenemos la certeza de que nos escuchan y acechan.

Este 1 de mayo desfilaron cientos de miles de cubanos en todo el país. Y es verdad, ahí están las imágenes. Siempre he pensado que el Gobierno podría ahorrarse millones de pesos en cada desfile: con escoger algunas imágenes de ocasiones anteriores y envejecer un poco a los líderes que aparecen en la tribuna, sería suficiente. Un “desfile virtual”, total, todos son igualitos y no consiguen engañar a nadie. La historia nos ha enseñado que las plazas llenas no significan nada. Basta con recordar las imágenes de Ceausescu en la plaza de Timişoara.

Algunos cubanos desfilan porque creen todavía en el sistema o son víctimas del chantaje gubernamental que exige incondicionalidad por los beneficios que “generosamente” le ha dado al pueblo, como si el dinero del Estado proviniera de una herencia y no del sudor de los trabajadores; una gran mayoría va por temor a perder su trabajo, otros van para “no señalarse en el CDR”, o por irresponsabilidad, por el “no cojas lucha”, el choteo cubano, la pachanga, la falta total de conciencia política. La gente no analiza, no razona, no critica. La libertad de expresión es un derecho que aquí nunca ha existido y, si no se ejerce, se oxida. Con repetir la monserga oficial “resolvemos”, nos vamos a bailar con los Van Van y repetimos como papagayos “pa’ lo que sea Fidel, pa’lo que sea”, “esta calle es de Fidel” y ahora… “de Fidel y de Raúl”. Es justo señalar, no obstante, que la mayoría del pueblo solo tiene acceso a la información oficial, la que se repite, como letanía, por la televisión, la prensa, el radio. El acceso a Internet es limitado y rigurosamente controlado, son muy pocos los autorizados a tenerlo.

El pueblo, las capas más humildes de la población, no conoce lo que realmente sucede en el mundo y, mucho menos, en su propio país. El país que se les presenta en la televisión es irreconocible. Pero de lo que sí sabe es que sus casas se están derrumbando, que la salud pública y la educación cada día empeoran más, que no alcanza el dinero, que no hay comida, que montarse en una guagua se ha convertido en una verdadera agonía, todas estas cosas sí se critican abiertamente. Pero van y desfilan…

Si bien es una vergüenza muy grande el silencio y la apatía de todo un pueblo, que nos hace cómplices de lo que ha sucedido, por miedo o por lo que sea, no somos los únicos responsables, esta vergüenza no es solo nuestra. También es de todos los que se fueron, porque se cansaron, porque los reprimieron, porque los encarcelaron, porque los humillaron, porque es humano pensar que solo tenemos una vida y por qué vamos a desperdiciarla por algo que parece no tener remedio y que a nadie le interesa, ni a los políticos de aquí ni a los políticos de allá. Por la razón que sea. Abandonaron el barco y dejaron la Isla a su suerte, a su mala suerte (yo también me quería ir, no es altruismo de mi parte, simplemente no pude). Muchos mantienen una posición política firme, crítica, están comprometidos con su país, y eso me parece muy bien, pero están lejos, a salvo. Esa es la verdad. No sienten miedo cuando publican un artículo revelando las atrocidades que se cometen, la pobreza generalizada, la corrupción, la prostitución infantil, el robo. No lo sienten, no lo pueden sentir, son libres de expresar lo que piensan y eso no les quita el sueño ni les provoca ningún tipo de tensión. Otros, sencillamente, se olvidan, no les importa, están saturados y ya no quieren saber nada de nada. Es humano. Pero también son cómplices y responsables de lo que pasa aquí. Todos lo somos.

Una de las tragedias más grandes que ha ocurrido en Cuba en estos últimos cincuenta años, fue la muerte, por negligencia, abandono y desidia, de más de treinta ancianos dementes hospitalizados en Mazorra. Murieron por hipotermia, en un país tropical: con unas cuantas mantas, buena alimentación y atención médica, se hubiera evitado una masacre así, no tiene otro nombre. ¿Y qué pasó? Nada. Los médicos cubanos callaron, la prensa calló, todos nos callamos. Las imágenes que circularon “afuera” recordaban los campos de concentración. Me contó una doctora que estuvo haciendo las autopsias, que se encontraron cadáveres abrazados unos a otros, en un intento desesperado por calentarse un poco. El Ministro de Salud Pública no fue destituido, nadie protestó. Enterramos a los pobres viejitos locos. La denuncia internacional fue grande, es cierto. Pero ya, se acabó. Los cómodos e ingenuos (¿ingenuos?) izquierdistas del mundo ponen de ejemplo la asistencia humanitaria de Cuba a todos los pueblos del mundo. Pero es a costa de la salud del pueblo cubano. Solamente en Venezuela hay 30.500 médicos y enfermeros cubanos. Gracias a esto, en parte, cualquiera piensa, lógicamente, que en Cuba estamos tan bien, tan desarrollados, que nos sobran médicos, medicinas, equipos sofisticados… Somos, algo así, como la “Suiza del Caribe” y por eso podemos darnos el lujo de ser tan generosos.

Pero todo no ha sido silencio, miedo y aceptación cómplice. Algunos hacen lo que pueden. Muchos critican desde aquí y divulgan sus opiniones a través de amigos que viven fuera y que las reenvían por correo; firman con seudónimos o con sus nombres, en dependencia del grado de paranoia que tengan “inoculado”. Los pintores se manifiestan en sus obras, en una especie de “lenguaje codificado”, y todos hemos aprendido a leer “entre líneas”. Pero los cuadros no hablan, dirán las autoridades, no importan. En la literatura se han dicho cosas, esos libros desaparecen misteriosamente de las librerías, pues solo se venden algunos ejemplares. Los cineastas han hecho críticas, toleradas, pero críticas al fin. Sobre todo los jóvenes, que ya no creen en nada ni en nadie ni temen a nada ni a nadie. Y están los que abiertamente se oponen al sistema, como las Damas de Blanco, los periodistas independientes, los grupos de disidentes, “jóvenes airados” como Yoani, Gorky y su grupo, los Aldeanos, ahora el joven Eliécer Ávila, los grafiteros (que son como una especie de “francotiradores con spray”), asociaciones como Estado de SAT, que propicia un diálogo abierto con todos los que deseen participar. A todos por igual el Gobierno los acusa de mercenarios pagados por el imperialismo yanqui, contrarrevolucionarios, traidores. Con el desarrollo de la telefonía, las computadoras, Internet, celulares, cámaras de fotografía digitales, se ha podido mostrar al mundo imágenes siniestras de la represión y de la situación de pobreza, corrupción y deterioro moral y material de este pueblo, videos donde los jóvenes se expresan libremente, sin miedo a las represalias. Circulan de mano en mano y, sin dudas, han puesto a pensar a mucha gente.

Muchos consideran que con la debacle económica y el descontento popular in crescendo, pronto la gente se lanzará a las calles, como sucedió en 1994. Ahora hay constancia gráfica de la represión y de los actos de repudio, la imagen puede más que la palabra, habla por sí sola. Pero ya varios articulistas han señalado un fenómeno que hay que tener en cuenta. En su trabajo La ilusión de la impotencia, Alejandro Armengol lo explica muy bien: “la alternativa entre la cárcel y el esperar la oportunidad de partir hacia Miami u otro país define desde hace décadas la realidad cubana”. Esto es cierto. En los países de Europa del Este y la antigua URSS no existía esa válvula de escape, estaban atrapados en una cárcel del tamaño de su propio país. En Cuba, dos millones de cubanos han escogido irse, y para muchos, sobre todo los jóvenes, es la única opción en la que piensan actualmente. Los “eliécers” son pocos. La única variable nueva y real en esta ecuación no es, solamente, esperar por el desenlace biológico de la octogenaria dirigencia cubana. La grave enfermedad del presidente venezolano Hugo Chávez, que pudiera causar un cambio de Gobierno en ese país, cortaría el flujo de petróleo a la Isla y eso sí provocaría una situación insostenible que podría lanzar a la calle a un pueblo entero.


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