Actualizado: 22/04/2024 20:20
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Por un nuevo compromiso de Europa

El gobierno español pretende validar en la UE su política de consolidación de la dictadura: contrarrestarlo se ha vuelto una exigencia.

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La política de alianza con el castrismo, esbozada por Moratinos desde que asumió el cargo y culminada en el reciente viaje a La Habana, plantea a los demócratas una serie de problemas, que van más allá del simple rechazo frente a esa política de complacencia con la dictadura y de hiriente menosprecio hacia opositores democráticos y presos políticos.

Desde hace mucho tiempo, los esfuerzos por lograr que algo cambiara en la Isla han ido sembrando una sensación realista de impotencia. Ahora algunos, tal vez muchos, podemos pensar que en la política de Zapatero y Moratinos respecto de Cuba se da una mezcla de ceguera e infamia, inexplicable cuando semejantes actitudes tienen lugar en un país como España, que también sufrió durante décadas la dictadura de un césar gallego y donde los demócratas se tenían que conformar con el grito y la maldición ante otra complacencia, la de los Estados Unidos a favor de su socio español, por encima de toda consideración de derechos humanos.

Por fortuna, en sentido contrario hubo entonces gobiernos y personalidades, que pusieron de relieve la inmoralidad de toda connivencia con un régimen cuyo aislamiento moral en Europa constituyó uno de los factores de la transición.

Imagino la desesperación de los demócratas cubanos al contemplar lo sucedido estos días, con España avalando la supervivencia de una dictadura interminable y agónica, viéndose además despreciados —son "un sector de la sociedad"— y maltratados de palabra por el canciller español.

La cuestión es que desde el viaje de Moratinos se ha alzado un nuevo muro: no se trata ya de la misión casi imposible de impulsar desde fuera la democratización de la Isla, sino que se convierte en una exigencia contrarrestar la labor de consolidación de la dictadura que supone la política del gobierno español, pretendiendo además arrastrar a la Unión Europea.

Conviene introducir aquí una advertencia: no se trata de promover el aislamiento de Cuba como Estado, ni de insistir en sanciones directas o indirectas que tanto han hecho para que Fidel Castro pudiera enmascarar su incapacidad como gestor de la economía (en realidad, promotor de la miseria).

La continuidad de la Posición Común

Es positivo que Cuba, como Estado, participe en la asociación estratégica de la Unión Europea con América Latina, y sería más positivo aún, que así como ha retirado unilateralmente el escudo antimisiles de Europa central, Obama suprimiese también unilateralmente la "Gran Coartada" que es un embargo, el famoso "bloqueo", en gran parte ya desbordado por las exportaciones norteamericanas a Cuba y cuyo coste sólo es pagado por la población de la Isla.

Pero para la Unión Europea ya están ahí las representaciones diplomáticas en pleno funcionamiento, sin que haga falta un reconocimiento especial de la tiranía mediante una relación bilateral que, además, por exigencia del gobierno castrista, debería ir acompañado de la renuncia a la Posición Común, del fin del compromiso europeo en ayudar sin ingerencias a una deseable transición democrática.

Interesadamente, Moratinos lo funde todo en una amalgama, como si quienes abogan por mantener la Posición Común fuesen contrarios a una población cubana en situación crítica, desde el punto de vista económico. También aquí la divisoria debiera ser clara: sí a la ayuda económica a la sociedad cubana, no al apuntalamiento financiero del gobierno hoy presidido por Raúl Castro.

El mismo criterio puede aplicarse a las relaciones diplomáticas, teniendo en cuenta que para un régimen comunista éstas cuentan muchas veces antes como agente de legitimación que por su contenido (lo mismo le sucedía al franquismo). Sería estúpido que, como probablemente desea Moratinos, se iniciara una peregrinación de representantes europeos a Cuba para que, como en el caso de la OMS, apreciasen lo bien enterado que está Fidel Castro de la cosa de médicos y las ansias de reforma radical que anidan en el corazón de su hermano. Además, los presos de 2003 están aun ahí y los derechos humanos en la Isla, bajo cero.

La prioridad actual es, pues, conseguir que la Unión Europea no escuche los cantos de sirena del gobierno español y mantenga el compromiso democrático recogido por la Posición Común.

Habría que iniciar una campaña de información dirigida a los países de la UE, poniendo de manifiesto que sectores significativos de la sociedad y de la cultura española respaldan su mantenimiento y censuran el paso a la indiferencia.

Ciertamente, el momento no es bueno, dada la crispación de la política española, por lo cual se corre el riesgo de que el tema sea utilizado como arma arrojadiza por los medios de comunicación de uno y otro signo, en vez de orientarse hacia una plataforma común de demócratas comprometidos con Cuba, no con su dictadura, que es lo deseable. Como diría un cubano, "no es fácil", pero hay que intentarlo.


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