Actualizado: 26/09/2022 12:32
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Cuba, Morales, Guerra Fría

Respuesta a Esteban Morales

Sobre los nostálgicos cubanos de la multipolaridad de la Guerra Fría

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Los intelectuales orgánicos al régimen canelo-continuista celebran la llegada de la “multipolaridad”, se esfuerzan por justificar el apoyo de La Habana a la invasión rusa de Ucrania, y proponen el ingreso incondicional de Cuba en el bando de Moscú.

No cuestionaré éticamente estas posturas, tampoco ahondaré en lo contradictorio que debería resultar para ciertos intelectuales pasarse de la izquierda universalista, al paleo-conservadurismo nacional-bolchevique; de Marx y Lenin, a Alexander Duguin. Solo indagaré si desde la Realpolitik tiene algún sentido esa alianza de Cuba con la Rusia neozarista. Más que nada porque es en la Realpolitik que Esteban Morales Domínguez justifica esa elección, en un post publicado el sábado dos de abril en su muro de Facebook, y muy celebrado por el mundo académico e intelectual oficial cubano.

La Unión Soviética creía a su opción socialista abierta a cualquier grupo humano, y en lo ineluctable de que todas las sociedades llegasen al socialismo, para luego seguir hacia una única sociedad humana comunista global. La Unión Soviética, un Estado multiétnico, se consideraba por lo tanto solo una avanzada, en el deber de ayudar a llegar, mediante el internacionalismo proletario, a toda la Humanidad hacia el que consideraba el mejor futuro humano. La Unión Soviética, por tanto, nunca abandonaría por completo a cualquier otro movimiento o sociedad que optara por su propuesta: su apoyo continuado a la díscola Cuba de Fidel Castro lo prueba con creces. La Rusia de hoy, en cambio, no pasa más allá de un nacionalismo, exclusivista como todo nacionalismo, con un fuerte componente étnico (eslavo), que solo pretende tener un pedazo del pastel global para ella, y no meterse en pedazos ajenos.

Ello implica que quienes se pongan de su lado, pero desde fuera de lo que los rusos consideran su área natural de influencia euroasiática, solo podrán sentirse seguros del apoyo ruso mientras las superpotencias no hayan llegado a un acuerdo de delimitación del mundo. Una vez alcanzado ese acuerdo, sea por escrito, o de modo tácito, Rusia, por tal de que se respete su área de influencia, cumplirá con él a rajatabla, y se desentenderá de sus antiguos aliados, en medio de los traspatios ajenos. Nuestros intelectuales orgánicos deben entender que Rusia no tiene ningún motivo ideológico para hacer lo contrario: Rusia no se concibe como un proyecto universalista, sino como un exclusivismo étnico-religioso.

Cuba solo podrá esperar apoyo de la Rusia neozarista mientras Estados Unidos no cedan a la tendencia interna a abandonar la política exterior basada en los principios liberales de Woodrow Wilson y Franklin Delano Roosevelt. Una vez que Estados Unidos cedan a la tentación aislacionista, y con un Donald Trump o alguien semejante adopten lo que ya muchos teóricos americanos conservadores proponen: a Las Américas como su zona de influencia, Rusia se apresurará a reconocerla, y desde Moscú nos dejaran “colgados de la brocha”.

No en balde los teóricos rusos del renacido nacionalismo pan-eslavo llevan años dejando claro que su área de influencia solo es la euroasiática, y no en balde la clase política moscovita ha hecho más esfuerzos por acercarse al aislacionismo americano que a la propia dirigencia china.

Por lo tanto, el entusiasmo por ponerse a correr en la mesnada de Rusia, como un miserable escudero menor, por demás sin cabalgaduras o calzado, es, además de contrario al supuesto orgullo nacionalista cubano (el nacionalismo cubano solo suele acordarse de la dignidad cuando se trata de sus relaciones con Estados Unidos), y al socialismo universalista que de dientes para afuera dicen defender nuestros dirigentes y sus intelectuales orgánicos, contraproducente desde un cálculo racional de intereses. En un mundo “multipolar”, normalizado por acuerdos entre los grandes, la soberanía de Cuba no vale absolutamente nada. A un mundo así accedimos en 1902, pero no como Estado independiente, sino como protectorado (y ello debido a la buena voluntad de la opinión pública americana hacia nuestro derecho a la independencia, en contra de ciertos intereses dentro de la clase política republicana); de hecho, solo alcanzamos la real independencia en 1933, cuando Estados Unidos, del recién electo Franklin Delano Roosevelt, se decantó por la política exterior wilsoniana.

En un mundo como el que propone la Doctrina Putin, y en igual medida (aunque más discretamente) China, dividido en tres grandes zonas de influencia, solo cuentan las decisiones soberanas de esos dos Estados, y de Washington. Muy a diferencia del mundo en que hemos vivido desde 1945. En el cual, a pesar de todas las violaciones al principio de la soberanía de los Estados, no puede dejarse de reconocer que tanto la Unión Soviética como Estados Unidos siempre mantuvieron el respeto a las formas, y dentro de ellas fundamentalmente a las fronteras. Lo contrario de lo que nos quiere imponer ahora la Doctrina Putin, en sí un regreso a la política decimonónica, que como sabemos desembocó en la carnicería que fue la Primera Guerra Mundial.

En cierto sentido el entusiasmo ante el regreso a la multipolaridad, parece tener su causa en la nostalgia de nuestros políticos e intelectuales orgánicos por la multipolaridad de la Guerra Fría. Mas es un error confundir la multipolaridad actual, con la vivida entre 1945 y 1990. En aquella, dos proyectos universalistas se disputaban el mundo. Para el “primer país de obreros y campesinos” el mundo estaba lleno de otros hermanos obreros y campesinos; a su vez, para el país de los derechos el mundo estaba poblado por individuos dotados de derechos inalienables. En esta situación, aunque se formaron inevitablemente dos esferas de influencia, cada bando mantenía una preocupación por lo que les sucedía a los suyos en la otra esfera (trabajadores o individuos dotados de derechos inalienables). Esta presión permitió, por ejemplo, la subsistencia de la Cuba castrista frente a las costas de Estados Unidos, o de una cuasiliberal Hungría a posteriori de los años 60, o una amplia comunidad disidente en el Moscú de la década de 1970.

La multipolaridad presente es algo muy diferente. Es la creada por dos nacionalismos, con un altísimo nivel de pureza étnica: Rusia y China, y a la que debería sumársele unos Estados Unidos en que el “nacionalismo blanco” logre triunfar finalmente con su propuesta aislacionista. En esta situación nada impulsaría a las superpotencias a preocuparse por sus viejos aliados dentro de otras esferas de influencia. Más bien su único interés racional por sus nacionales, étnicamente muy puros, los llevaría a respetar las esferas de influencia ajenas, en el aquello de: no hagas al otro, lo que no deseas te hagan a ti. Porque los otros, por cierto, para una superpotencia nacionalista, solo son otras superpotencias nacionalistas.

La multipolaridad de ahora, tan ansiada por el irreflexivo régimen cubano, es por demás altamente inestable, a diferencia de la de la Guerra Fría. Partamos de que no es lo mismo lanzar un ataque nuclear contra el resto del mundo cuando das por sentado que está poblado de personas dotadas de derechos por Dios, o por obreros y campesinos, como los que también habitan en tu país, que cuando los demás te son unos completos ajenos, no-eslavo ortodoxos, no chinos mandarines, no blancos anglosajones protestantes. Pero también está el hecho geométrico de que no es lo mismo lograr la estabilidad entre dos superpoderes, que entre tres. Sobre todo cuando uno de ellos, Rusia, no es en realidad un superpoder más que por su arsenal nuclear.

En esa multipolaridad presente Rusia es más bien un agente desestabilizador de cualquier posible configuración de equilibrio de poderes, y por tanto apoyar a Moscú es poner el hombro a la labor de empujar al mundo al desastre nuclear.

En la actual multipolaridad la fidelidad de Rusia necesariamente deberá ser muy fluida. Por ejemplo, sin duda Moscú preferiría aliarse a unos Estados Unidos aislacionistas, que hayan aceptado restringirse al Hemisferio Occidental, que a China, la cual en definitiva es un impedimento a sus planes de levantarse un Imperio Euroasiático. Rusia se mantendrá acercándose a China solo mientras los Estados Unidos no acepten renunciar a la política exterior liberal de Woodrow Wilson y Franklin Delano Roosevelt. Pero si el aislacionismo se llegara a imponer en Estados Unidos, ambas potencias no tardarían en aliarse contra China, como su enemigo común. Ya comenzó a ocurrir durante la administración Trump, la cual se estableció en buena medida por la labor desinformadora de Rusia… y no hace falta ser muy inteligente para entender en que situación quedaría el nacionalismo anti-americano cubano en esa “multipolaridad”.

Solo alguien demasiado inconsciente de la realidad de esta época, puede desear la multipolaridad que ha comenzado a construirse en el mundo.

Porque la realidad es que no, no vivimos en 1960. No es en China, o Rusia, donde prosperan fuertes sociedades multiculturales, y cada vez más mestizas, sino en Occidente. No son ni China, ni Rusia, posibles núcleos de conformación de la futura e imprescindible sociedad global mestiza y multicultural, sino más bien anquilosados escastillamientos del pasado etnicista, nacionalista, y religioso. Hay que empezar a ver nuestro presente, y no continuar viviendo en el pasado, cuando menos en la Era de la Descolonización. Ese anacronismo de los políticos e intelectuales orgánicos al canelo-continuismo solo conlleva a tomar las decisiones menos éticas, menos consecuentes con los ideales humanistas y universalistas que se dicen defender, y más fuera de razón instrumental desde el propio interés del nacionalismo anti-americano cubano, por alcanzar el más alto grado de soberanía nacional con respecto… a Washington.


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