Actualizado: 19/10/2017 11:37
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Cuba, Historia, Revolución

Revolución cubana e historia mínima

Para llevarse la arrancada, Fidel Castro apresuró el asalto simultáneo a los cuarteles de Santiago y Bayamo, que fracasó pero se transfiguró en capital político

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El Dr. Rafael Rojas presentó este martes su Historia mínima de la Revolución cubana (Colegio de México/Turner, 2015) en la librería Books&Books de Coral Gables, como parte de la colaboración con el Instituto de Estudios Cubanos de la Universidad Internacional de la Florida. El lote de ejemplares enviado desde México para esta presentación se agotó en el acto.

Hace un septenio el Dr. Rojas se apeó en El Nuevo Herald con que “la importancia de una revolución podría medirse por la calidad de sus historiadores [y] la historiografía de la revolución cubana no puede pararse al lado de ninguna” de las revoluciones americana (1775), francesa (1789), mexicana (1910) y rusa (1917), ya que en sí misma “carece de riqueza ideológica y densidad histórica”. Este libro entraña entonces, como mínimo, el dilema de que su autor se considera historiador (1) de tan mala calidad como para encargarse de una revolución de poca monta, o (2) de calidad tan buena que puede insuflar ex post facto a esa revolución aquellas riqueza y densidad para volverla importante.

Revolución en la revolución

Una mínima lectura sugiere que el Dr. Rojas se lanza por el carril dos al rescate de “la pluralidad ideológica y política” de la revolución cubana. De este modo emerge como un Oleg Darushenkov anticastrista. Así como Darushenkov coló al Partido Socialista Popular entre las fuerzas rectoras de la revolución —junto con el 26 de Julio y el Directorio— para salvar la honrilla comunista (Cuba: El camino de la revolución, 1979), el Dr. Rojas saca la lista de los demás participantes —desde los partidos auténtico y ortodoxo, pasando por la Universidad de La Habana, hasta la red civil de Santiago de Cuba— para sentar que la revolución cubana no fue obra solo de Fidel Castro, sino que “intervinieron múltiples actores”.

Así, esta desmitificación no va más allá de la sonsera del Che Guevara: “En toda revolución se incorporan siempre elementos de muy distintas tendencias que, no obstante, coinciden en la acción y en los objetivos más inmediatos” (Notas para el estudio de la ideología de la revolución cubana, 1960).

Ya sabemos que, si fuera por el Dr. Rojas, la nación cubana ostentaría altas tasas de fecundidad ideológica incluso bajo el castrismo. Hace un quinquenio soltó que la disidencia actual engloba “organizaciones y líderes democristianos, liberales, socialdemócratas, socialistas democráticos y de los más variados nacionalismos”. Esa pluralidad imaginaria tiene que afincarse en un pasado a la medida y el Dr. Rojas subraya que antes hubo contra la revolución “una oposición tan diversa como la que hubo contra Batista”.

Así se propone desmitificar una revolución con otra mitológica: que los grupos políticos cubiches dejaron de ser clientelas de caudillos, como dictaminó en 1908 la Comisión Consultiva de cubanos al gobernador americano Charles Maggon, y meros “núcleos transitorios de intereses asociados, sin sustancia doctrinal”, salvo la bandería comunista, como advirtió al triunfar Castro el joven católico Ángel del Cerro (“¿A la derecha o la izquierda?”, Bohemia, 1ro de mayo de 1959, p. 76).

A la postre nada tiene de mito que ese fenómeno histórico denominado revolución cubana sea la revolución de Fidel Castro, porque la clave de toda revolución radica en quién se llevó el gato político al agua del poder. Los restantes múltiples actores del Dr. Rojas quedaron en “aguas de borrajas”, como apuntó el Dr. Sergio López con respecto a ortodoxos, auténticos y otras piezas menores que pactaron en Montreal, el 2 de junio de 1953, entrarle a Batista con la manga al cuello.

Trámites de Registro Civil

Justamente para llevarse la arrancada y dejar atrás al Pacto de Montreal, Fidel Castro apresuró el asalto simultáneo a los cuarteles de Santiago y Bayamo, que fracasó, pero se transfiguró en capital político como consecuencia de la masacre de más de medio centenar de asaltantes prisioneros. De ahí que el Dr. Antonio de la Cova certifique el nacimiento de la revolución cubana el 26 de julio de 1953 (The Moncada Attack, 2007), pero el Dr. Rojas demora el parto hasta 1956, cuando se “generaliza” la lucha contra Batista.

Así pretende robarle —con unos renglones en un libro— aquella arrancada a Fidel Castro, como si en esa generalización del 56 el complot de los militares “puros”, el ataque al cuartel Goicuría en Matanzas, las tánganas estudiantiles o los atentados sobrepujaran a la expedición del Granma y el alzamiento en Santiago de Cuba, que marcaron la continuidad histórica del empeño inicial de Fidel Castro.

El Dr. Rojas insiste tanto en desmitificar cambiando cronologías que inscribe, como acta de defunción de la revolución, la constitución socialista promulgada el 24 de febrero de 1976, como si el estado de cosas refrendado formalmente en ella no se hubiera constituido históricamente desde mucho antes.

Entre dos aguas

El Dr. Rojas señala “el parteaguas de la historia contemporánea de Cuba” en 1960 con dos balizas: la estatalización de la economía [verano-otoño] y las relaciones diplomáticas con la URSS [8 de mayo], China [28 de septiembre] y otros países socialistas. Hace un septenio había colocado antes el punto de inflexión de la revolución cubana hacia el comunismo, al sostener que EE UU no “se propuso” desde 1959 cambiar el régimen político en Cuba, sino que “se opuso” al cambio de régimen por otro comunista “en la primavera del 60”, cuando reemplazó la política de “corrección diplomática (…) por otra de carácter confrontacional”*.

El molino historiográfico del Dr. Rojas no solo se mueve imaginariamente con aguas de borrajas, sino que muele, como “tal vez la pregunta clave”, si el giro de Fidel Castro al comunismo tuvo “más de convicción ideológica o de coyuntura geopolítica”. Así desaprovecha la corriente de “auténtica oferta teórica de la sociología a la historia”**, pues ante todo cabría preguntarse por qué la revolución cubana parió la dictadura de Fidel Castro y la nación cubana propició su ejercicio por más de medio siglo, incluso sin atributo formal de mando.

Coda

El Dr. Rojas lleva toda la razón en que, si vas a contar la historia de la revolución, “no puedes ignorar la represión, el exilio, el presidio, los fusilamientos”. Solo que si la historia oficial en el insilio oculta este saldo represivo, la historia oficial en el exilio abunda sobradamente en él.

Al mezclar ambas historias a su manera, el Dr. Rojas piensa inscribir su libro “en un proceso de democratización del régimen político cubano, aunque a un nivel intelectual”. Su teorema reza: “Mientras más complejo y más plural se presentan los fenómenos del pasado, el ciudadano se identifica con su historia desde una perspectiva crítica”.

Sin embargo, su libro —encargado hacia 2014 por El Colegio de México— versa sobre una revolución ya inexistente y no se abrirá paso más allá de la claque que agotó las existencias en Books&Books y la otra claque de siempre, que se traga cualquier cosa en contra del castrismo. Para Cuba ya son otros los tiempos y la revisión historiográfica con prurito de sacar del olvido, pero con predisposiciones y caprichos, se despega del contexto terrenal por recambiar unos mitos con otros.



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