Actualizado: 20/10/2021 13:39
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| Opinión

¿Sabremos quién es el verdadero revolucionario?

Uno de los retos mayores para la burocracia cubana será regular los nuevos sectores con eficiencia: complementando al mercado, sin suplantarlo

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“Soon we'll find out who is the real revolutionary,
'Cause I don't want my people to be contrary.”
Bob Marley, Zimbabwe, 1980.

Por las dinámicas sociales, políticas y económicas que desata, el despido de medio millón de empleados del sector estatal cubano en el próximo semestre (más de un décimo de la población económicamente activa del país), confirmaría el comienzo de un programa cubano de reformas, graduales pero irreversibles, bajo el presidente Raúl Castro. Aunque el impacto variará en las diferentes provincias, si el gobierno aplica los criterios que anuncia tendrá que despedir por lo menos a cien mil trabajadores, sin posible ubicación en el sector estatal en el próximo semestre.

La medida es una respuesta de última instancia ante una situación insostenible de las finanzas públicas. Las transferencias de administración o casi-privatizaciones siguen teniendo una lógica política donde el sesgo ideológico anti-mercado continúa siendo importante. No se han transferido las empresas al mejor comprador (aquel que pudiese pagar legalmente la mayor cantidad al erario público, fuese cubano o extranjero) o al administrador más eficiente (alguien que haya demostrado eficiencia en el manejo de un activo similar), como sugeriría la racionalidad económica de las experiencias de transición en otros países. El Gobierno cubano ha preferido transferirlas a los mismos trabajadores que las gestionaban desastrosamente.

Las medidas gubernamentales de concesión de nuevas licencias tampoco han seguido una secuencia óptima. Ya en estos momentos, cerca de medio millón de trabajadores labora fuera del sector estatal. A lo que habría que agregar un sector informal bastante extendido, que podría emerger si las regulaciones al sector privado y de corte fiscal lo permiten. Pero en lugar de partir de esa base —ampliar las licencias por cuenta propia y flexibilizar la contratación con antelación para aumentar la capacidad de absorción de los cesanteados—, el Gobierno ha esperado al último momento de la crisis, agravando de esta forma los costos y el tiempo de transición.

Sólo el comienzo

A pesar de estas limitaciones, el paso es significativo y en la dirección adecuada. Con las nuevas medidas, el Gobierno acepta abrir espacios al sector cooperativo y privado, que para funcionar con eficiencia mínima necesitarán un cambio de modelo de un socialismo estatal hacia uno con mayor orientación al mercado, sin precedentes en la historia cubana desde 1968, año en que Fidel Castro lanzó su “ofensiva revolucionaria”, nacionalizando todos los pequeños negocios. El paso, sin embargo, requiere mucho más que la triste experiencia de inicios de los noventa, cuando muchas de las oportunidades de negocios privados fueron contenidas por un Gobierno que siempre las miró con sospecha. Otros cambios son urgentes para desarrollar un sector privado y cooperativo; competitivo y con capacidad para absorber a los nuevos desempleados.

Los fondos de inversión y la capacidad de ahorro de la economía cubana, en ausencia de una mayor apertura a la participación en la reforma de los cubanos residentes en el exterior, son limitados. Un ejemplo de las limitaciones de hacer las reformas sin las correspondientes aperturas es la lentitud con que avanza la recuperación de la tierra cultivable a pesar de la aceleración de las entregas (El 54% de la tierra entregada bajo el decreto-ley 259 de repartos de tierra desde hace dos años sigue aún improductiva). Sin crédito ni financiamiento es muy difícil para los nuevos usufructuarios poner la tierra o los nuevos activos a producir. Las tiendas de utensilio son importantes pero se necesita dinero, créditos o ahorros, para comprarlos.

Si el objetivo es una economía mixta, el Gobierno sigue perdiendo oportunidades: ¿por qué no desarrolla una reforma económica amigable, orientada hacia la reconciliación nacional, con la participación de los cubanos que viven en el exterior? ¿Por qué no se les da un espacio en el mercado inmobiliario que se anuncia abierto para los extranjeros? ¿Por qué no usar su capital, experiencia, conexiones con posibles mercados de exportación para el país como lo hizo Japón con sus emigrados en Brasil, China con los taiwaneses y chinoamericanos, o lo hace Vietnam desde 1986, incluso con aquellos que lucharon del lado del sur en las terribles guerras de Indochina? Crear ese incentivo económico, por demás, movilizaría en contra del embargo, a una parte de la comunidad de negocios cubanoamericana.

El mercado como instrumento de desarrollo

Más allá de reconocer la importancia de los derechos de propiedad en la pequeña y mediana empresa donde gerente y dueño no están separados (ausencia del problema agente-principal), Cuba no tiene nada que aprender de las lógicas neoliberales que han fracasado donde quiera que se han aplicado y son pura ideología sin evidencias. Los cuentos donde para construir una economía de mercado sólo basta que el Gobierno declare derechos de propiedad, y el resto de las personas respondan “aleluya”, ocurren solo en el manual de Carlos Alberto Montaner y Álvaro Vargas Llosa.

Otro es el caso de los progresos de la teoría económica bajo la revolución neokeynesiana en áreas como la economía de información y del sector público, en las que destacó especialmente el profesor de la Universidad de Columbia y premio Nobel 2001 de Economía Joseph Stiglitz. Stiglitz y otros académicos como Robert Wade y Joshua Cooper Ramo han explicado los éxitos de desarrollo tardío en el Este de Asia (Taiwán, Corea del Sur, Singapur, Hong Kong, y ahora China y Malasia), donde la intervención apropiada del estado complementando una economía de mercado creó condiciones para el salto de desarrollo más relevante de los últimos dos siglos.

En China se mejoraron los derechos de propiedad con relación a la época maoísta, pero el gigante asiático es todo menos que un dechado de respeto en esa área. Ni Deng en China, ni los Chiang en Taiwán, ni Manhattir en Malaysia, ni Lee Kuan Yew en Singapur tuvieron alergia al mercado, pero tampoco se creyeron la guanajería de “la mano invisible”. Cuando una mano es “invisible”, es probable que no exista.

En términos ideológicos, la élite cubana y especialmente el presidente Raúl Castro, no ha cruzado el Rubicón chino que significó la aseveración de Deng Xiaoping a Margaret Thatcher de que el mercado “no es ni socialista ni capitalista, sino una herramienta de desarrollo”. La idea de “cruzar el río tanteando las piedras” —como proponía Deng— es útil si se entiende que hay que cruzar a una ribera donde se acepte el rol del mercado como imperfecto, pero vital transmisor de información a los agentes económicos.

Uno de los retos mayores para la burocracia cubana será regular los nuevos sectores con eficiencia: complementando al mercado, sin suplantarlo. Para ello, Cuba necesita leyes apropiadas de contratos para el otorgamiento de créditos, las bancarrotas y las reestructuraciones.

Una regulación eficiente implicaría un compromiso a respetar las decisiones de los administradores en una lógica de oferta y demanda, permitiendo crecer, contratar más y enriquecerse a los eficientes, y dejando caer a los que fracasen, sean privados o no, sin necesidad de que el Estado les provea de subsidios inmerecidos y decididos políticamente.

Por otra parte, para mantener la paz y el orden social serán necesarias medidas amortiguadoras. Raúl Castro prometió el primero de agosto último “que nadie quedará abandonado a su suerte”, pero el Gobierno no puede repartir los panes o peces que no tiene.

El verdadero revolucionario

Aunque a corto plazo es de esperar señales de recuperación y mejoría en las finanzas del Estado, probablemente con mejorías en la productividad asociadas al incremento del salario real y la reducción del subempleo, conviene mirar las posibilidades de desarrollo del nuevo sector privado cubano con cautela. El mercado de administradores cubanos es limitado, con escasa educación para operar en condiciones de mercado, y con conexiones internas y externas reducidas a la hora de recaudar fondos iniciales de inversión.

En una economía de mercado, como ha demostrado Joseph Stiglitz, las carencias, disponibilidades y fallas de información son centrales a cualquier explicación del comportamiento de los productores y consumidores. Los estudios modernos de economía demuestran que las premisas de información perfecta y ausencia de costos de información y transacción de los modelos de libre mercado son irrealistas, pues los efectos de externalidades están ampliamente diseminados. Desafortunadamente, la capacidad reguladora y facilitadora de esos flujos de información —que no es lo mismo que controladora— del Estado cubano es muy baja, mientras las distorsiones y problemas de riesgo moral son enormes.

Cuba ha dado un paso significativo en el camino de la reforma, pero es sólo el comienzo. La reforma económica debe garantizar la estabilidad social, a contrapelo de lo sugerido por Roger Noriega, ex subsecretario para América Latina de la Administración Bush, quien ha confesado que promover el “caos” era la política para Cuba de su gobierno.[1] Los cambios deben ocurrir también sin pausa, garantizando que los inversionistas privados comiencen a sentir que en Cuba no hay idolatría, pero tampoco rechazo enfermizo a la propiedad privada y el mercado. ¿Sabremos pronto quién es el verdadero revolucionario?



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