Actualizado: 07/12/2022 17:02
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El golpe de los huracanes

Segundas intenciones

¿Por qué resulta sospechosa una carta que pide a Washington y La Habana el cese temporal de ciertas restricciones?

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La mayoría de los cubanos parecemos convencidos de que la sospecha es la máxima expresión de la inteligencia, cuando no el único modo de observar la realidad. Dadas nuestras circunstancias, tal tendencia es comprensible, aunque a veces se exagere. Preferimos —es un decir— a Ramiro Valdés ("porque con ése uno sabe a qué atenerse") a una Madre Teresa de Calcuta; simplemente no acabamos de entender cuáles son las intenciones que se esconden detrás de su aparente bondad.

Por eso no me extraña que la carta que en estos días ha hecho circular el poeta Jorge Salcedo —sobre quien no hay pendiente ningún trámite de canonización— resulte más sospechosa que una oferta de ayuda de la Madre Teresa.

En este contexto, pedir al gobierno norteamericano un cese temporal de las restricciones que limitan el envío de dinero y los viajes de los cubanos a la Isla y, al mismo tiempo, solicitar que el gobierno cubano que elimine las restricciones a la entrada de nacionales al país y los gravámenes de las remesas y envíos de paquetes, parece obra de una perversión sin límites o de la idiotez más irredenta.

Mientras unos aseguran que se trata de un plan de La Habana para desmontar el embargo, otros asumen que se trata de un proyecto de la CIA y la mafia de Miami para deponer al gobierno cubano, mientras el resto sospecha que se pretende conseguir ambos objetivos a la vez.

Intenciones políticas…

Como entre tanta sospecha a nadie le bastará con las primeras intenciones (esto es: buscar la manera más directa y eficaz de ayudar a nuestras familias y al resto de nuestros compatriotas tras la catástrofe natural más terrible que haya azotado a Cuba en las últimas seis décadas), me concentraré en las segundas.

La carta, por supuesto, tiene segundas intenciones. O si no es la carta —porque no puedo hablar por su redactor—, al menos las tuve yo al firmarla. A la urgencia que supone el auxilio a los damnificados, hay que sumarle la necesidad que tenemos los cubanos que vivimos en el exterior de ponernos de acuerdo para, de algún modo, ayudar a nuestros compatriotas, y junto con la ayuda incidir, hasta donde sea posible, en el modo en que se gestione.

La intensidad de la catástrofe, unida a un sistema productivo y de asistencia social que colapsó hace mucho tiempo, nos da suficientes razones para pensar que de no poder hacer llegar la ayuda con la mayor eficacia posible, todo el esfuerzo que hagamos será inútil.

La carta —es obvio— también tiene intenciones políticas, aunque no en el sentido que usualmente se le atribuye a la palabra. Conociendo la relación secuestrador-secuestrado que el régimen mantiene con sus habitantes, la carta intenta interrumpir, al menos temporalmente, esa dinámica.

Anticipando la campaña que lanzaría el régimen para sacarle el mayor partido político a la deplorable situación en que ha quedado el país, la carta buscó situarse en el centro del diferendo entre los gobiernos norteamericano y cubano, no tomando otro partido que el de los propios cubanos, los que quieren prestar ayuda y los que la necesitan.

Por un lado, la carta reconoce que las disposiciones impuestas desde 2004 por Washington, para limitar los viajes y el envío de dinero por parte de los cubanoamericanos, afectan el flujo de ayuda que ahora se necesita con toda urgencia. Por otro, se recuerda que las limitaciones que impone La Habana a los cubanos que residen en todas partes del mundo —y no sólo en territorio norteamericano— dificultan esa ayuda tanto o más que las disposiciones norteamericanas, algo que ignora el resto de las iniciativas que se han puesto en marcha en estos días.

Asunto de supervivencia

Mostrar una voluntad propia como cubanos, con independencia de las dos razones de Estado en pugna, nos da fuerza y peso específico a los que hemos suscrito la misiva sin comprometer nuestras convicciones más profundas sobre la realidad nacional. Tanto el gestor de la petición, como aquellos que hemos colaborado en su redacción y difusión, nunca hemos ocultado nuestro deseo de que Cuba transite hacia la democracia y se convierta en un país habitable para todos.

Las circunstancias actuales, esas que han convertido la Isla en un sitio literalmente inhabitable, obligan a intentar resolver un asunto que es ahora mismo de mera supervivencia, aunque sea por el detalle de que cualquier solución futura a la situación pasa por mantener vivos a los habitantes de la Isla.

De ahí que hayamos tenido el cuidado de incluir en la carta el compromiso de "mantener el espíritu humanitario de esta iniciativa […], poniendo a un lado nuestras diferencias políticas, rechazando cualquier ánimo de lucro comercial, partidista o ideológico", compromiso que soy el primero en suscribir.

Teniendo en cuenta que la eliminación transitoria de estas trabas beneficiarían a todos los cubanos residentes en el exterior, independientemente de su posición política, tanto en la redacción de la carta como en su gestión se ha tratado de librarla de todo tinte partidista. Conseguir, aunque sea de manera temporal, que los cubanos nos ayudemos unos a otros en estos momentos de crisis puede parecer absurdo dada la naturaleza de nuestros interlocutores, pero perfectamente aceptable en un marco más o menos racional, justo ése que la carta invoca.

Justificaciones peregrinas

Cuando se le solicita a La Habana y Washington que por un rato dejen de tirar de los brazos de la Isla, más que a los sentimientos se apela a sus respectivos intereses. De seguir el actual estado de cosas, la Casa Blanca se arriesga a una crisis migratoria; la Plaza de la Revolución, a estallidos sociales que tendría que contener a sangre y fuego (capacidad de las que nadie duda, pero que pensamos que preferiría evitar).

Hasta ahora, los miembros de la administración norteamericana han respondido a la propuesta con justificaciones bastante peregrinas.

Por parte del gobierno cubano, lo más cercano a una respuesta ha sido una contracarta puesta a circular por la Unión Nacional de Escritores y Artistas (UNEAC) exigiendo el cese del embargo; así como un artículo del ex gobernante en la prensa oficial, donde dijo: "Los que reciben las remesas de dinero de Estados Unidos, después de pagar el impuesto correspondiente, pueden comprar las cuotas normales a bajísimo precio y también adquirir productos en las tiendas de divisas, que hoy ofrecen mercancías cuyos costos en el exterior se han elevado considerablemente".

Aun en el caso de que la carta sea definitivamente desatendida por los gobiernos de ambos países, ésta servirá para medir la (poca, mucha o nula) disposición de dichos ejecutivos para asistir a la población, responder a sus necesidades más urgentes y escuchar las voces de aquellos que pueden hacerla oír.

Si alguien necesitaba pruebas de algún tipo, esta sería la señal definitiva de que no debemos contar con más fuerzas que las nuestras.

* Ver el texto de la iniciativa ' Levanten las restricciones a la ayuda humanitaria'


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