Actualizado: 03/07/2020 15:57
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EEUU, Trump, Protestas

Ser bravucón le sale muy bien a Trump

Trump no es un líder nacional; es un espectáculo nacional

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La bravuconería es un factor decisivo en la estrategia electoral del presidente Donald Trump, incluso en su personalidad, pero para desarrollarla cuenta con el apoyo no solo de sus partidarios y aliados, sino también de sus opositores y rivales políticos.

El empeño de Trump en atacar a sus oponentes, a menudo contando solo con débiles pruebas y en otras sin alguna, ha desempeñado un papel muy importante en su ascenso.

También su habilidad para manipular a los medios, a fin de que difundan sus acusaciones falsas.

Desde su época de urbanizador en Nueva York, inició el desarrollo de este tipo de jugadas y lo ha perfeccionado durante décadas.

De hecho, para un segmento del electorado de Estados Unidos, la estatura de Trump creció a medida que intensificó sus exageraciones, distorsiones y, a menudo, mentiras descaradas.

Su apoyo al movimiento marginal que acusó falsamente al entonces presidente Barack Obama, de haber nacido en el extranjero, no fue un revés para él, sino un peldaño político.

Sus ataques contra Hillary Clinton en 2016, exagerados en gran medida, desviaron la atención hacia sus propios escándalos.

Para analizar a Trump correctamente, probablemente sea mejor apelar a los deconstruccionistas franceses como Jean Baudrillard, que trataron las palabras no como cosas que tienen un significado en sí mismas, sino como muestras en una lucha de poder entre opuestos. Trump no es un líder nacional; es un espectáculo nacional.

Sin embargo, nada obliga a la prensa a destacar y enfatizar cada uno de los embustes de Trump, aunque sea para atacarlos. Y más allá del loable esfuerzo por desenmascarar al mandatario está el mercantil empeño de ganar audiencia y vender información (o desinformación).

En este sentido, el actual inquilino de la Casa Blanca ha sido una especie de “bendición” para un medio en crisis (y, por supuesto, esta columna se beneficia también del maná trumpista).

Claro que en muchas ocasiones los temas que trata Trump no admiten dejar de ser comentados, y aquí surge esa dualidad que caracteriza a ese “no extraño caso de Dr. Donald y Mr. Trump”: un presidente de la nación más poderosa del mundo que se comporta como un bravucón de barrio.

Porque el problema no es que sea pendenciero, sino que como gobernante, potencialmente y en muchas ocasiones, podría hacer realidad sus amenazas.

Sin embargo, ello no ocurre con demasiada frecuencia. (Aquí los partidarios alegan la voluntad democrática del mandatario: Trump no se comporta, por ejemplo, como cualquier dictador totalitario.)

Un argumento más seguro es que EEUU no es un país donde tal totalitarismo pueda llevarse a la práctica (no se puede y hay la esperanza de que no se podrá). Esta nación no es la Cuba de hoy, ni la Cuba de antes de la llegada de Fidel Castro al poder, para dar un ejemplo cercano.

Trump tampoco es un ideólogo, algo a su favor en esta situación especifica.

El uso de la bravuconería se reduce casi siempre a una forma de distracción y a un medio de buscar un trato o un acuerdo. Y en este sentido, sus rivales políticos le hacen el juego, por una simple conveniencia partidista de momento.

Los demócratas han demostrado con creces en estos más de tres años de mandato republicano, su entusiasmo o renuencia para entrar en dicho juego; pero nunca un rechazo frontal al mismo. Una norma democrática que al menos tienden a cumplir ambos partidos dominantes.

Cada semana nos asombramos, irritamos o complacemos con una serie de declaraciones, tuits o simples respuestas de Trump a los periodistas; y… no pasa nada.

La duda perenne es si ello ocurrirá así siempre.

Si se trata más bien de una táctica política, de fomentar el caos como forma de manipulación de la opinión pública, como parece estar ocurriendo en estos momentos —algo que como se ha dicho le ha brindado réditos políticos—, pues solo cabe esperar que se mantenga la utilidad de dicha táctica o que termine fracasando.

Pero si también indica una creciente inestabilidad emocional del presidente, lo cual no es fácil de descartar en la actualidad, la duda se convierte en temor.

En 2016 Donald Trump no definió claramente si aceptaría los resultados de la elección si perdía. Y si ello ocurre en noviembre, ¿se quedará todo en bravuconería?


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