Actualizado: 17/05/2022 17:16
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Cuba, Castro, Raúl

Sin los Castro

¿Qué ocurrirá en Cuba en un futuro más o menos cercano, tras el fallecimiento de Raúl Castro?

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Tras poco más de cinco años de la muerte de Fidel Castro, tras el momento inicial de llanto y jolgorio —fenómenos temporales pero necesarios—, hubo un hecho que asimilar. Ahora, los años transcurridos han hecho poco para definir el alcance de esa muerte. Más bien, en la Isla y el exilio, se ha asistido a otro paréntesis, como si el velorio se dilatara tras el entierro y el inicio de una nueva vida fuera aún una prórroga para el cadáver.

Durante décadas Castro marcó el destino de demasiadas vidas, lo que significa que algo tan definitorio como la muerte no podía ser pasado por alto. Pero en realidad se asiste a una sensación de vacío e impotencia.

Hasta hace un poco más de dos décadas, en Miami la idea de que Castro muriera en la cama era difícil de asimilar. Luego fue imponiéndose poco a poco.

En la época final de su vida, más allá de los estragos de la enfermedad, el vejamen que constituye envejecer y las imágenes que presentaron un deterioro físico, siempre estuvo presente el hecho de que, pese a todo, Castro impuso las reglas del juego, hasta en su tozudez ante la muerte.

Para quienes vivían en la Isla, acostumbrarse a su ausencia cotidiana fue un fenómeno natural y de fecha, en concordancia con la generación a la que pertenecía, y de las siguientes que tuvieron que admitirlo.

Para muchos Castro ocupó una vida. Vivieron y fallecieron sin conocer otro gobernante. Esa carga emocional no ha sido fácil de incorporar. Los gritos y sollozos, las muestras de pena y alegría, los actos de homenaje y rechazo pudieron apenas canalizar el enorme significado del hecho.

En el exilio, tras la reacción original, han terminado por imponerse dos sentimientos, al parecer opuestos, pero en el fondo complementarios. El primero tiene que ver con cerrar un capítulo. El segundo con el fin de una ilusión.

“No Castro, no problem” fue en una época una pegatina favorita en los automóviles de los exiliados. Castro, sin embargo, vivió lo suficiente para demostrar que su desaparición física no sería el fin del agobio: su salida no ha sido sinónimo de un salto atrás en el tiempo, una vuelta a la Cuba de los años 50.

Ahora, tras la salida oficial de su hermano menor de la presidencia en la Isla y el supremo mando del Comité Central del Partido Comunista de Cuba, pocas son las ilusiones de un cambio real. Los problemas persisten tras los Castro.

Se pensó que con la muerte de Fidel Castro se agotaban las justificaciones para no hacerlo distinto. Durante décadas en Cuba se aprendió a dominar el arte de la paciencia: un futuro mejor, un cambio gradual de las condiciones de vida, un viaje providencial al extranjero. También durante décadas ha imperado una actitud de no arriesgarse, de creer en el azar, de resignarse a la pasividad. Nada de esto ha cambiado tras la desaparición física de Fidel Castro. Posiblemente nada cambiará tampoco en igual sentido tras la desaparición física de Raúl Castro. Si para muchos cubanos el abandono del país significó el lograr un destino sin su presencia, hay toda otra gama emocional —definida por la geografía y la historia— que encierra sentimientos que van más allá de la partida. Algunos han tratado de doblar la página y seguir adelante, a otros no les ha resultado tan fácil. Si habían logrado desterrar de su vida a la figura del “Comandante en Jefe”, el día que este falleció, de forma consciente o no, tuvieron que plantearse la alternativa de olvidar o no el hecho lo más rápido posible. No lograrlo sería otra frustración. Intentarlo al menos una mayor esperanza. Para otros, más desafortunados, Fidel Castro permanecerá muerto demasiado tiempo.

Otra cuestión, también emocional, pero sobre todo de índole política y con consecuencias ordinarias, es lo que ocurrirá en Cuba en un futuro más o menos cercano, tras el fallecimiento de su hermano menor.

Esa especie de muerte en palacio colocó a la aritmética de la vida en un primer plano, y alimentó las ilusiones en Miami por un breve momento de gritería callejera. Pero la muerte de Fidel Castro no ha significado la ruptura del concepto feudal del tiempo que ha imperado en la Isla durante décadas. Aún no ha concluido la eternidad del momento consagrada el 1º de enero de 1959. Lo que ha imperado es simplemente otro juego de abalorios: desfiles a un cementerio de elefantes que se niega a la definición de huesos. Solo en la fidelista Miami encontró cabida para tanta esperanza. En este sentido, los dos hechos más significativos del mes de noviembre de 2016 para Miami —la elección de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos y el fallecimiento de Castro— por algunos meses lograron revivir en dicha ciudad la ilusión de darle marcha atrás al almanaque. Pero la realidad ha terminado por imponerse, tanto en lo que respecta a Cuba como a EEUU, un completo retroceso es imposible.

Parafraseando a Sartre: con Castro muerto, algunos exiliados se han sentido obligados a crearlo de nuevo: lo necesitan imperecedero, eterno, permanente en sus vidas. Si antes lo requerían vivo, para creer que estaba muerto, luego —paradoja una y mil veces repetida— se aferraron a que su desaparición física abría la posibilidad de arrancar las páginas de un calendario ya inexistente. En la isla, más allá de una presencia constante en los medios supuestamente informativos, el reclamo constante a un Castro siempre vivo o imperando en cada uno no ha sido más que acto de esquina, retreta pueblerina celebración de patio escolar.

En Cuba aún se conjugan varios dominios, que con frecuencia se confunden y se mantuvieron unidos en las figuras de Fidel y Raúl Castro: el militar, el político, el ideológico y el administrativo. Tras la salida de ambos hermanos del manejo cotidiano de los asuntos de Estado —uno por enfermedad y muerte y otro por cesación oficial pero no oficiosa— se ha dividido esta estructura de mando, pero ello no implica fractura o desgarro sino dispersión y deuda.

El cambio inmediato fundamental tras la salida biológica de ambos hermanos Castro será la continuación de este proceso ya iniciado. Entender ese camino evita confusiones sobre el traspaso de mando. En Cuba no se ha producido ni una herencia de la autoridad, al estilo Corea del Norte, ni tampoco una transferencia generacional que omite los orígenes. Lo fundamental es comprender que desde años se ha establecido un nuevo modelo que subordina ideología, política y administración al poder empresarial, solo que en términos cubanos.

De esta forma, los militares continuarán en el centro de la ecuación, ya transformados en el principal poder económico, una vez que Raúl Castro desaparezca.


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