Actualizado: 01/12/2021 17:25
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Sin metáforas

'Cauce', la revista chilena que plantó cara a Pinochet en los últimos años de la dictadura militar.

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Comparar características de distintas dictaduras —de las tantas que se han impuesto en América Latina— constituye un saludable ejercicio en el estudio de la historia, que vale para la hora que corre y para la que aún no llega. Esto se acrecienta cuando por Cuba están pasando en estos días, sin mirar la lamentable situación de su pueblo, una larga lista de mandatarios procedentes de la región.

 

En una librería de segunda mano compré recientemente el número de la revista chilena Cauce, correspondiente a la semana del 16 al 22 de julio de 1985. Para la fecha, el régimen de Augusto Pinochet había derogado el Estado de sitio, algo que, según el editorial de Cauce, no fue un "gesto de generosidad", sino el resultado de "las fuertes presiones" de la comunidad internacional, junto con las presiones internas.

 

Sería bueno, y además honesto, que los presidentes que visiten Cuba se hagan informar sobre la férrea censura que durante 50 años ha ejercido el régimen de La Habana sobre los medios, los cuales, según el editorial de Cauce, deben "cumplir celosamente el rol de fiscalizadores de la acción pública, en nombre del interés común".

 

La publicación chilena fue una de varias que aprovecharon las oportunidades que ofreció la dictadura para informar sobre lo que sucedía. País con una de las tradiciones democráticas más largas de América Latina, la prensa en Chile recuperaba, con toda la celeridad posible, sus modos de hacer. La Radio Cooperativa de entonces, que insertaba publicidad en Cauce, incluye un eslogan: "¡La verdad, aunque cueste, hay que decirla!", y la decía.

 

Si, efectivamente, los cubanos nos vamos olvidando de qué es la verdad —no la filosófica, sino la corriente del hombre de a pie— y a veces no somos capaces ni de mencionar el nombre del que nos apabulla, para los periodistas de Cauce la verdad no entendía medios tonos, ni metáforas, ni eufemismos.

 

Desde la portada se insta al fin de la Junta Militar y se condenan las torturas de la Central Nacional de Información, la tristemente célebre CNI, cuyo cabecilla entre 1974 y 1978 cumple hoy varias cadenas perpetuas. El número alude al estudiante José Randolph, quien, si se interpretan las declaraciones de los agentes de la inteligencia chilena, primero se "suicidó" y luego se fugó de una comisaría.

 

Empleo: 'soplón'

 

Junto con un reportaje sobre el proceso contra un grupo de altos mandos argentinos, Cauce refería un suceso —más bien una plaga— que afecta a toda dictadura, con independencia de su color político. Es lo que en Cuba llamamos "chivato", o sea, el delator, el soplón.

 

El título, que coloca la profesión de "soplón" como una "nueva fuente de empleos", gana en el texto definiciones que no desmerecen de nuestros "gloriosos" CDR y llaman a meditación sobre lo que en la Isla ha sucedido: "¿Es el soplón un heraldo de la nueva institucionalidad?". "Soplar es ya una profesión occidental y cristiana, humanista y noble, gracias a la bendición presidencial". Según Cauce, los soplones son los "ojos y oídos del régimen". En la isla caribeña no tiene estas características. Allí es revolucionaria, una condición ineludible del hombre nuevo.

 

Mientras en Cuba la judicatura en pleno no discrepa un milímetro de lo que dicta el poder, en Chile, cuando faltaban cinco años para que Pinochet abandonara La Moneda, se incoaba proceso judicial contra la ley vigente de pensiones, con el objetivo de declararla inconstitucional. ¿Ha permitido el régimen de La Habana a los 20, 30, 40 ó 50 años tamaña osadía?

 

En otro tema judicial, se felicitaba Cauce porque, incluso cuando estuvo suspendida, ganó la causa en la Corte Suprema —antes lo había hecho en la Corte de Apelaciones—, que involucraba a dos ex directivos del semanario y contra el presidente de la Sociedad Editorial La República, Gonzalo Figueroa, que imprimía la revista.

 

El destacado escritor Jorge Edwards, una de las cabezas visibles del movimiento civil contra la dictadura, escribía, bajo el título "Noticias del otro mundo", sobre el carácter distinto de lo que ocurría en la Unión Soviética bajo el régimen de Mijaíl Gorbachov, y enfatizaba sobre su vocación antiestalinista.

 

La revista también se congratulaba porque el Consejo Metropolitano del Colegio de Periodistas de Chile entregó su premio al "Mejor Director de medio informativo en 1984", a Edwin Harrington, precisamente director de Cauce. Ni la imaginación más afiebrada puede imaginarse a la UPEC —Unión de Periodistas de Cuba— perpetrando semejante desacato de las "orientaciones" del Partido Comunista. No cabe en la más encendida imaginación que la entidad castrista condecore a cualquiera de nuestros periodistas independientes.

 

Y conste que si es cierto que prevalecía, desde antes del número que analizamos, un movimiento civil contra la dictadura de Pinochet, éste sabía que la oposición violenta no estaba totalmente derrotada, como lo confirmó el atentado contra el General en 1986, del cual salió ileso. Como es público, el atentado se implementó en Cuba.

 

Entretanto, la Directiva de la Asociación Gremial de Académicos de la Universidad Católica de Valparaíso, elegía a su máxima instancia al demócrata cristiano Jorge Orellana. Francisco Borja, obispo de la región, siguiendo la huella del cardenal Raúl Silva Henríquez, que había sido arzobispo de Santiago hasta dos años antes, apoyaba en la ceremonia de asunción la idea de crear nuevos espacios de participación a toda la comunidad universitaria.

 

A vuela pluma, hemos visto cómo Cauce no sólo condenó los crímenes de Pinochet, sino que engranó y reflejó una corriente opositora que se abría campo con un ancho instinto democrático. Incluso llegó a anunciar, tres años antes, la derrota de las fuerzas armadas si Pinochet iba al referendo que al cabo perdería.


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