Actualizado: 20/07/2019 13:00
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| Opinión

Visita de Benedicto XVI, Iglesia Católica

Sobre los intereses: la Iglesia, el Estado y los disidentes

Sería terriblemente irónico, por supuesto, que el Gobierno cubano reconociera a la Iglesia Católica como otro poder con objetivos similares al suyo y que reinara con ella

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Después de la visita del Papa Benedicto XVI a La Habana queda claro que existen tres actores en la política cubana actual aunque realmente podrían ser dos. Por un lado, el Estado, todo poderoso. Por otro, la Iglesia, criticada, vilipendiada y combatida por el Gobierno desde el triunfo de la revolución, y ahora regenerada. Y por último, los disidentes que han buscado en la Iglesia un aliado y la protección ante la furia del Estado. Tal y como van las cosas, el Estado y la Iglesia han sido los que han salido ganando en esta partida por la sencilla razón de que el primero ha salido con una mejor imagen, y respecto al segundo sus fieles tienen ciertos privilegios que no tienen otros. Ninguno comparable, por supuestos, con los que tiene cualquier ciudadano promedio de Europa o Norteamérica, pero en un país como Cuba, que pasa por una crisis Trinitaria (espiritual, ideológica y económica), la Iglesia ahora tiene una oportunidad inigualable de afianzar su poder en vista de un nuevo reacomodo de la política. Llama la atención que este reajuste ocurra cuando esa misma institución se enfrenta a repetidas acusaciones de abuso sexual en ambos continentes y la feligresía disminuye frente al avance de las religiones musulmana y protestante en el resto del mundo.

Es cierto y vale recordar, como dice Rafael Rojas en un artículo reciente en El País, que en Cuba la religión católica nunca ha tenido la popularidad de que ha gozado en otros países de Hispanoamérica o del antiguo bloque soviético. Cuba, por supuesto, no es Argentina, ni México ni la antigua “hermana socialista de Polonia,” donde a pesar del régimen comunista que se implantó, la fe católica sobrevivió y fue el detonante para el cambio político.

¿Por qué entonces si la Iglesia Católica nunca ha tenido ese arraigo en la sociedad cubana, el Estado la ha escogido como interlocutor? Hasta ahora se han dado dos respuestas. Primero, se dice, por la presión de los católicos en la Isla y en el extranjero. Segundo, porque el Estado está tratando de cambiar su imagen, ganar tiempo y ninguna otra religión puede hacer este lavado de cara como la católica.

Sin dar por descontado ninguna de estas explicaciones, me gustaría agregar otra. Es justamente por el poco arraigo que tiene el catolicismo en Cuba, y el largo expediente de ‘horrores’ que el Gobierno cubano le ha atribuido, que ahora la escoge como interlocutora. La razón es fácil: en el momento que se canse puede recurrir a este expediente de infamias y desacreditarla.

Cuando hablo de horrores e infamias me refiero a la complicidad de la Iglesia Católica con los gobiernos coloniales, con la Conquista y el exterminio de millones de indígenas en Hispanoamérica. Hablo de su connivencia con las dictaduras de Pinochet en Chile y Franco en España, entre otras, argumentos que han sido esgrimidos todos estos años contra la Iglesia y los católicos en Cuba para desacreditarla. Tal es así, que no bien hizo poner un pie el Papa Juan Pablo II en Cuba, y Fidel Castro le recordó algunos de estas cosas, que según decía aprendió en la escuela. Entonces ¿qué mejor interlocutor que aquel que no tiene una fuerza real en la ciudadanía, y cuya imagen ha sido tan despellejada por la prensa y la televisión?

Sería terriblemente irónico, por supuesto, que el Gobierno cubano reconociera a la Iglesia Católica como otro poder con objetivos similares al suyo y que reinara con ella. En verdad, el Estado cubano no tiene muchas opciones en estos momentos. No puede establecer ninguna “alianza” con otra institución nacional o extranjera en Cuba, menos aún con una organización como los Derechos Humanos que ha sido abiertamente crítica del Gobierno. A través de este pacto con la Iglesia, el Estado expande su poder a Miami, donde el catolicismo es parte integral de una vasta comunidad de exiliados, pero por este mismo motivo la Iglesia se arriesga a enajenar esos católicos exiliados y disidentes que han sufrido y la han apoyado durante todos estos años. Se arriesga a perder los feligreses que tiene allí, que ya de por sí viven bajo el asedio constante de los protestantes. ¿Le vale a la Iglesia tomar tanto riesgo cuando al régimen le quedan tan pocos coletazos?

Para la disidencia, sin embargo, una alianza entre el Estado y la Iglesia pudiera ser fatal y esto parecería aún más irónico cuando sabemos que fue esa disidencia la que le dio la importancia política de la que ahora goza. En Cuba no existe otra institución con la legitimidad y el empuje internacional que tienen los católicos y de hecho, las declaraciones de apoliticismo que han hecho sus prelados últimamente pudieran considerarse como el paso previo para una ruptura de este tipo. ¿Cómo si no entender que el portavoz del Cardenal Jaime Ortega haya condenado con palabras tan rudas la ocupación de templos por los opositores, que haya publicado estas palabras en el periódico Granma, y que el discurso del obispo de Santiago no haya tenido ni el poder ni la crítica que tuvo el del Monseñor Pedro Meurice en 1998 cuando decía al Papa: “Le presento además, a un número creciente de cubanos que han confundido la Patria con un partido, la nación con el proceso histórico que hemos vivido en las últimas década y la cultura con una ideología”. ¿Qué será lo próximo? ¿Qué se les niegue a las Damas de Blanco que vayan en peregrinación hasta la iglesia? ¿Qué se amordace a los pocos prelados que critican al régimen? ¿A cambio de qué está vendiendo su alma al Estado? ¿Por un feriado de Viernes Santo?


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