Actualizado: 20/11/2017 9:27
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Charlottesville, EEUU, Cubanos

«The Alt-Cubans»

El recurrir y justificar la violencia como pecado original de los extremos: un mal del que no están libres ni algunos cubanos ni otros ciudadanos de cualquier país del mundo

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Hay una similitud espeluznante entre los que se encuevan en los extremos.

No es ese hedor frío de las cosas inmóviles, la pátina gris, opaca, de lo olvidado, o la soledad estridente de sus alaridos lo que los unifica; es que, sin que importe qué reclaman o a quién le oran, son irracionales a propósito.

Tal es así que un nacionalista blanco, neonazi, o francamente nazi, al que alguien en Charlottesville roció con gas pimienta, dice que “fue un comunista” el que lo hizo. Que los heridos en la brutal arremetida del Dodge Challenger que dejó varios civiles heridos y una muchacha asesinada “fueron puntos a favor de nuestra lucha”, dice el energúmeno.

O que un cubano trumpero, de derechas, antes de indignarse por esos nazis y KKK que caminan sus calles y engrasan la soga —así es, amigo cubano y trumpero, vendrán a por tí también— reclama que, hey, igualmente hay Black Panthers, Black Live Matters y otros grupos que actúan bajo las premisas de lo que llaman identity politic, como si la existencia de uno fuera la razón de ser del otro, como si se tratara de la misma cosa, el nazi asesino y el negro indignado. O el latino derechista, radical, beige, anomalía donde las haya.

Cubano de extrema derecha que simplemente dice, de aquel otro cubano que no simpatiza con Trump, que ese también es comunista. El cubano aquel, no Trump.

Pareciera que cada uno de ellos dispara sus invectivas a través de un agujero tan estrecho que todas van a parar al mismo lugar: si no estás conmigo, estás en el otro extremo.

El otro extremo.

La otra cueva, en la que castristas, posfidelistas, trasnochados de todo, usan su internet prestada para trazar una raya en el guano; dicen que cualquiera más allá, donde comienza la luz, es contra, traidor, cliente del ogro que engulle lo proletario, asesino de las ideas, destripador de niños, desertores que se han alejado de lo oscuro en nombre de una oscuridad mayor; que andan dando tumbos en lo que ahora llaman centro; otros —el horror— estamos más allá. Eso dicen.

Lo cierto es que hay cubanos, los de las cuevas, que dan pena. Unos y otros. Unos más que otros.

Es esa pena que uno siente al ver a esa persona que se intenta escurrir en un grupo que se rige por códigos extraños, que conversa en otro idioma de temas ajenos; que hasta huelen diferente, y mal, esas personas, pero a él no le interesa.

Él, advenedizo, solo quiere ser parte de lo que no es, y termina mirando hacia otro lado cuando el nazi levanta el brazo. “Es Obama, el que nos ha traído hasta aquí”, explica, “Son los negros, provocateurs, la izquierda, demócratas, los enemigos de América”, y se tapa los oídos cuando el grito “You wont replace us!” se desata bajo antorchas y swasticas, porque él no es Us: él es de los otros, de esos a los que les gritan, y él lo sabe.

Lo cierto es que hay cubanos, insisto, que, de tanto soportar causas innobles, dan pena. Da igual a qué rincón se fueron, o en cuál se quedaron.

Dan pena.


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