Actualizado: 17/10/2017 10:31
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Cuba, Disidentes, Oposición

Todos los opositores de Cuba, (no) vamos una rueda a hacer…

El dinero, protagonista de casi todas las miserias humanas, parece haber enrarecido a la oposición

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La oposición y los opositores cubanos —y entiendo por tal a los que se oponen al actual gobierno a rajatabla, sin cortapisas, sin medias lenguas ni alambicadas “fidelidades”— están en una lamentable crisis de prestigio y credibilidad.

Desde las gradas, los que leemos, escuchamos y observamos, estamos algo perplejos; asombro que quizás tenga que ver en primer lugar con nosotros mismos: muchos crecimos con, y aun mantenemos, una idea distorsionada acerca de “la pureza” de personas públicas que, sin embargo, como cualquier hijo de vecino, tienen virtudes, defectos, necesidades y tentaciones por doquier.

Los humanos siempre hemos idolatrado: creamos ídolos con barro, los pintamos con colores brillantes, y los colocamos en repisas. “Yo estoy seguro que Fidel no sabe lo está sucediendo…”, era una frase de frustración recurrente, una de las frases más ingenuas del léxico cubano además, y que se escuchaba a diario en los tiempos en que aún se confiaba —yo confiaba— en que lo de Cuba tenía arreglo; confianza, además, en que Fidel Castro era un cubano excepcional de intenciones suprahumanas, panamericanas, tercermundistas —no por rudimentarias sino por abarcadoras—; ideas tan puras, tan justas, tan dignas de elogio en un tipo que resultó ser un ególatra mesiánico que estaba sacrificando en la piedra de su megalomanía a la nación en pleno.

Los colocamos en altar entonces, y nos asombramos el día que, polvorientos y cagados por moscas, alguien los derriba, convirtiéndolos en cascotes informes; los miramos, sorprendidos de que sean solo barro con forma.

Que sean personas, como cualquiera de nosotros.

Dice una amiga que la Seguridad del Estado cubana tiene las manos metidas en esa crisis de la oposición; que ha manipulado con habilidad la situación para que, de parias aislados, encerrados en una isla por causa de la intolerancia y la tozudez de la dictadura, ahora los opositores se perciban como turistas que se mueven con libertad —y recursos— de evento en evento, de invitación a visita, de Isla a continente, de la Habana a Miami a Europa y de vuelta.

Que de ser un ciudadano más en la Isla —solo que más valientes— ahora sean vistos como beneficiarios de financiamientos, programas y agencias extranjeras, siempre cuestionados por estar vinculados a planes encaminados a socavar el gobierno cubano. Lo cual por cierto está bien, y aun mejor estaría si funcionara, pero que a la vez no deja de percibirse como un intento de injerencia en los asuntos internos cubanos, lo cual facilita el etiquetado de los opositores con epítetos de fácil cocción: traidores, vendepatrias, asalariados del imperio, contrarrevolucionarios.

Vamos, le concedo cierto crédito a mi amiga: algún que otro oficial inteligente debe decorar las oficinas de Villa Marista; por ejemplo, el que decidió levantar el veto a la salida de Yoani Sánchez de Cuba, lo que inició la etapa de ese eclipsamiento que la ha llevado de ser líder de opinión y bandera más visible de la oposición, a administrar y escribir en 14 y medio. Y nada más.

Pero aun así, pienso que mi amiga le está haciendo un favor a la sagacidad de los perros de presa del desgobierno.

El levantamiento de la absurda prohibición para viajar que sufrieron los cubanos durante décadas obedeció a razones de elemental supervivencia: alguien, de la misma estirpe del oficial que decidió que Yoani y su notoriedad serían neutralizadas levantándole el bloqueo a la bloguera —hay una lección ahí—; se percató que una manera rápida de aumentar los ingresos en divisas para el desgobierno, sin necesidad de inversiones ni incurrir en costos, era dejando viajar a quién lo quisiera —y pudiera— hacerlo; de regresar a Cuba, ese cubano traería dinero; de no regresar, lo enviaría.

Pero nadie podía prever que esa recién adquirida movilidad llevaría a los opositores a un agudizamiento de la rebatiña por protagonismo, financiamiento y visibilidad —que ya tenía sus antecedentes en los campos de batalla de embajadas en La Habana y la antigua Oficina de Intereses; que los llevaría además a fragmentarse y terminar estrellándose entre sí, para beneplácito de la Seguridad del Estado.

Tengo el pan, hágase el verso

La búsqueda de oportunidades en el extranjero es el signo de los tiempos cubanos desde hace más de medio siglo. La presión por el sostenimiento personal y de la familia, el techo que se cae, la mesa vacía, siguen siendo una motivación vital para salir a buscar y usar alternativas.

En esa tradición, a raíz del levantamiento de la prohibición de viajar al extranjero una avalancha de cubanos se lanzó, esta vez no al mar, sino a los aeropuertos. Como el resto de la población, los opositores fueron beneficiados con la nueva “libertad”; también lo fueron muchos profesionales —y no tan profesionales—, que aprovechando la coyuntura, hurgaron y encontraron nichos de apoyo financiero y logístico en instituciones y organizaciones en Estados Unidos y Europa, involucrándose o lanzando proyectos de mayor o menor relevancia que no están —o al menos parecen no estarlo— patrocinados por el gobierno cubano, pero que son de alguna manera tolerados por los mecanismos de censura y represión de la Isla.

Una de las características fundamentales de esos proyectos es que se desarrollan en el espacio virtual de las redes sociales, lo que quizás les garantiza esa tolerancia. Además, aunque para poder ser apoyados desde o en el extranjero deben insertarse dentro de una proyección progre y contestataria, alejada del mainstream de gobiernos y partidos, deben también permanecer en el lado light del inconformismo si quieren sobrevivir el escrutinio del gobierno cubano.

Es por ello que deben escoger con harto cuidado su discurso, su método y sus fuentes de financiamiento: la más mínima duda sobre sus fidelidades, filias y fobias les atraería la ira a gran escala de los siempre vigilantes comisarios, ganándoles la aniquilación inmediata y su estigmatización como ciudadanos. “De dudosa procedencia”, “quintacolumnistas”, “contrarrevolucionario”, son sonidos temibles, que retumban fuerte y muy fácil en las catacumbas del marasmo de la doctrina castro-involucionaria. En este nuevo contexto del “activismo” los temas medioambientales, de conectividad a Internet y hasta cierto punto el arte han resultados ser terrenos mucho más fáciles de vadear que las ciénagas de la oposición política abierta.

La idea es que cualquier iniciativa ajena a los intereses directos del desgobierno cubano se tiene que agenciar un mecenas externo; si ello conlleva una mejoría material, necesaria y bienvenida, pues aun mejor. Al igual que los activistas pseudo contestatarios, los opositores se benefician de becas, gratuidades, financiamiento en efectivo y viáticos que apoyan su actividad. En ambos casos pienso que es válido aprovechar esas oportunidades, tan solo por el simple ejercicio de derechos que acá disfrutamos y de los que en Cuba carecen; sin parar mientes en su relevancia —mientras el quehacer de dichos activistas tiene escaso o nulo efecto en un posible cambio en Cuba, los opositores serían protagonistas de primera línea en ese proceso— el sol, hay que recordarlo, sale para todos.

Pero el dinero, protagonista de casi todas las miserias humanas, parece haber enrarecido a la oposición. Esta se ha dividido y subdividido en grupos que buscan la luz de los reflectores y claman por su rebanada del pastel, a la vez que han ido perdiendo credibilidad con cada “escándalo” o dime direte que irrumpe, generalmente a través de las redes sociales, haciéndoles con ello buena parte del trabajo a los oficiales de la Seguridad del Estado encargados de neutralizar a la oposición.

La valentía es lo único que les va quedando entonces a los opositores. Un “Coco” Fariñas tomándose fotos con Posada Carriles, apoyo al bloqueo en contra de lo que quieren la mayoría de los cubanos tanto de adentro como de afuera, las broncas personales, escasa cultura política, a veces poca educación, las declaraciones desatinadas, son algunos de los elementos que erosionan a opositores y oposición. La pugna entre el grupo afiliado a Yoani Sánchez y los partidarios de la organización de Antonio Rodiles es una de las más lamentables manifestaciones de esa desunión fatídica; la más reciente controversia mediática que involucra a Eliecer Ávila, una de sus indeseables consecuencias.

La política es una carrera, pero la oposición a una dictadura es más que eso: en este caso es vocación, valentía, compromiso, astucia, inteligencia. Solo la oposición que se percata de que la competencia válida y deseable, que tiene lugar en un ambiente democrático, no debe comenzar mientras exista un terrible adversario común —y más que adversario, enemigo—, esa es la oposición exitosa.

Fragmentada y débil como está la oposición cubana, luciendo voceros y profetas alucinados, asediada por oportunismo y oportunistas, hace que sus buenos y sus valientes pierdan el lustre.

El fin biológico va haciéndose cargo de los dictadores, pero estos ya han ido encaminando a sus herederos hacia las oficinas del poder en Cuba. La ronda para enfrentar a ese monstruo totalitario y evitar su continuidad parece que no se bailará a corto plazo; y aunque estemos hartos de mesías mediocres y caudillismos serranos, quizás se está necesitando de un Walesa o un Havel criollo, que sea capaz tomar las manos, unirlas, y lograr al fin lo que una posición exitosa: triunfar, a pesar de todo.

Y de sanear la oposición, por el bien de los cubanos.


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