Actualizado: 20/10/2017 18:43
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Cuba, EEUU, Obama

Torpes tópicos

En ciertos sectores del exilio cubano, la equivocación se repite y el alboroto se propaga en relación con el viaje del presidente estadounidense a la Isla

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Algunos de los llamados líderes del exilio en Miami, supuestos expertos y comentaristas de la prensa radial y escrita siguen demostrando una ignorancia total ―si es posible mayor cada día― sobre lo que ocurre en Cuba.

Agotados desde hace mucho el optimismo incontrolable por el fin del régimen, los preparativos para formar gobierno desde Miami y el saboreo anticipado del ajuste de cuentas implacable, es la hora de los que picotean aquí y allá, en la búsqueda del detalle que dé algún consuelo o aliento a los empecinados.

Sin ilusión ya para apostar a la muerte de Fidel Castro ―como el detonante esperado para una transformación rápida, que permita barrer con un modelo imperante e inoperante por más de medio siglo―, y constatar la existencia de una sucesión establecida con éxito desde hace años y una transformación a cuenta gotas en un futuro sin fecha, pocas opciones quedan a los que se niegan a creer que tantas frustraciones no solo fueron caídas en el camino, sino una vía hacia la derrota. Hablar del deterioro económico de la Isla ―que es verdadero― es quizá el refugio final. Tratar de impedir cualquier mejora en este sentido, en la situación del país, su objetivo.

Con igual fuerza, el desatino en torno a la “herencia castrista” empaña el panorama. ¿Raúl se va? ¿No se va? ¿Deja al hijo? ¿y Mariela, qué hace? ¿Hijo seguroso, nieto torpe, rencillas familiares? Todo un entramado, salido de una novela o película de gánsteres, que aquí y allá brinda detalles —no se trata de desecharlos por completo—, pero ello no explica en su totalidad la situación de la Isla.

Reducir el escenario cubano a esos vericuetos solo enturbia el panorama cubano. Es asombrosa la persistencia del castrismo en la vida del exilio. ¿Y en Cuba? Raúl Castro domina. Es un argumento socorrido y veraz. En última instancia, el presidente estadounidense Barack Obama viaja a su encuentro. Es el eje de su visita. La puerta mágica. Lo que la define. Si Castro, el general, no quiere, Obama se queda en Washington, no va. Así de simple. ¿Pero es tan simple?

Nada inmediato debe impedir analizar que en Cuba está en marcha un proceso de cambios, casi todos económicos y unos pocos políticos. aunque limitados y algunos destinados al fracaso momentáneo. Esos cambios implican la puesta en marcha o la liberación de factores, que siempre se anheló entrarán a funcionar dentro de la maltrecha situación de la nación. Para decirlo brevemente, gran parte de los cubanos viven hoy mejor que años atrás. Qué su vida sigue regida por el principio de la sobrevivencia, es cierto. No hay grandes mejoras y una ausencia de futuro lleva a muchos a emigrar. También han crecido las desigualdades. En algunos casos, estas desigualdades son las mismas que se encuentran en cualquier país. En otros, peores. Se suponía que el socialismo —no el capitalismo, porque nunca ha sido su objetivo— iba a poner fin a esa situación, y lo que ha hecho es empeorarla. Fracasó. indudablemente. Vuelve entonces a ser, de nuevo, la hora de la economía y no de la política. Malo que unos pocos miembros del Gobierno y sus herederos se estén apoderando cada vez más de la riqueza nacional —ahora bajo la función de empresarios y administradores—, junto a la participación de un grupo de inversionistas extranjeros. Pésimo. Pero para atajar o aminorar este hecho no hay que subirse al carro de “Antúnez”, porque ese carro no conduce a parte alguna, no arranca, carece de motor.

Llama entonces la atención que quienes dicen son partícipes de una ideología que prioriza el mercado y la empresa privada, comiencen a desvirtuar las funciones de estos factores a la hora de hablar de Cuba.

Si bien es cierto que el control económico que ha impuesto ―y espera conservar― el Estado cubano es enorme, por qué no contribuir a su debilitamiento, en la medida de lo posible y de forma paulatina, con la cooperación pautada de Estados Unidos, pero en lo fundamental desde dentro de la propia Cuba. Esta es la intención de la Casa Blanca.

Es difícil de comprender ese afán en favor de que fracase el limitadísimo plan de reformas del Gobierno cubano, cuando lo que en verdad debería interesar a un exilio preocupado por el bienestar de quienes viven en la Isla es iniciar los intentos de incorporar ―de forma independiente y sin ataduras políticas e ideológicas― al capital y el conocimiento del exilio moderado. Contribuir a que en Cuba la reforma pase del “chinchal” a la empresa familiar e incluso la pequeña propiedad mercantil.

Se puede argumentar que este objetivo es muy difícil de alcanzar o que el Estado cubano nunca jugará limpio o no lo va a permitir. Sin embargo, si quienes dirigen el proceso cubano han tenido que ceder en puntos que hasta hace poco era lógico apostar a que no lo harían —como el permitir el empleo de fuerza laboral contratada— bajo qué razonamiento se puede negar por completo la posibilidad de esta vía.

Reformas económicas, pero también políticas. Cuba continúa siendo un Estado policial, pero con pequeños agujeros. Un muro con nichos. Un mismo concepto no puede emplearse con dos sentidos opuestos para explicar una misma situación. Si en Cuba el movimiento opositor no puede avanzar más es por la represión imperante. Perfecto. Una explicación correcta. Si en Cuba la oposición ha avanzado es precisamente porque esos métodos represivos han cambiado. Son los mismos en una noción general —no ceder parcelas de poder o este en su totalidad—, pero no son iguales en un sentido particular, ya que los opositores viajan al exterior, pronuncian discursos en contra del régimen y regresan sin que les ocurra nada; son reprimidos cada domingo, pero vuelven al siguiente; son detenidos y están de vuelta en el mismo lugar la próxima semana; se denuncian encarcelamientos y desapariciones que quedan sin efecto a las pocas horas. La explicación de lo que ocurre no debe limitarse a ciertas simplezas. No es un problema de valentía o desacato —¿los que por hechos similares cumplieron largas condenas no lo eran, y más— y mucho menos de solidaridad internacional —las visitas de jefes de Estado se suceden con una frecuencia inusual— o crisis económica —¿no quedamos en que esta ha sido perenne en la Isla?—, sino de reconocer que estamos ante una nueva situación. ¿Obedece todo ello a las bondades del régimen? Ni soñarlo. Este no ha cambiado, lo que han cambiado son sus circunstancias. No es que ha pasado la hora de denunciar los abusos que se cometen a diario. Es que estas denuncias deben tener un mínimo de seriedad para ser compartidas. El resto es un problema de fe. Constatar la existencia de una situación en Cuba que no nos gusta, que preferíamos cambiara sustancialmente, no implica una satisfacción ante ella y tampoco un acuerdo con lo que ocurre. Pero negarse a ver la realidad es cuestión de fanatismo.

Asistimos así a una polarización extrema desde el exilio —pongamos a un lado que dicha posición se asume tras el desayuno, el almuerzo y la cena asegurada—, donde los reclamos giran fundamentalmente en torno a una serie de supuestos, algunos válidos en el orden ético y patriótico —pasando por alto también el desgaste y abuso de este término—, pero de capacidad limitada a la hora de ganar seguidores en la realidad cubana.

¿Cuántos se suman, semana tras semana, a la marcha que organizan las Damas de Blanco? La respuesta inmediata es de nuevo la represión como causa fundamental de la falta de apoyo. El miedo y el terror: balas de plata, ungüentos mágicos, respuesta sabelotodo. Argumento donde el uso y el abuso se confunden. Uso porque es cierto que por décadas el Gobierno de La Habana ha usado y usa el terror como instrumento de dominación, en sus facetas más variadas. Abuso porque evocar la represión se ha convertido en un mantra repetido a la ligera. De esta forma se insiste a diario y sin pudor sobre las “golpizas” que reciben, semana tras semana las Damas de Blanco, sin detenerse un minuto a reflexionar que tal exageración solo contribuye a distorsionar un hecho: el uso del poder y la fuerza para impedir una manifestación pacífica.

Puede contestarse que, en última instancia, el ejercicio de un mecanismo represivo es condenable con independencia del grado en que se ejercite. Es cierto, pero también lo es que basta contemplar lo que ocurre, durante manifestaciones y actos públicos en cualquier país democrático, para comprender que cualquier reclamo tiene que partir de una base real para ganar adeptos mundiales.

Lo demás queda a una valoración política extrema: conmigo o contra mi. El Gobierno cubano es malo, malo, malo, y todo lo que se aparte de definirlo en esos términos es ponerse de su parte.

De lo contrario se reparten críticas, condenas y elogios de acuerdo a criterios ideológicos o partidistas, a la usanza de los gobiernos de desaparecida Unión Soviética o la propia Cuba.

Lo malo es que esa práctica de la polarización extrema repite precisamente el canon establecido, desde sus comienzos, por el enemigo que se trata de combatir.

Es simplemente invertir los extremos, pero manteniendo el extremismo a salvo. Algo similar a la práctica soviética de contar con un comisario político en cada unidad militar: el soldado no solo debía combatir bien, sino de acuerdo a la ideología comunista.

La prioridad ideológica es lo que rehúye el enfoque de Obama hacia el caso cubano. Y en este sentido encuentra su oposición tanto en el Gobierno cubano —en algunos sectores con más fuerza que en otros— como en una parte del exilio. Como siempre, vuelve a cumplirse el viejo axioma de que los extremos se tocan.

La clave del enfoque de la Casa Blanca es intentar lograr un individuo menos dependiente del Estado, no un adepto en uno y otro sentido, al tiempo que se preservan, en su formulación, ciertas normas básicas y universales.

En esto último es donde entran criterios elementales en favor de la libertad, los derechos humanos y la sociedad civil (una etiqueta que últimamente se emplea sin definición plena).

Obama realizará una visita de Estado, lo que implica que viaja como mandatario de un país al encuentro del gobernante en otro. Quienes hablan de la “traición” de Obama no saben lo que dicen —para juzgarlos amablemente—, porque sencillamente nunca ha sido su propósito declarado lograr un cambio inmediato de régimen en Cuba (a diferencia de presidentes republicanos anteriores, no ha caído en falsas promesas) y porque… no es cubano.

Pedirle al presidente de EEUU que asista al sitio emblemático de reunión de las Damas de Blancas, con ha hecho Berta Soler, es demostrar una vez más, la ignorancia que la caracteriza.

Obama viaja a Cuba con fines muy precisos y esperanzas extremadamente limitadas. No hay que esperar algo extraordinario de dicho viaje y tampoco despreciarlo por inútil o caer en la trampa idiota de considerarlo como una forma de legitimidad dada al régimen.

Mientras tanto, en ciertos sectores del exilio la equivocación se repite y el alboroto se propaga. Pero al final ese es solo su problema. No el de EEUU y mucho menos el de Cuba.


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