Actualizado: 15/07/2019 10:30
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| Opinión

Cuba, EEUU, Helms-Burton

Trump, Cuba y el juego electoral

Ver esta medida como un instrumento en favor del avance democrático en Cuba y Venezuela es un error

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Cuba y Venezuela se limitan a piezas electorales en el juego emprendido por el presidente Donald Trump para ganar la reelección. Lo demás es mucho ruido y un poco de furia, donde realidad y farsa se mezclan sin tino ni gracia.

Claro que la suerte y el juego tienen sus recompensas y lo primero es congratular al exilio de Miami —¿hay que agregar “histórico”?— por recibir una brisa en el ocaso. Hoy sus miembros pueden exclamar que ahora sí van a construir (digo, a derrotar) el “castro-comunismo”. No suena serio, pero qué importa.

En cualquier caso, todo esto no supera el capítulo emocional que desde hace décadas es el único que vale en esta ciudad: los supuestos intentos de lograr que la democracia llegue a Cuba se han limitado a un empecinamiento en estrategias caducas, que desde hace décadas no se modifican por falta de voluntad política o conveniencia.

Al inicio de su campaña hacia la presidencia, Trump reconoció esos límites: “Cincuenta años es suficiente”, dijo en una entrevista con el Daily Caller, publicada el 22 de octubre de 2015, refiriéndose a la decisión del entonces presidente Barack Obama de restablecer relaciones con La Habana. “El concepto de apertura con Cuba es correcto”, agregó. Solo que luego llegó la hora de apelar a cualquier voto.

Y al darle marcha atrás no solo a sus palabras sino al reloj, el actual mandatario y los miembros de su gabinete han impuesto un récord.

Si hasta el momento se podía criticar el empecinamiento en el exilio por la retórica de la Guerra Fría, al presente los funcionarios de Trump alientan una vuelta más atrás en el calendario, a la época de la “Doctrina Monroe”. Curiosa mención por lo demás, cuando se habla de la injerencia rusa en Venezuela y se lanza un manto piadoso a lo ocurrido durante las últimas elecciones presidenciales.

El anuncio de que el 2 de mayo entrará en vigor una norma, que permite demandar en tribunales estadounidenses a empresas extranjeras que gestionan bienes confiscados en Cuba y pone fin a una exención de dos décadas, despierta no solo ilusiones sino reaviva prejuicios.

Con independencia de su efectividad para lograr la libertad de Cuba (a lo largo de los años las sanciones económicas han demostrado su ineficacia), la medida desencadenará demandas y contrademandas, y de momento los únicos beneficiados con ella serán los bufetes. Pero ello no importa para un tipo de mentalidad, siempre presente en Miami, donde la nostalgia y el revanchismo han marchado juntos.

Por lo demás, se trata de una estrategia milenaria: cuando no se puede derrocar al enemigo con un enfrentamiento directo, se impone la política de sitiar, cercar o cerrar todas las entradas y salidas.

Limitarse a ver esta medida como un instrumento en favor del avance democrático en Cuba y Venezuela es un error. Ella forma parte de la guerra comercial contra Europa en que está empeñado Trump desde su llegada a la Casa Blanca. Así que la Helms-Burton será otra tuerca en el entramado en que participan desde los subsidios de Washington a la compañía aeronáutica Boeing hasta las represalias europeas contra las exportaciones agrícolas estadounidenses.

Hay más. Junto a la entrada en vigor del Título III y el Título IV se anuncian restricciones a los viajes y límites a las remesas. Con las nuevas medidas de este tipo, asistiremos solo al tanteo inicial de una estrategia que busca el aislamiento total entre Miami y Cuba.

El proceso está en marcha. Dentro de poco se podrá hablar de “plaza sitiada” no solo en La Habana.

Por supuesto que siempre queda mencionar que Díaz-Canel es malo, Maduro malísimo y Raúl Castro pésimo. Si obsoleto es el modelo imperante en la isla, igual resultan las ideas de los opositores de esquina de esta ciudad.

Tras los votos —recuérdese que cualquier voto cuenta— de un estado que le resulta imprescindible para ganar la reelección, Trump alimenta un anticastrismo parlanchín que empieza y termina en las urnas.


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