Actualizado: 19/10/2017 11:37
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Cuba, Visas, EEUU

Trump, los cubanos inocentes y las visas expiatorias

Era tonto pensar que el muro no iba también para los cubanos

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Vuelta al pasado. Donald Trump ha hecho retroceder 36 años la situación política entre Cuba y Estados Unidos. Al menos para quienes viven en ambos lados del estrecho de la Florida.

El Departamento de Estado anunció este viernes la suspensión de la tramitación de las visas “por tiempo indefinido”, así como la retirada del personal no esencial de su embajada en La Habana. La medida recuerda otra similar, adoptada bajo el mandato de Ronald Reagan, donde dejaron de otorgarse visas en la capital cubana.

Tras el éxodo del Mariel, los cubanos que querían entrar en Estados Unidos —en aquella época y en la mayoría de los casos no era un simple viaje de visita sino una salida de la isla, sin vuelta atrás— tenían que trasladarse a un tercer país durante varios meses o años, vivir en este con mayor o menor fortuna —según la generosidad y posibilidades de sus familiares— y al final recibir la ansiada visa o quedar anclados en un destino ajeno. Todo un largo y costoso proceso, que se ha comprobado no hizo a Cuba más democrática, causó el menor daño al régimen de La Habana y en grado alguno logró avanzar la lucha por los derechos humanos.

Por otra parte, no hay sorpresa en el anuncio. Con una administración como la de Trump, empeñada en hacerle la vida más difícil a los ciudadanos de cualquier país del mundo, incluido Estados Unidos, no era de esperar que los cubanos fueran la excepción.

Pese a que Obama le había facilitado en algo la labor, con el fin de la norma “pies secos/pies mojados”, todavía quedaba mucho por hacer en la ardua labor de división, cerco y muro en que está empeñado el actual gobierno estadounidense; una tarea que no cesará hasta lograr convencer a las norteamericanas blancas y rubias de que deben parir más (algo similar a lo ensayado en la Alemania nazi).

Era tonto pensar, por lo tanto, que el muro no iba también para los cubanos. Más cuando ya había sobradas señales electorales de que el interés de la Casa Blanca no era precisamente los nuevos cubanos de aquí y allá, sino los viejos de siempre. Ahora reverdecerá en Miami la exhausta teoría de la “olla de presión”, y los que se fueron hace mucho repetirán por radio y televisión que la solución al problema cubano estaba en no irse (los otros). Tampoco van a faltar, entre los llegados en fecha más reciente, los que experimenten el síndrome del pasajero de guagua habanera.

Es de suponer que algún funcionario del actual gobierno de EEUU —no hay que considerar que toda esta estrategia política descanse exclusivamente en la mente de los legisladores Marco Rubio y Mario Díaz Balart, porque entonces lo único a celebrar es que no tengan ancestros norcoreanos— calculó el riesgo de violar todos los pactos migratorios con Cuba (suspender indefinidamente la expedición de todas las visas de inmigrante y no inmigrante, afectar el programa de reunificación familiar, la marcha del 60% del personal de la embajada) en momentos en que aparentemente Raúl Castro se retirará del poder el próximo año, tras la muerte de Fidel Castro y con el país en una difícil situación económica, empeorada por el huracán Irma. Lo demás es tomar riesgos gratuitos en una relación que transitaba sin pena ni gloria, solo para satisfacer a unos cuantos. Por lo demás, la maraña detrás de lo que pasó (¿o no?) es cada vez más tediosa. A estas alturas, las consecuencias de los incidentes ocurridos comienzan a pesar más en las noticias que los propios hechos.

Dos reacciones a observar.

La de La Habana. Aunque la medida está configurada para no avanzar de forma explícita hacia un resquebrajamiento de las relaciones diplomáticas, sino trazada bajo el discurso forzado del escudo de protección a la salud del personal diplomático y a los estadounidenses en Cuba (aún no hay noticia de algún ciudadano afectado), representa todo un reto a la moderación que hasta el momento ha caracterizado la posición oficial del Gobierno de Cuba ante la administración de Trump, en lo que respecta a las relaciones de ambos países. De ahora en lo adelante, el mantenimiento de ese tono moderado podría interpretarse como un signo de debilidad. Es posible que la Plaza de la Revolución no salte directamente por el asunto de las visas, pero el Departamento de Estado ha dicho que emitirá una alerta recomendando a los estadounidenses no viajar a la isla debido a los “ataques”, y eso es algo que difícilmente el Gobierno de Raúl Castro dejará sin respuesta.

La de Miami. La mayoría de la población exiliada de Miami, de una forma u otra, se verá afectada por esta medida. En la práctica posiblemente se traduzca en más gastos para los familiares de quienes viven en Cuba, nuevas complicaciones, angustias y demoras. Esto no tendrá una repercusión política inmediata, pero vuelve a colocar la pregunta de hasta cuándo una minoría en franco declive seguirá influyendo en las vidas de la mayor parte de los cubanos que viven en Miami, y que saben que ninguna de estas patrañas, sean creadas por La Habana o por Washington, va a significar un cambio democrático para Cuba.


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