Actualizado: 19/10/2017 11:37
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EEUU, Elecciones, Miami

Trump: ¡mano dura contra Cuba!

¿Para qué disgustar a Jeb y sumarse al magnate neoyorquino?, se preguntan los congresistas cubanoamericanos en Miami, pero mientras tanto Trump despliega en la ciudad la agenda anticastrista

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La Florida es uno de los estados clave para las elecciones 2016 y Donald Trump bajó hace una semana a Miami para cortejar a los cubanoamericanos. Les prometió que anularía las medidas ejecutivas de Obama y con ello el proceso de normalización, a menos que hubiera “libertad religiosa y política”.

Lo de la libertad política tiene tela por donde cortar, pero ¿lo de la religiosa? Donald, como es costumbre, dice cosas sin pensarlas o sin siquiera conocerlas, porque si en vez de mandar a la Isla a sus empleados hace un tiempito para averiguar sobre la posibilidad de construir campos de golf, hubieran visitado Centro Habana, se habría enterado que al Gobierno cubano le da lo mismo un papa que un babalao.

Pero el Donald quiere acabar con el legado de Barack. No Obamacare, no TPP, no acuerdos con Irán. Es su particular manera de borrar de la historia al primer presidente negro de Estados Unidos, después de que tuvo que aceptar públicamente que había nacido americano.

Y a los que también pone Trump en tres y dos, para usar un término beisbolero, es a los congresistas, excongresistas y políticos cubanoamericanos. Todos ellos casi en bloque le siguen negando el pan y el agua a Donald Trump, porque marchan en la siempre compungida procesión del clan Bush. Si algo hay que reconocer es que son gente fiel. ¿Pero qué van a hacer ahora que el dorado magnate americano se ha bañado en olor de Calle Ocho? La pregunta es fácil, la respuesta no.

Pero están en tres y dos por razones muy sencillas. Los barones republicanos (y los condes y capitanes y notarios) que se oponen ferozmente a Trump ––al margen de otras posibles y honorables convicciones— están jugando a que el magnate pierda las elecciones de noviembre. Así podrían recuperar o hacerse con el control del Partido Republicano después de la pesadilla de este “advenedizo”.

A la cabeza de ese movimiento, o al menos como más visible adalid, se encuentra John Ellis “Jeb” Bush, también en su calidad de representante familiar. Y los políticos cubanoamericanos hasta el momento, con la posible excepción del representante federal Mario Díaz Balart, se mantienen al lado de dicha aristocracia partidista. Lo que quiere decir que si Ileana Ros Lehtinen, Marco Rubio, Carlos Curbelo, etc., se sumaran a Donald Trump porque este ha prometido tener mano dura con La Habana, al más joven de los Bush no le iba a gustar nada.

Pero además, no sería nada aconsejable porque como todos ellos saben perfectamente bien desde que Trump anunció su candidatura en Nueva York, el magnate era solo un celebrity “epatante” que no podía prosperar en las primarias y en consecuencia “nunca iba a ganar”. Todos ellos se convencieron del fracaso seguro del Donald, de la coronación de Jeb, y todavía se mantienen firmes (aunque a lo mejor ya rezándole rosarios a la virgen) de que no gana. Por eso hasta hoy, diez días después de que Trump bajara a Miami, ¿para qué disgustar a Jeb y sumarse al billonario?, aunque proclame los principios y la lucha por la libertad de Cuba tal cual ellos mismos los entienden y proclaman: mano dura con Castro, ¡retensar la distensión!, ese “loco endemoniado”. Claro que no debemos disgustarlo, nosotros –– se repetirán cada día como un mantra–– siempre con la causa de la libertad de Cuba pero con el benjamín Bush… Aunque acto seguido de ese mantra la peligrosa realidad les toca a las puertas: miran las encuestas donde sube el Donald, miran a Hillary, miran a Obama y se preguntan: “¿Pero y si gana el celebrity? ¿Puedo darme el lujo de quedarme fuera?”

El discurso del candidato republicano en el James L Knight Center de Miami la semana ante pasada cabe perfectamente dentro de la tradicional categoría de “Viva Cuba Libre en el Versailles”. Todos los candidatos vienen, dicen más o menos lo mismo y después hacen más o menos igual. Y eso lo saben también nuestros representantes cubanoamericanos. Pero ahora la gran diferencia es que el candidato republicano Donald J. Trump llega a Miami sin que la alfombra roja la hayan desplegado ellos. Así que, mirándolo bien, están dentro y están fuera. Ya el cubanoamericano más famoso de Texas, Ted Cruz, endorsó al Donald. Pero los nuestros, aquí en este patio tan calentito de Miami… ¿Decidirán al fin y al cabo algo?


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