Actualizado: 19/10/2017 11:37
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Cuba, EEUU, Miami, Trump

Trumpetilla

Apuntar a GAESA y al resto del complejo militar-industrial-comercial en Cuba no es otra cosa que puro embeleco para dar pura imagen teatral de Trump más duro que Obama

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Sólo el desespero y el embullo explican el papelazo del anticastrismo tardío en la peripecia que con tanta cursilería se denominó “batalla cubana por el alma del presidente Donald Trump” en el Jeral hispano de Miami. Tanto este como el Herald anglo dieron en primera plana el ademán de Trump como adopción de línea dura contra el castrismo, sobre todo por el bloqueo económico, comercial y financiero contra el Grupo de Administración Empresarial, S.A. (GAESA) y demás entidades económicas del MINFAR y el MININT.

Tras esta farola salen arrollando el senador Marco Rubio, el representante Mario Díaz-Balart y la comparsa de figurines que agrupa desde expertos BOGOF (Buy One, Get One Free) en asuntos cubanos hasta lidericos en liquidación (Clearance). Nada mejor que un teatro (Manuel Artime, Pequeña Habana) como sede para que Trump profiera echar abajo el acuerdo Castro-Obama y apretar las clavijas que Obama aflojó, como si desde el 27 de enero de 2016 Obama no hubiera dejado claro en su tercer paquete de medidas:

“Una política general de prohibición se aplicará aún a la exportación y reexportación de artículos para uso de las empresas estatales, agencias u otras organizaciones del Gobierno cubano que generan principalmente ingresos para el Estado, incluidos los de la industria del turismo, así como las que participan en la extracción o producción de minerales u otras materias primas. Además, las solicitudes para exportar o reexportar productos con destino a los servicios militares, policiales, de inteligencia y de seguridad cubanos, siguen siendo objeto de una política general de prohibición”.

Así que apuntar a GAESA y al resto del complejo militar-industrial-comercial en Cuba no es otra cosa que puro embeleco para dar pura imagen teatral de Trump más duro que Obama. Y se pasa por alto que la clave política no radica en línea sea dura, sino efectiva. Bushito fue mucho más duro que Trump y no consiguió nada. Trump apenas agrega otra entrada insignificante al largo résumé de ese anticastrismo a distancia que, en casi sesenta años, no ha dado pie con bola en cómo ganarle al contrario.

Embullo con GAESA

Para apretar clavijas al castrismo hubiera bastado que Trump invocara el imperio de la ley, como pregón, digo: principio del orden democrático estadounidense, y exigiera cumplir a rajatabla la Ley Helms-Burton (1996). Pero ese cadáver, ay, sigue muriendo. Las administraciones post-Clinton sólo han atinado a coser y descoser parchos de la mortaja.

El congresista Díaz-Balart cree pegar duro al castrismo con arremeter contra GAESA, porque “eso es enorme, es prácticamente todo (…) Esa es toda la industria del turismo.” Aparte de que no es todo —y sobre todo porque sectores tan atractivos para EEUU como ron y tabaco, petróleo, agricultura y biotecnología son ajenos a GAESA— Díaz-Balart no se da cuenta de que el dueño de GAESA es el Estado castrista.

Al concebir el tardocastrismo no como dictadura de partido único, sino meramente militar, el anticastrismo tardío pierde de vista que GAESA, como cualquier otro conglomerado empresarial de peso, es genuina expresión de dos rasgos esenciales del Estado totalitario filo-comunista: el monopolio de los medios fundamentales de producción y la dirección económica centralizada.

Como propietario, ese Estado puede desfacer el entuerto ordenando a empresas fuera de GAESA que asuman el compromiso revolucionario de sacar provecho del imperio. En la industria del turismo, los grupos Gran Caribe y Cubanacán pueden dedicarse a romper el bloqueo a Gaviota. Por ejemplo, su hotel Four Points by Sheraton, administrado por la firma americana Starwood, puede ser adquirido por uno u otro grupo para eludir las prohibiciones. La adquisición sería tan sencilla como pasar dinero de un bolsillo a otro del mismo dueño.

Desespero con el pueblo cubano

La peripecia del anticastrismo tardío en teatro pequeño-habanero se torna más patética todavía con el senador Rubio, quien recibió de manos de Trump la orden ejecutiva firmada y al parecer se quedó con ella, como si fuera Vicepresidente para Asuntos Cubanos. Lo cierto es que Rubio repica el planteo de Obama: “Si vamos a tener un mayor compromiso económico con Cuba, será con el pueblo cubano”. Desde su primer paquete de medidas, el 15 de enero de 2015, Obama largó la excepción de licencia comercial Apoyo al Pueblo de Cuba, que abarca cuatro áreas: el mejoramiento de las condiciones de vida, el apoyo a la actividad económica independiente, el fortalecimiento de la sociedad civil y el mejoramiento de las comunicaciones. Los cuatro paquetes posteriores (18 de septiembre de 2015, 27 de enero de 2016, 15 de marzo de 2016 y 15 de octubre de 2016) ampliaron este apoyo sin dar al MINFAR o al MININT ni un tantico así.

Rubio sigue la rima de línea de dura con que “estoy tratando de crear un sector empresarial cubano que vaya a donde está el Gobierno cubano y lo presione para que haga cambios. También estoy tratando de crear una clase floreciente de empresarios privados independiente del gobierno”. Esta hipótesis de trabajo a largo plazo tiene más o menos la misma fuerza de convicción de aquella con que el finado Alberto Salas Amaro (1914-96) buscaba tumbar al castrismo: la entrada de los extraterrestres al planeta Tierra por la Isla de Cuba pintoresca.

Salas Amaro argumentaba que los extraterrestres, como andaban por ahí, tenían que vivir en regímenes capitalistas. De vivir bajo el socialismo estarían haciendo colas en sus terruños para sobrevivir. Por tanto, si entraban por Cuba a la Tierra, el choque de culturas terminaría con el socialismo de Castro. Rubio ha reemplazado a los extraterrestres con empresarios privados cubiches que, con su éxito en sectores marginales o marginados de la economía, se embullarían a contraponerse al gobierno revuelto y brutal que los desprecia, vigila y desangra con impuestos.

Por esta libertad

Ahora muchos de esos empresarios en flor se quedan en la esquina de Cuba y Amargura por causa de la diferencia que sí marcó Trump con respecto a Obama: el control burocrático del relajo con los viajes a Cuba. Así pudieran ver reducidas sus clientelas del Norte ordenado y bondadoso que los aprecia.

También se amargarán la vida los visitantes americanos, obligados a enredarse en trámites y hasta documentar su itinerario en Cuba, en contra de la propia constitución de EEUU, que como ninguna otra postula buscar la felicidad y da la libertad de movimiento tan, pero tan por sentada, que ni siquiera perdió tiempo en proclamarla. Otros amargados serán los auditores del Departamento del Tesoro que tramitarán los permisos y, a la vuelta, revisarían la documentación de los viajeros para ver si la lista cuadra con el billete.

Trump hizo alarde de astucia oratoria en el Teatro Manuel Artime para embullar al exilio desesperado, pero los juegos lingüísticos no bastan para alardear de línea dura si consta probada su ineficacia. Se opone al fin del embargo, desfondado sin remedio, y favorece la ilusión de que la salvación de Cuba vendría por Internet, como si la democracia tuviera un app o pudiera cargarse y descargarse como archivo.

Coda

El anticastrismo tardío —como fiel reflejo del tardocastrismo— no percibe que toda tensión prolongada es falsa. Proseguir la guerrita económica contra un país con el cual se tienen ya relaciones diplomáticas y diversas esferas de colaboración no dará, como jamás dio, ningún resultado en contra de un gobierno que cuenta con un pueblo cómplice del poder dictatorial y una oposición basada en lidericos que invocan mucho a ese pueblo, como amante de la democracia y los derechos humanos, pero no tienen respaldo ni de los vecinos de al lado. ¿Qué hacer? Pa’eso están los políticos, ¿no?


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