Actualizado: 17/10/2017 10:31
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Cuba, Represión, Turismo

Turismo de posguerra: la guía y los guías

Hay una diferencia fundamental entre el afán por ser escuchado y las necesidades del público que se propone como meta

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You gotta keep the devil
Way down in the hole
Tom Waits, “Way Down In The Hole”, 1987

El Instituto de la Memoria Histórica Cubana contra el Totalitarismo acaba de anunciar la tirada de 20 mil ejemplares de la Guía de turismo para visitar lugares importantes en Cuba, que propone a los viajeros estadounidenses ir a “lugares ocultos [como] fosas comunes [y] centros de tortura”.

La idea andaba por la blogosfera, en tono de relajo, por lo menos desde marzo 28 de 2008, pero ahora se ha tomado en serio. Solo que, a tenor de esta guía, el propio gobierno de Cuba apostaría guías turísticos en todos y cada uno de aquellos lugares para dar su versión a los americanos y demás visitantes que opten por semejante turismo de martirio.

Novelas ejemplares

Al reportarse la salida de la guía se ejemplificó de entrada con la parroquia (hoy basílica menor) Nuestra Señora de la Caridad (Salud y Manrique, Centro Habana), “en cuyas puertas el 10 de septiembre de 1961, durante una procesión, fue asesinado el joven católico Arnaldo Covadonga (sic)”.

Se trata de Arnaldo Socorro Sánchez, y el guía de turno dirá que, efectivamente, fue asesinado, pero “por elementos contrarrevolucionarios” que también hirieron a “los milicianos Regino Valdés González, Juan A. Fernández Soler y Andrés Figueroa Casanova”. Para dar con la verdad, el viajero tendría que leer Iglesia y revolución en Cuba (Madrid: Ediciones Encuentro, 2010), de Ignacio Uría, u otra obra de investigación de aquel pasado, pero casi todos los americanos que visitarán Cuba oirán al guía y seguirán andando, si es que usan la guía.

Así sucedería en todos y cada uno de los lugares sugeridos por la guía de Miami: el guía en Cuba contaría la novela del gobierno sin tener ni siquiera que ofrecer una guía alterna con la topografía de los crímenes de la bandería opuesta. Pero como conoce bien el paño del turismo extranjero en la Isla de Cuba pintoresca, jamás el Ministerio de Turismo (MINTUR) promocionaría el Santuario de la Caridad del Cobre porque allí, el 2 de febrero de 1959, hubo muertos y heridos al caérsele una granada a uno de los complotados en atentado a Castro.

Como la flecha del tiempo avanza a favor del castrismo, el MINTUR podría hasta darse el lujo de prescindir de un guía para quienes, a instancia de la precitada guía, visiten La Cabaña con ánimo de ver los fosos en que “cientos de cubanos fueron fusilados sin proceso judicial”. No hace falta un guía para largar la novela de que fueron condenados a muerte por crímenes de guerra en procesos sumarísimos, ya que los americanos irán con entera naturalidad a comer a los restaurantes San Francisco o La Divina Pastora, a beber en El Artillero o el Bodegón de los Vinos, y a la ceremonia del cañonazo de las 9, tal como vienen haciendo los demás turistas en ferias del libro, bienales de arte o meros paseos por el Parque Histórico-Militar Morro-Cabaña.

¿Guía para perplejos?

La guía turística obedece al prurito de ilustración con que la bandería anticastrista manifiesta a menudo su necesidad de ser escuchada, pero no tiene en cuenta para nada las necesidades del público que se propone como meta. Los estadounidenses incluidos en las doce categorías de visitantes autorizados a viajar a la Isla, salvo rarísimas excepciones, no tienen interés alguno en la topografía de la tragedia de Cuba. Ni en los muertos de uno u otro bando.

Y lo peor es que ese fenómeno histórico denominado revolución cubana quedó tan marcado por el carácter traumático de la guerra civil y la escisión entre vencederos y vencidos, que la memoria histórica se ha forjado más bien desde tomas de partido antes que sobre base fáctica consensual.

Así como el castrismo niega la responsabilidad del gobierno en el hundimiento del Remolcador 13 de marzo, el 17 de julio de 1994, que costó la vida a 41 cubanos, el anticastrismo no reivindica la voladura del avión en Barbados, el 6 de octubre de 1976, que costó la vida a 57 cubanos.

Tales son los crímenes quizás más atroces que, respectivamente, se atribuyen una a otra las banderías encontradas del problema cubano, pero el justo tiempo humano para vengarse o impartir justicia ya pasó: quienes son señalados como máximos responsables por una y otra bandería se mueren de viejos.

Y también se agotó el justo tiempo humano para que, como se alega para dar a imprenta la guía, “la verdad salga al mundo”. Ya no cabe aquello de que nadie escucha(ba). Desde hace buen rato todo el mundo escucha, pero prefiere no prestar debida atención, sobre todo los americanos, que no van a curarse ahora de sordera ni de miopía político-moral con una guía turística de contenido patriótico cubiche.

Coda

Hacia mayo de 2013, guías de la oposición en Cuba visitaron Miami en avalancha y Manuel Prieres advirtió que, salvo Berta Soler, ninguno acudió al Memorial Cubano ni a otro monumento a las víctimas del castrismo. ¿Necesitaban acaso una guía del Instituto de la Memoria Histórica Cubana contra el Totalitarismo?


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