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Trotsky, México, Cuba

Un grito y sus ecos

Un hombre afiebrado y con una sensibilidad que quizá le hubiera servido para frenar más de un error en caso de mantenerse en el poder

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Nada recuerda a la historia o la política en las primeras horas de la mañana, cuando se camina por el patio de esta casa de la calle Viena, delegación Coyoacán, en Ciudad México. Sobre todo si uno prefiere ir hacia las conejeras, se detiene a contemplar las escasas plantas y no pone un pie en la cochera; elude mirar hacia arriba y contemplar las fortificaciones agregadas a la vivienda; pasar por alto las aspilleras y las huellas dejadas en los muros descascarados por los impactos de las balas de ametralladora. Pero hay que tener mucho cuidado de no subir la escalera, entrar al despacho —con los objetos que permanecen en la misma posición desde el día del crimen— y mucho menos desviarse ligeramente entre los arbustos y llegar hasta un árbol y la tumba de quien es el exiliado más célebre del siglo XX. Ahí están sus restos y los de su mujer: León Trotsky y Natalia Sedova.

Una mezcla de destino trágico, afán intelectual e inteligencia superior convirtieron a Trotsky en una referencia obligada para los intelectuales, icono y profeta. Creador de una revolución inacabada, todavía apasiona a universitarios y a escritores en sus comienzos, aunque estos posteriormente lo abandonen. En ocasiones por su vida, otras por su obra, no yace olvidado.

Stalin logró expulsarlo del poder en los años de formación de la desaparecida Unión Soviética, lo persiguió sin descanso por todo el mundo, asesinó a sus familiares y no cesó hasta acabar con su vida. El golpe de piolet de Ramón Mercader alivió el juicio de la historia y convirtió el fracaso en martirologio.

Madre e hijo

Mercader tuvo suerte en el cine, al ser representado en la pantalla por Alain Delon en El asesinato de Trotsky —una cinta que no es de las mejores de Losey—, pero no en la vida. Al salir de la cárcel mexicana, tras cumplir una condena de 20 años, viajó a Cuba, en 1960, de paso hacia Moscú vía Praga. En la URSS recibió la condecoración de Héroe de la Unión Soviética y fue reverenciado por la KGB, pero nunca logró ingresar al Partido Comunista. Luego regresó a la Isla a mediados de los años 70. Allí vivió, en el barrio de El Vedado, hasta su muerte en 1978. Dejó su bastón en herencia al cineasta cubano Tomás Gutiérrez Alea, y este lo utilizó en los últimos años de su vida. Está enterrado en Moscú, pero no en las murallas del Kremlin, como le hubiera gustado a él y a su madre. La tumba de aquel que se valió de la persuasión, su figura y varias identidades para lograr su objetivo, lleva un nombre corriente y un apellido ajeno: Ramón López.

Caridad Mercader, la “Pasionara catalana” —adicta al espionaje, el asesinato y las drogas— había nacido en Santiago de Cuba en 1892, pero su vida transcurrió fuera de la Isla, aunque al final vinculada con el Gobierno de Fidel Castro. Pertenecía a una familia acomodada, de origen “indiano”, de la Barcelona de principios del siglo XX, y se casó con un miembro de la burguesía fabril de esa ciudad, de quien tomó el apellido. Tras tener cinco hijos, y mucho después de pasar del anarquismo al comunismo y el espionaje soviético, terminó como recepcionista y participante en la organización de eventos en la embajada cubana en París. El compositor y exembajador Harold Gramatges la evoca en la cinta Asaltar los cielos. Guillermo Cabrera Infante narra en Mea Cuba como esa “vieja seca y desagradable” servía de portera a los trotskistas ingleses y alemanes que venían “a buscar su visa cubana y ninguno siquiera sospechaba que quien le abría la puerta era la autora intelectual del asesinato de Trotsky”.

Hace años, de regreso de México, Sara y yo llevamos a enmarcar un cartel traído de la Casa Museo León Trotsky. El empleado todavía se empeñaba en ajustar cristal y marco, cuando casualmente —¿o fue otro golpe, esta vez del destino?: los fantasmas que conocieron el poder persiguen ciertas simetrías— nos encontramos con un excoronel de la Seguridad del Estado, exiliado en Miami. “Trotsky”, nos dijo el exoficial, que ahora vive discretamente en esta ciudad y se gana la vida en una labor alejada del bullicio político. “Yo fui uno de los que fue al aeropuerto a recibir a su asesino”. El criminal recordado por la importancia de su víctima.

“Vimos venir sonriente a un hombre corpulento, de impecable uniforme y cuartelera azul marina que nos tendió la mano. Después supe que Frank Jacson o Jacques Mornard o Ramón Mercader, a quien había yo saludado con una sonrisa, no era sino el asesino de Trotsky y me dio horror su mano en la mía, la lavé y la lavé a grandes aguas y comprendí a Lady Macbeth mejor que nunca”.

Así describe Elena Poniatowska su encuentro con Mercader en la prisión mexicana de Lecumberri. Dar la mano a un asesino. Apenas queda la esperanza de poder limpiarla lo más rápido posible, aunque no se puede borrar lo ocurrido.

En la entrevista concedida a Rita Guibert para el libro Siete Voces, Cabrera Infante cuenta como una noche de ese año, él y el poeta José A. Baragaño le expresaron a Fidel Castro su preocupación por la presencia de Mercader en La Habana. El propio gobernante había autorizado la escala de una semana del asesino.

De acuerdo a Cabrera Infante, Castro respondió: “Bueno, lo hemos hecho en realidad porque nos lo pidió un gobierno al que debemos mucho, mucho”. Luego agregó el mandatario: “Además, nosotros no mandamos a matar a Trotsky”.

En realidad, los favores fueron más de uno y la relación de los Mercader con el Gobierno cubano se mantuvo por casi dos décadas.

Trotskistas y Cuba

Mucho más que ironía encerraba el trabajo de Caridad Mercader en la embajada parisina. Los trotskistas nunca fueron bien recibidos en la Isla y más de un cubano terminó en la cárcel por manifestar —siquiera en grupos reducidos— el menor contagio con un pensamiento catalogado de herejía por la escolástica soviética, y de sumamente peligroso por los órganos represivos.

Cuando se conocieron en “casa de María Antonia”, el Che y Fidel hablaron de trotskismo. Más de una vez lo escuché en La Habana. Pero lo único real en ese mito repetido con tono conspirativo —convertido en secreto para quienes se creían iniciados en la obra de Trotsky por un par de lecturas clandestinas—, es que el nombre del revolucionario ruso se pronunciaba en Cuba tanto con miedo como con respeto.

Otro rumor refería que en los primeros años de la revolución y por diversos rumbos varios trotskistas —juntos o en diversos grupos, aquí se multiplicaban las versiones— habían aterrizado en La Habana. Se decía además que el destino siempre había sido el mismo: todos conducidos de vuelta hacia la práctica de la revolución permanente en otras tierras del mundo: en Cuba no se necesitaba el concurso de sus modestos esfuerzos.

Poco más podía ser verificado a principios de los años 70 sobre la presencia del trotskismo en la Isla. Se sabía que en un número de Lunes de Revolución habían aparecido algunos trabajos del fundador del Ejército Rojo, pero no era posible comprobarlo en la Biblioteca Nacional. Se comentaba del gracioso que se había presentado en la carpeta del hotel Habana Libre, y pedido que por los altavoces trataran de localizar al camarada soviético Lev Davidovitch Bronstein. Aunque nadie podía afirmar que la broma fuera cierta.

También se sabía de la imprudencia de Jorge Ibarra, que colocó un asterisco al final de un trabajo publicado en la revista Casa de las Américas: “Capítulo de un libro sobre Lenin, Trotsky y Gramsci, de próxima publicación”. Sin embargo, ningún editor del Instituto del Libro llegó a preocuparse por eso, porque nadie del mundo editorial desconocía que Ibarra anunciaba libros que después abandonaba.

Por aquellos años la editorial Polémica publicó los dos tomos de la Teoría Económica Marxista y La Formación del pensamiento económico de Carlos Marx, de Ernest Mandel. Aunque tampoco había aquí muchos motivos para quitarle el sueño a los censores. No solo las tiradas eran muy limitadas, sino que ambas obras estaban restringidas a funcionarios y especialistas. Por lo tanto, los primeros seguro desconocían que el autor era trotskista y los segundos iban a leerlas —o ya las habían leído— en las ediciones mexicanas. La línea oficial era apartarse de la escolástica soviética, pero sin caer en un revisionismo extranjero. El gobernante cubano era quien dictaba los límites para avanzar al margen de la ortodoxia marxista-leninista decretada por Moscú, sin detenerse en muertos célebres. Se hablaba de los planes para la publicación de los tres tomos de la biografía de Isaac Deutscher, que finalmente nunca aparecieron (¿o sí?). Por lo demás, Trotsky era tabú.

Trotsky y el Che

Las cosas han cambiado. Ahora en Cuba los estudiosos pueden mencionar el nombre y referirse a sus artículos y libros. Señalar sus aciertos y la agudeza de sus críticas a Stalin. Si entonces le hubieran hecho caso a Trotsky —se lamentan algunos—, quizá el socialismo no habría desaparecido de Europa Oriental. Simpatizar con las ideas trotskistas no impide la entrada al Partido Comunista de Cuba (PCC). Al menos ese fue el caso de la hija de Armando Hart y Haydée Santamaría.

Celia Hart, fallecida en 2008, se destacó por su esfuerzo de reivindicar públicamente la figura y el pensamiento de Trotsky en la Isla. Su artículo La bandera de Coyoacán, del 19 de diciembre de 2003, apareció en diversos sitios de la Internet, así como otro en que refuta la tesis estalinista de la construcción del socialismo en un solo país.

Hart afirma en “Welcome”… Trotsky, del 25 de agosto de 2005, que al final de su vida Ernesto “Che” Guevara pudo acercarse bastante a la literatura trotskista. Lo sustenta de esta manera: “Juan León Ferrer, un compañero trotskista que trabajaba en el Ministerio de Industrias me lo ha comentado. El Che recibía además el periódico de su organización y fue el Che quien lo sacó de la cárcel después de su regreso de África. El compañero Roberto Acosta, ya fallecido, tuvo gran camaradería con Guevara”.

Vale la pena detenerse en este dato, porque más allá de la anécdota sirve para ilustrar la relación del Che y el propio Fidel Castro con el trotskismo cubano.

Según el testimonio de Domingo del Pino, —un español que en la década de los años 60 era empleado del Ministerio de Industrias—, “el Che no excluyó por motivos ideológicos nunca a nadie que pudiese ser útil”. En esta dependencia, entonces a su cargo, trabajaba el ingeniero Roberto Acosta, “de quien luego sabríamos que era el jefe del trotskismo cubano”. El ingeniero Acosta había conseguido autorización del Che para publicar un boletín semanal titulado Boletín Informativo de IV Internacional-Sección Cubana, que se distribuía personalmente por los ministerios de Industrias y Finanzas. Esto explica la referencia al ingeniero Acosta en el artículo de Celia Hart y también aclara de que no se trataba de un periódico, sino de un simple boletín.

Dice Del Pino en su testimonio —titulado Che Guevara ¿El Trotski de Castro?— que el año de 1965, clave en la vida del Che, resultó también el año del final del trotskismo en la Isla. Tras las declaraciones del guerrillero argentino en una conferencia en Argel, donde se refirió a que la URSS se beneficiaba al igual que los países capitales del “intercambio desigual” entre países industrializados y subdesarrollados, Moscú le expresó sus quejas a Cuba.

“Los trotskistas cubanos, a quienes Fidel Castro nunca había tomado en consideración como fuerza, eran un boccato minore que no obstante sufriría las consecuencias de aquella irritación de la URSS y de Fidel con el Che. El líder máximo les infligiría un castigo ejemplar y público para satisfacer a la URSS porque ¿Qué podía agradar más a Moscú que un trotskista castigado?”, expresa Del Pino.

Acosta y otros connotados trotskistas del Ministerio de Industrias fueron encarcelados, registradas sus viviendas, decomisadas sus bibliotecas. Al regreso el Che intentó la liberación de los detenidos, pero no lo logró. En el caso específico del ingeniero Acosta, consiguió que este fuera sometido a un proceso de “rehabilitación por trabajo manual” y enviado a trabajar a una planta eléctrica situada a 20 kilómetros de La Habana.

Al igual que en el caso de Mercader, Castro actuó solícito para complacer a Moscú. Los trotskistas en Cuba no tenían nada que perder, salvo la libertad. Para el gobernante cubano, significaban poco a la hora de complacer a un aliado del que dependía por completo. Respecto al Che, más que de simpatía ideológica se podría hablar de deferencia hacia sus empleados. Es posible que compartiera las críticas al burocratismo, hacia la URSS y los países socialistas y la necesidad de un intenso trabajo de orientación política. Pero por encima de todo estaba de acuerdo con Castro respecto al trotskismo.

Hay además otra conclusión necesaria. Al encarcelar a los trotskistas, Castro no solo complacía a los soviéticos. También se quitaba del medio a un grupo políticamente insignificante, pero que desde una posición de izquierda estaba criticando los males —burocratismo, ineficiencia, nacionalizaciones innecesarias— generados por su régimen.

La realidad es que el trotskismo nunca fue una fuerza política importante en la Isla, salvo en el frente sindical. Un grupo pequeño desde el punto de vista numérico, que no logró crear un cisma entre los comunistas cubanos y que jamás conquistó el apoyo de los sectores populares del país.

No se ha demostrado a cabalidad que Mella se mostrara partidario de las ideas trotskistas, aunque tampoco deja de ser motivo de debate la posibilidad de que fuera asesinado por agentes comunistas, y no por testaferros del dictador Gerardo Machado, y que Tina Modoti estuviera al servicio de la KGB. Igualmente no es cierto que los trotskistas cubanos apoyaran sin reserva al Gobierno de los Cien Días de Grau-Guiteras, la organización Joven Cuba y el programa de Antonio Guiteras. Más bien fue un intento de penetrar al grupo para desplazar a la pequeña burguesía cubana de la dirección de la lucha y controlar el proceso. Más allá de las posiciones ideológicas, la conclusión es que tanto los seguidores de Moscú como los partidarios de Trotsky luchaban por el control del movimiento obrero y eran igualmente sectarios.

La atracción por Trotsky

El atractivo por el pensamiento y la figura de Trotsky se manifiesta por igual en intelectuales –o deseosos de serlo— de todas las edades, jóvenes aspirantes a revolucionarios y políticos frustrados. Al mismo tiempo, permanece como un ejercicio de minorías a la hora de una acción política de verdadera influencia en la sociedad.

Ese acercamiento intelectual a Trotsky fue el que intenté en los años 70 en La Habana, cuando los últimos trotskistas de la Isla estaban enterrados, fuera del Gobierno o a punto de cumplir sus condenas. Encontré en el revolucionario ruso una figura difícil de encasillar, un hombre afiebrado y con una sensibilidad que quizá le hubiera servido para frenar más de un error en caso de mantenerse en el poder. También a un fanático que propugnó el establecimiento de “campos de concentración” —de acuerdo a Deutscher en The Prophet Armed— para encerrar a los trabajadores que abandonaran sus puestos, un militar que reprimió a sangre y fuego la primera sublevación popular contra el régimen soviético —la de los marinos de Kronstadt— y el artífice del comunismo de guerra. Luego en el exilio supe que Trotsky posteriormente acusó a Dzerzhinsky de ser el culpable de la represión en Kronstadt, aunque aclarando que “una guerra civil no es una escuela de humanitarismo”, y admitiendo en última instancia su responsabilidad histórica.

Los hechos van más allá de una justificación por la lucha de clases. Fue Trotsky quien entonces escribió a Stalin: “Los [rebeldes] querían una revolución que no hubiera conducido a una dictadura, y una dictadura que no empleara la fuerza” —según cita el historiador Dimitri Volkogonov en su biografía de Trotsky. Volkogonov agrega: “Trotsky y Stalin pueden haber sido diametralmente opuestos en términos personales, pero ambos siguieron siendo típicos bolcheviques, obsesionados con la violencia, la dictadura y la coerción”. Violencia no sólo sanguinaria sino inhumana. Durante esa campaña, el jefe del Ejército Rojo se negó a que la Cruz Roja llevara alimentos a Samara, en manos de los Rusos Blancos.

Sobre todo hallé que Trotsky valoraba el poder por encima de cualquier otra consideración y que Lenin no estaba desacertado cuando dijo que era imposible debatir con él, porque un día se aparecía con argumento y al otro con el contrario.

El mito de Trotsky sobrevive aún, más allá de la desaparición de la dictadura estalinista y el fin de la URSS y el campo socialista. Murió sin tener que arrepentirse de sus culpas —que no son pocas— y pasó a la historia como el hombre que logró prever pero no evitar la apoteosis de un régimen de terror, un sistema al que contribuyó desde que fundó el Ejército Rojo.


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