Actualizado: 20/11/2019 9:47
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| Opinión

Exilio, EEUU

Un puente demasiado distante

Las dificultades para la reconciliación en el caso de Cuba

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Antecedentes

Reconciliación —entendida en términos convencionales— supone, básicamente, que dos partes antagónicas, luego de un prolongado conflicto han llegado a razonar la conveniencia de comprometerse en un proceso de negociaciones conducente a un acuerdo o arreglo mutuamente aceptable.

Pero en el caso de la experiencia cubana encontramos un conjunto de características específicas, muchas de ellas muy excepcionales y únicas, que comparadas con otras experiencias ha conducido siempre a períodos cíclicos de negociaciones, acuerdos, colapsos o estancamientos, como es el caso justo ahora.

Entre esas características específicas que debemos tener en mente se destacan las siguientes:

Primero, las elites cubanas dominantes derrotadas en 1958 marcharon al exilio en los EEUU absolutamente convencidas que esta superpotencia no toleraría la existencia de un “régimen comunista” en Cuba y que, consecuentemente, los EEUU procurarían su derrocamiento violento por cualesquiera medios. Como comunidad exiliada en los EEUU y con el activo apoyo y manipulación estricta por las diferentes administraciones en Washington, estas elites cubanas fueron derrotadas una y otra vez, cada vez que trataron de desafiar —mediante el recurso de la violencia— el “régimen comunista” en Cuba. Insurgencias armadas (abastecidas y teleguiadas desde EEUU), invasión (Bahía de Cochinos o Girón, a gusto del lector), infiltraciones sucesivas, Operación Mangosta, Plan Torriente y otras acciones se contaron en el arsenal de opciones puestas en juego. Todo fracasó, dando origen a un fuerte “síndrome de derrota.”

Una y otra vez, esas elites cubanas dominantes establecidas en los EEUU vieron sus proyectos minados por reiteradas luchas de facciones, peleas internas, que buscaban monopolizar las conexiones, recursos y “bendiciones” políticas y monetarias de Washington. En un final, estas elites cubanas se reciclaron, transformándose en lobbies (grupos de intereses) políticos del sistema político bipartidista norteamericano, mayormente del lado del Partido Republicano, y con esta inserción lograr transformar el problema cubano en un “tópico rehén” (hostage topic) de la política doméstica en el Estado de la Florida así como en el Congreso de los EEUU.

Semejantes desarrollos, dieron origen a tres características excepcionales. En primer lugar, que las fuerzas de oposición en el exilio que proclamaban buscar el derrocamiento de la Revolución Cubana o del “régimen comunista de la Isla” no estaban física y socialmente operando dentro de las fronteras de la nación cubana pero dentro de un espacio geográfico, social y político por completo separado, los EEUU, el que no sólo ha sido una fuente permanente de intervención en la historia de Cuba, sino el antagonista principal de la Revolución Cubana desde 1958. La segunda excepcionalidad, consiste en que la comunidad exiliada deviene esencialmente en un agente o apéndice político en las manos de las políticas tanto doméstica como exterior de los EEUU, habiendo renunciado así desde el primer día a cualquier posibilidad de independencia o alternativas genuinas. La tercera y última, es que la comunidad exiliada continúa estando seriamente fragmentada, dividida, y que muchas —si no todas— de sus más influyentes figuras entre los cubano-americanos lo son, no por su dedicación a la lucha contra el “régimen comunista,” sino por su involucramiento y compromisos con las políticas domésticas de EEUU y sus maquinarias políticas.

A todo lo anterior, hay que sumarle que los cubanos desde el Mariel (1980) y la crisis de los balseros (1994), y aquellos favorecidos por el acuerdo para un sistema de cuotas, no incorporan una población que se incorporen como factor beligerante, de pelea frontal, contra “el régimen comunista,” sino una población frustrada en sus aspiraciones previas en su país y consistente de inmigrantes económicos que en su mayor parte se desentienden de cualquier activismo político y se manifiestan fuertemente en favor de relaciones e intercambios normales entre la población cubana en la Isla y sus familiares y amigos en el exterior, con independencia de su frustración, descontento o críticas de la experiencia cubana. Es un hecho comprobado, y otro fracaso para el llamado exilio histórico, que el mismo no ha sido capaz de sumar a sus posiciones y acciones a ninguna cantidad importante ni contingentes de activistas de entre estas nuevas olas de inmigrantes.

Desde la oleada migratoria Camarioca-Varadero (vía de salida promovida por Cuba tras el cierre de los vuelos regulares de EEUU a la altura de Crisis de Octubre), algunos dirigentes en la Isla comenzaron a percatarse de que entre esos que abandonaban el país había muchos que ya no eran representativos de las viejas elites dominantes, sino que socialmente hablando, eran gentes trabajadoras, segmentos populares de la sociedad. Obviamente, algo andaba muy mal y se necesitaban soluciones que rectificaran esta tendencia. Pero, los esfuerzos para discutir este controvertido tema fue marginado e ignorado finalmente. Años más tarde con los sucesos de El Mariel, Cojímar, Regla y los balseros, se hizo evidente que la Revolución Cubana enfrentaba su más seria crisis y donde la suma de problemas confrontados (escaseces extremas, intolerancias, errores mayúsculos, corrupción, estancamiento económico y caos) se relacionaban no sólo con el colapso de las relaciones con la antigua Unión Soviética y sus satélites europeos, sino debido en igual o mayor medida a sus propios errores y debilidades. Después de los bloqueos de EEUU y la URSS, esto último —sus propios errores— representaban un tercer bloqueo no menos dañino y corrosivo.

Esto desembocaba en crecientes niveles de apatía, descontento y una relativa pérdida de apoyo popular y autoridad política entre sectores de la población cubana que condujo a una crisis extremadamente compleja que continuó arrastrándose hasta la primera década de este siglo XXI. En este contexto, como nunca antes, la comunidad de cubanos exiliados o emigrados, y Miami su mejor ejemplo, pasaban a desempeñarse como una suerte de faro o imán, donde alcanzar niveles de realización individual, de éxito fácil, progreso y beneficios eran algo posible y cercano. Estas tendencias eran ahora de crucial importancia para la dirigencia cubana de la Isla, tendencias que no podían dejar de ser advertidas ni subestimadas, como había ocurrido en el pasado.

Es en semejante contexto que la dirigencia cubana decide (1977-1980) iniciar con ciertos sectores cubano-americanos del exilio(encabezados por Eduardo Benes, María Cristina Herrera, Carlos Dascal, Max Lesnick y otros, no sin el beneplácito previo de la administración Carter y del propio representante por la Florida, Claude Pepper), factor que abrió las puertas a los viajes “comunitarios” y transformó tales contactos e interacción, con su símbolo representado por Miami, en una poderosa y atractiva alternativa. Esta vez la dirigencia cubana de la Isla arriesgó los costos políticos y sociales; era inevitable, pese a sus muchas implicaciones.

Construyendo el puente

Todo comenzó hace 51 años atrás, en Montevideo, y fue una iniciativa cubana, en ocasión de una cita interamericana. El Ché Guevara se acercó al enviado de EEUU, Richard Goodwin, con planteamientos orientados a una negociación y normalización, pero Goodwin desestimó la oferta para una normalización entre ambos países, y su valoración influyó en el rechazo de la administración Kennedy a entablar negociaciones. Un año más tarde —luego de las lecciones de la Crisis de Octubre—, Kennedy rectificaba esto y aprovechaba una posible mediación mediante el periodista Jean Daniel, lo que Fidel Castro aceptaría con entusiasmo. Luego del asesinato de Kennedy, Fidel Castro trató de darle continuidad a un posible diálogo con el Presidente Johnson (1964), el que decidiría su cancelación mediante instrucciones terminantes a George Ball.

Otros esfuerzos se hicieron en el decursar de los años para establecer algunas bases mediante gestos, iniciativas y acuerdos orientados a construir un puente de comprensión, cooperación y normalización: a. Devolución de los mercenarios de Bahía de Cochinos; b. Acuerdo sobre piratería aérea y naval; c. Primer acuerdo migratorio vigente entre 1965 y 1973 (los llamados “vuelos de la libertad” desde Varadero); d. Acuerdo sobre pesca y zonas económicas en el Golfo de México; e. Sondeos exploratorios con la administración Nixon-Kissinger; f. Exitoso despegue con Carter; g. Sondeos de alto nivel con representantes de la administración Reagan en sus comienzos; h. Negociación exitosa del conflicto en Angola y Africa Meridional, luego de las derrotas de los aliados de EEUU (UNITA y Suráfrica).

En el curso de esos largos años, el Congreso de los EEUU se ha mantenido por lo general permanentemente hostil contra cualquier acercamiento efectivo y exitoso con Cuba, bloqueando e ignorando los numerosos proyectos legislativos que aislados grupos de legisladores de ambos partidos han tratado de someter para ser considerados en plenario, lo que nunca se ha logrado por los últimos 35 años. Junto a esta tendencia, el grueso de las elites del exilio cubano-americano se han mantenido en un estado de permanente hostilidad y rechazando éste cualquier noción de compromiso constructivo.

Los pocos fundamentos positivos que trataron de impulsarse por sectores minoritarios del exilio en algún momento fueron con demasiada frecuencia neutralizados o desarticulados por dichas elites una y otra vez, ya fuera mediante los asesinatos, los atentados con bombas y campañas de intimidación, descrédito y aislamiento político de aquellos que propugnaban tales acercamientos. El listado haría este análisis demasiado largo. Lo que quedó probado fue que construir un puente de relaciones normales era una posibilidad bien distante. El libro con las memorias de Bernardo Benes aporta evidencias documentales y testimoniales de sobra en este sentido (Secret Missions to Cuba, by Robert Levine, Palgrave, 2001) y, en particular, sobre la iniciativa cubana para iniciar un diálogo con la comunidad cubana en Miami desde 1977.

Cualquier revisión o resumen, mostrará cuántas veces las autoridades cubanas y algunas administraciones de EEUU fueron capaces de explorar, negociar y alcanzar acuerdos específicos o parciales en determinados asuntos, en tanto que no es menos cierto mientras que la mayor parte de las administraciones no hicieron cosa alguna — a excepción los pasos iniciales del binomio Kissinger-Nixon y de manera más concreta y constructiva de parte de la administración Carter— para remontar los conflictos existentes y, contrariamente, actuaron para empeorar los contactos bilaterales cuando estos se producían.

El único patrón sostenido claramente perfilado en el pasado, desde 1977-78, en cuanto a fomentar un sentido de apertura hacia algunos niveles de reconciliación, y continúa operando aún hoy, ha sido la ininterrumpida relación —aunque llena de altas y bajas— entre los cubanos a ambos lados del Estrecho de la Florida. Su influencia política implícita e interacciones han sido destacadas repetidamente. Pero todavía persisten muy fuertes limitaciones tales como:

a. La ausencia de un cuerpo político unificado e institucional de la representación de los cubanos en el exterior ni las relaciones comerciales, financieras y consulares normales que faciliten el flujo normal de dichas relaciones;

b. Las muchas restricciones que se encuentran en la legislación de EEUU, en sus políticas y acciones;

c. La renuencia oficial cubana hasta ahora de reconocer política e institucionalmente cualquier cuerpo unificado de la “comunidad cubana en el exterior”;

d. El inciso anterior es seguido por severas y sectarias restricciones cuando se organizan los diálogos conocidos en el pasado como “La Nación y la Emigración” u otras reuniones o encuentros —no menos restringidos— como la celebrada en la Sección de Intereses de Cuba en Washington, DC, en el 2012.

Tendencias presentes y futuras: el puente se mantiene muy distante

En cualquier proceso de reconciliación, encontrar lo medular del conflicto, su comprensión más clara, contribuirá de manera significativa al éxito de semejante proceso. En la experiencia del caso cubano, aparecen dos componentes esenciales:

1. Primero, y más importante, es la premisa, y convicción profundamente enraizada entre los hacedores de política de EEUU, de que en cualquier tratativa con Cuba no puede haber nada que no sea “la rendición incondicional.” La iniciativa Carter se apartó de semejante patrón, siendo la excepción de la regla. El hecho de que el Gobierno cubano, “el régimen comunista” —asumiendo en éste la naturaleza de un “Estado satélite— no colapsara en los 90 no condujo a los EEUU a ninguna seria reconsideración, nuevas ideas y políticas en cuanto a cómo tratar con Cuba. Por el contrario, llevó a reforzar la estrategia de “rendición incondicional” bajo una nueva etiqueta, la de forzar una “transición democrática.” Cualquier cosa que sugiera negociaciones y alcanzar cualquier fórmula de arreglo bajo la actual dirigencia cubana está —en su cultura política y mentalidad— absolutamente descartado; es algo inadmisible.

2. Este primer componente descrito más arriba lleva directamente a los incondicionales en Miami y en el Congreso de los EEUU a tornarse más vociferantes y beligerantes frente a cualquier opción seria de arreglo o compromisos constructivos de parte del Gobierno y/o del Congreso de los EEUU con las autoridades cubanas con independencia de cuantas reformas se hayan hecho o se hagan en Cuba y que no comporten el desplome o derrota total de dichas autoridades. No importa que más de 400 mil cubanos estén viajando normalmente a la Isla o que los cubanos puedan viajar libremente ni que esas autoridades cubanas gocen hoy de una legitimidad internacional incomparablemente mayor que en ningún otro momento anterior. Frente a esto, los vociferantes y beligerantes de Miami y en el Congreso no brindan una muestra de consistencia política o firmeza; se trata, simplemente, de un patrón o cultura de incondicionalidad hacia Washington desde mucho antes del presente conflicto.

3. Más aún, las crecientes reformas económicas, sociales y políticas que en la actualidad son, y continuarán siendo, adoptadas en Cuba, deberían aconsejar la articulación de nuevas políticas hacia Cuba de parte del Ejecutivo y el Congreso. Pero, no es esto lo que ocurre. ¿Por qué? De nuevo, porque tales cambios y cualquier grado de normalización entre ambos países, permitirá a las autoridades cubanas articular con mejores posibilidades un desenlace de continuidad y clamar victoria en su diferendo con EEUU. Un desenlace tal es incompatible con las estrategias políticas vinculadas al caso cubano. La sobrevivencia de Cuba bajo la actual dirigencia y/o modalidades de continuidad se correlaciona axiomáticamente —de una manera u otra— con la irrefutable noción de un histórico fracaso de las políticas de EEUU así como de sus incondicionales de Miami.

4. En el contexto de semejantes circunstancias, el concepto de reconciliación en la experiencia no contemplará, en modo alguna, algún tipo de negociación o arreglos entre ambas partes. Como siempre los herederos de los incondicionales de Miami permanecerán como lo que han sido hasta hoy, con su importancia relativa mediante sus maquinarias políticas y lobbies, y un incómodo socio menor para la política exterior de EEUU.

5. Consiguientemente, el proceso de reconciliación en la experiencia cubana continuará estando sujeto a los siguientes factores: a. La permanente hostilidad y obstáculos de EEUU; b. La postura maximalista entre “los históricos” de Miami y sus herederos; c. La pesada carga de prejuicios, reservas y restricciones que todavía persiste entre las autoridades cubanas hacia no sólo el denominado “exilio histórico” y sus herederos, sino también hacia los cubanos que, en general, han emigrado (aunque ya con visibles atenuaciones como lo reflejan la nueva Ley Migratoria y lo que hasta ahora se conoce de la próxima Ley de Inversiones).

6. Los factores (a) y (b) no han cambiado ni cambiarán en lo esencial. ¿Qué puede cambiar entonces que nos encamine a la reconciliación? Una transformación total del factor (c), como se viene advirtiendo. Desde fines de los 70 comenzó a cambiar y ha continuad haciéndolo. Interacciones sociales sistemáticas entre las dos orillas a niveles personal y familiar, sientan las bases para su expansión y mejoramiento. Se hace visible también, en un plano oficial, en las nuevas acciones legislativas antes mencionadas. Repito: los 400 mil que viajan y más, son evidencia irrefutable; los cientos y cientos que ya regresan definitivamente lo son también; la circularidad se completa y estabiliza, como es normal que ocurra. Su contribución en muy diversos planos es advertida y compartida por todos. Desarrollos graduales apuntando a estos niveles de reconciliación son previsibles y posibles, y éste será el curso de acción principal para construir el puente entre ambas orillas, incluyendo las actuales y futuras autoridades cubanas. Los otros dos factores, (a) y (b) de la ecuación planteada en el punto (5), permanecerán estancados; no tienen soluciones a corto ni mediano plazo; quedan a la espera de que ocurra un milagro... y tal vez, al final del camino, se produzca el tardío milagro, pero “sin rendiciones incondicionales” ni vendettas soñadas. Entonces se habrá completado el puente.


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