Actualizado: 17/07/2019 10:29
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Un terreno común

Durante casi cincuenta años, los cubanos nos hemos enfrentado unos a otros. ¿Por qué ha sucedido? ¿Qué se puede hacer?

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Doscientos estudiantes y profesionales cubanoamericanos recién graduados se reunieron del 10 al 13 de abril en la Universidad de Duke para el encuentro anual de la organización Raíces de Esperanza. Personas menos jóvenes, como yo, también participaron en lo que se ha convertido en un ritual de primavera para conversar sobre Cuba. En su quinto año ya, Raíces… está bien establecida.

Estuve en una mesa de discusiones sobre la fuerza de los mitos en la historia de Cuba. Las naciones y los mitos van siempre juntos, por lo que la Isla no es una excepción en este aspecto. Sin embargo, nuestros mitos nos persiguen todavía porque no hemos logrado fijar nuestra vida juntos en un terreno común.

Siempre hemos esperado grandeza de Cuba. Ningún otro país caribeño o centroamericano —nuestros puntos naturales de referencia, aun si somos reacios a esas comparaciones— se ha impuesto meta tan alta. Sólo los cubanos hemos soñado más allá de lo posible, algo que no es necesariamente malo, excepto que nunca hemos sido buenos ajustándonos a la realidad. En vez de calibrar las expectativas, hemos subido las apuestas para la próxima ronda de arreglar Cuba. Nunca lo hemos logrado, al menos no por mucho tiempo.

Nunca tal mal como ahora

Veamos dos momentos de la historia.

1) La Constitución de 1940 colocó los cimientos de una nueva Cuba.

-La Enmienda Platt, que autorizaba la intervención de EE UU en nuestros asuntos, ya no constituía una carga para la soberanía.

-La nueva Carta —de hecho, un contrato para la paz social luego de las revueltas revolucionarias de la década de los años treinta— daba al Estado mayores responsabilidades en cuanto al bienestar de los ciudadanos de a pie.

-Con la promesa de una mayor inclusión racial y de género, la democracia liberal se fortalecía.

2) El 10 de marzo de 1952, Fulgencio Batista dio el golpe de Estado.

Para entonces, las esperanzas concebidas en 1940 habían desaparecido hacía mucho por la corrupción extendida, la violencia de los grupos de acción y la política del clientelismo. Aun cuando se estimaba grandemente la democracia, ni el presidente depuesto ni la ciudadanía se atrevieron a defender la Constitución.

Demos un paso rápido a 1959 y a la revolución victoriosa. Aunque el restablecimiento de la Constitución había sido el clamor generalizado contra Batista, el gobierno revolucionario pronto pisoteó las libertades civiles, eliminó el derecho a la propiedad privada y forjó una alianza con Moscú. Así y todo, la mayoría de los cubanos respaldaba a la revolución, seguros de que esta vez se lograría un país mejor.

Al final no pasó. Nunca antes ha estado Cuba tan empobrecida ni los cubanos tan desesperados. Ningún otro gobierno en nuestra historia ha cobrado tantas vidas, encarcelado a decenas de miles y forzado a cientos de miles al más largo de los exilios.

La afrenta más reciente —arrastrar a las Damas de Blanco en la Plaza de la Revolución, el pasado 21 de abril— puede parecer un acto de fuerza, pero no lo es. Al sentirse amenazado por diez mujeres vestidas de blanco que pedían la excarcelación de sus seres queridos, el régimen sólo ha mostrado su debilidad, enmascarada por la brutalidad. Las Damas, activas desde la Primavera Negra de 2003, cuando el gobierno reprimió y privó de su libertad a 75 opositores pacíficos, se imponen con la razón y la valentía de su lado.

Asumir los fracasos

No sabemos cuándo podremos arreglar Cuba. Las medidas últimas de Raúl Castro no deben descartarse de un plumazo; aunque son como una gota de agua en el desierto, en relación con lo que el país necesita. Al mismo tiempo, la actitud de "esperar a ver qué sucede" no es razón para que nadie —ni individuos ni la comunidad internacional— se abstenga de condenar la continua violación de los derechos humanos en que incurre La Habana.

En la Universidad de Duke, hace dos semanas, concluí mis comentarios ante el grupo Raíces… con la siguiente idea: durante casi cincuenta años, los cubanos de buena voluntad nos hemos enfrentado unos a otros, bien por la defensa de una revolución nacionalista y socialista, o por la redención democrática. Debemos esforzarnos por comprender por qué ha sido así, esto es, ponernos en el lugar de las personas decentes que están del otro lado.

Si todos asumimos la responsabilidad por nuestros fracasos, en vez de culpar a otros —Estados Unidos, la antigua Unión Soviética, la España de Zapatero, las fuerzas pro embargo o antiembargo en el Congreso de Estados Unidos—, quizás, sólo quizás, hallaremos un terreno común que sea lo suficientemente sólido para edificar una Cuba democrática que trabaje por la justicia social y el interés nacional.

Es poco probable que la grandeza sea nuestra, pero al menos estaremos viviendo en paz.


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