Actualizado: 23/08/2019 21:21
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Cambios, Disidencia

Un universo de diferencias

Hay un universo de diferencias entre la Plaza Tahrir, en el corazón de El Cairo, y la de la Revolución, en el de La Habana

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En Miami y sus alrededores una nueva moda está convirtiéndose en una obsesión realmente escalofriante, una especie de extraño corolario político: Cuba debe seguir los pasos de Egipto y otras naciones árabes que se enfrentan a revueltas sociales, como si de un efecto dominó a larga distancia se tratara.

Desde finales de enero los programas de entrevistas de la Calle 8 y decenas de blogueros le han pedido al pueblo cubano que tome las calles y siga el ejemplo del pueblo egipcio en la Plaza Tahrir. Se hicieron llamados a manifestaciones masivas; los cubanos a lo largo de la Isla y en Miami debían desafiar, en abierta confrontación, al Gobierno cubano. “La Red Social” daba como fechas el 21, 23 o 24 de ese mes. Al final, no sucedió casi nada. Unos pocos disidentes en Cuba informaron, en llamadas telefónicas a Miami, de sus intentos fallidos por lanzarse a las calles y cerca de 4.000 personas de la tercera edad organizaron una pequeña manifestación en Calle 8. Como siempre, “Sin novedad en el frente”.

¿Sorprende este resultado? Por supuesto que no. Un antiguo experto en asuntos cubanos de la CIA, Brian Latell, a pesar de sus deseos y expectativas, ya había señalado: “¿Podría suceder algo similar en Cuba? Existen muchas razones para suponer que no…” El corresponsal de la BBC Mundo, Fernando Ravsberg, desechó toda posibilidad de que la teoría de semejante efecto dominó pudiera aplicarse en Cuba, y señaló que los disidentes eran totalmente incapaces de lograr una movilización en masa significativa (punto de vista compartido en su totalidad por la Sección de Intereses de La Habana (SINA), según algunas de las informaciones reveladas por WikiLeaks). Más recientemente, otro corresponsal británico, David Usborne, citaba a un diplomático canadiense en La Habana, que comentaba: “Escribimos a nuestras capitales todos los días y les decimos que eso no va a pasar en Cuba. El cambio no se va a producir súbitamente, sino poco a poco”.

¿Cuál es la razón?

Hay un universo de diferencias entre la Plaza Tahrir, en el corazón de El Cairo, y la de la Revolución, en el de La Habana.

Lo que se produjo en Egipto en 1953 fue un golpe de Estado con el que se salió de una monarquía, pero que favoreció un arreglo con las oligarquías turcas locales, probritánicas, que se habían afianzado cómodamente en Heliópolis y gozaban de la simpatía estadounidense. Mientras, la abrumadora mayoría del pueblo egipcio carecía de beneficios tangibles. En cambio, lo que ocurrió en Cuba en 1959 fue una revolución profundamente enraizada, que “disfrutó” de la hostilidad de EEUU incluso antes del triunfo. A un importante enfrentamiento con la oligarquía de la Isla le siguieron acciones radicales, incluyendo la guerra civil y la intervención extranjera, elementos que polarizaron los niveles de confrontación. La gran mayoría de las primeras generaciones de cubanos recibieron un cúmulo de beneficios tangibles, y se sintieron con poderes y verdaderamente representadas por la joven dirigencia cubana.

En semejante contexto de confrontación, la ausencia de diversas prácticas democráticas y los elevados niveles de dominio autoritario dentro de las filas revolucionarias se vieron reducidos y neutralizados en gran medida por el impacto negativo de dicha confrontación, el sentimiento de lealtad cada vez más amplio y el carácter masivo de la participación social como herramienta democrática para compensar esa dirección autoritaria. El enemigo dentro y el enemigo en las murallas brindaron una cohesión política y social añadida, y sirvieron también de fuente de intimidación y movilización. Las victorias de los 60 y en África reforzaron esta última dimensión. Para los egipcios, las derrotas recurrentes frente a Israel y sus aliados, así como el acuerdo final supusieron una humillación, desmoralización y una pérdida de credibilidad de los fundamentos nacionalistas cada vez mayor.

El protagonismo de Fidel Castro ha constituido un factor de peso extraordinario durante casi 60 años y no solo por su estilo autoritario, sino por su habilidad para ganarse adeptos, para persuadir, infundir esperanza y entusiasmo, para asumir personalmente desafíos y riesgos, para estar en todos los lugares al mismo tiempo cuando se le necesitaba; hombre de carisma y destreza política extraordinarios.

La personalidad de Nasser como líder conquistó muchos seguidores hasta su temprana muerte, pero más en la línea de la tradición faraónica. Nasser contaba con mucha influencia en el Medio Oriente y, hasta cierto punto, en África.

Cuba fue, y continúa siendo —en gran medida—, una fuente de inspiración en toda Latinoamérica y el Caribe, capaz de hacerse de apoyos masivos importantes y de figuras influyentes —mucho más allá de los límites de la izquierda.

Raúl Castro está al frente en la actualidad por méritos propios y no por ser el hermano de Fidel. No confía en carismas ni habilidades providenciales, sino en el trabajo en equipo, las instituciones y los resultados, verdaderos debates y una transparencia mayor. La naturaleza y el grado de la corrupción existente en el sistema cubano, si bien está ahí y representa un serio problema en los escalones inferiores y medios de la burocracia estatal, continúa siendo un tema secundario si se compara con los niveles de corrupción gigantescos e institucionalizados que prevalecen en Egipto y otros países árabes.

El sistema cubano está apoyado por instituciones, así como por nuevos equipos de líderes y tecnócratas altamente cualificados. Por el contrario, Sadat y Mubarak socavaron cualquier mérito que Nasser hubiera tenido y transformaron la corrupción en un sistema a escala natural, mientras enormes sectores de la población se mantuvieron sometidos a privaciones extremas y sin incentivos de ninguna clase. Las herramientas políticas con que podían contar —partido, parlamento, organizaciones de masas— eran pura ficción; muy diferentes de lo que estas continúan representando en Cuba.

Las fuerzas armadas egipcias a lo largo de los últimos 30 años se han convertido en una criatura de EEUU y su modelo de comportamiento durante la crisis siguió en gran medida las pautas sentadas por la Administración Obama justo después de que la revuelta espontánea del pueblo trascendiera sus primeras fases. En Cuba, sucede todo lo contrario: las FAR constituyen la institución más respetada de la Isla y está indisolublemente ligada —hasta el día de hoy— a la dirigencia cubana.

En los últimos 20 años, el prestigio social y económico de Cuba se ha desgastado de manera considerable. Las generaciones más viejas han quedado exhaustas y muy frustradas por acontecimientos, errores garrafales y políticas equivocadas. Existe una nueva generación que ha sufrido escaseces extremas y privaciones materiales, mientras la corrupción toca ya la vida de muchas personas de modos muy diversos. Como señalara el sociólogo cubano Aurelio Alonso recientemente, podemos encontrar incluso algunos niveles de pobreza, aunque no encontraremos ninguna forma de indigencia. Y puede que en la Isla muchos no le echen toda la culpa a los viejos líderes, que todavía los sigan y que tengan esperanzas en las reformas que se están implementando.

En Egipto, Sadat y Mubarak retrotrajeron todos los indicadores económicos —en particular aquellos relacionados con el bienestar del pueblo— a los extremos más inferiores, a lo que sucedieron intrigas de corrupción multimillonarias. En el caso de Cuba, la credibilidad de la dirigencia de la Isla ya no es lo que era y los nuevos líderes están todavía por ganarse el respeto y la aceptación dentro de un nuevo contexto, pero en términos de envergadura, no hay comparación con el caso egipcio. Es más, la dirigencia cubana y las FAR están rediseñando cuidadosamente todo el entorno económico, social y político conocido hasta ahora; ya se está produciendo un modelo diferente y la sensación de cambio, entusiasmo y esperanza se está haciendo muy palpable.

Un argumento recurrente ha sido el papel que desempeñan el miedo y la represión. ¿Hay represión en Cuba? Sí. Pero en su mayoría se ejerce a través de acciones preventivas y de control, junto a una demostración sistemática de técnicas de aislamiento e “infiltración” que permiten actos selectivos y muy suaves contra ciertos disidentes. Cuando en 1994 se produjo un estallido de descontento en ciertos sectores de la ciudad de La Habana, no hubo despliegue de unidades de las FAR, de tanques, bayonetas, gases lacrimógenos ni otros procedimientos utilizados en el resto del mundo. Algo de acción policial y Fidel Castro enfrentándose a pie a los manifestantes pusieron fin a esta experiencia excepcional. Pocos minutos después los mismos manifestantes se pusieron a vitorear y gritar “Fidel, Fidel…” No hubo muertos ni masacrados. Las credenciales egipcias son muy diferentes y el presidente Suleiman posee un récord muy notable en el campo de la represión y la brutalidad frente a las masas. Por supuesto, los contendientes en ambas situaciones son totalmente diferentes.

Un último punto de comparación. Se ha dicho que las circunstancias cubanas encuentran en la emigración al exterior y las remesas a los familiares que se han dejado atrás dos “air bags” que suavizan el impacto de la crisis económica cubana. Es un buen argumento, en parte; pero tiene trampa. Se utiliza para sugerir que tales “air bags” no existían en Egipto. Sin embargo, la emigración y las remesas resultan incluso mucho más importantes dentro del contexto político y social egipcio. ¿Y por qué, entonces, no desempeñaron el papel que se les atribuye en el caso de Cuba? Esta es una manera taimada de comparar y contrastar.

Los acontecimientos de la Plaza Tahrir constituyen una magnífica experiencia de revuelta popular espontánea, sin líderes ni organización; y ahora regresa el pueblo porque se siente engañado. En pocas semanas, la Plaza de la Revolución será testigo de cientos de miles de personas marchando en apoyo al nuevo camino iniciado por la dirección cubana. Es otra gran diferencia.


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