Actualizado: 01/06/2020 20:01
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Una broma colosal

Pies secos, pies mojados: Bush en la encrucijada; Castro adicto a la lotería.

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La boyante economía del país insufla confianza al gobernante cubano, quien frente a la Sección de Intereses de Estados Unidos declaró que ya no necesita "remesas ni nada de eso". También se refuerza su sentido del humor. Ante la curiosidad de la prensa (desde luego que extranjera) por las labores de construcción en el mismo lugar, Castro respondió: "No sé, se lo pregunté a los trabajadores y no me dijeron nada".

Sin embargo, el Comandante en Jefe sucumbió a la tentación del viejo chiste de aconsejar a la Casa Blanca "suspender la Ley de Ajuste Cubano", que "estimula las violaciones de las leyes norteamericanas [y] las entradas ilegales".

El balcón

Sentado en el muro del Malecón, una observación vulgar parece bastante para desanimar a cualquiera de dar un brinquito en balsa hasta la acera de enfrente. No obstante, a esta idea tan atrevida puede seguir la deliberación (si es de noche), que ponderaría los motivos antes de comenzar a preparar actos calificados por el Código Penal cubano (1987) de "Salida Ilegal del Territorio Nacional" (Artículo 216).

Castro concede tanto peso a la Ley de Ajuste Cubano (1966), que hasta el asno de Buridán corcovea. Este animal hambriento pasó a la historia de la filosofía cuando el rector de la Universidad de París, Juan Buridán (1295-1358), decidió colocarlo a igual distancia de dos montones de hierba idénticos. Puesto que no tendría motivo para escoger uno en vez del otro, el asno moriría de hambre por su indecisión.

Los seres humanos, en cambio, pueden reaccionar de otra forma frente a estímulos iguales, gracias a la libertad de elección. Aquí el castrismo se mete entre las patas del burro: los balseros prefieren el montoncito de hierba estadounidense, a pesar del hedor de la "ley asesina", antes que el montoncito de olor y aspecto tan atractivos, según el propio Castro, ubicado dentro de la Isla.

Dos viejos pánicos

El Acuerdo Migratorio entre Cuba y EE UU (1994) y su complemento (1995) debieron poner fin a la costumbre yanqui de conceder libertad bajo palabra ( parole) a todo inmigrante ilegal cubano, pero ambos documentos limitaron las devoluciones a quienes fueran "interceptados en alta mar" o en la Base Naval de Guantánamo.

Washington no puede deportar ya ni a los famosos "excluibles", y a La Habana no parece entusiasmarle recoger el guante del desafío: que muchos cubanos con órdenes definitivas de deportación regresen a Cuba después de haber (mal)vivido en EE UU.

La Casa Blanca da entonces vueltas al bombo con la esperanza de reducir las salidas, tan ilegales como inseguras, e impedir otra estampida de inmigrantes. En el Palacio de la Revolución se manejan los números premiados de la lotería de visas para irse desprendiendo de algunos descontentos y aliviar los problemas de subsistencia.

El que vino a salvarme

Así y todo, la punta del chiste de Castro se ve mejor a la luz de otra ley estadounidense: la Reforma de la Inmigración Ilegal y Responsabilidad del Inmigrante (1996). Su artículo 606 condiciona la abrogación de la Ley de Ajuste a la voluntad del presidente de EE UU en los términos previstos por el artículo 203. (c). 3. de la llamada Ley Helms-Burton (1996): "que un gobierno elegido democráticamente llegó al poder en Cuba".

Para dejar sin efecto su ley 89-732 (Ajuste Cubano), el Congreso de EE UU tendría primero que recibir del presidente una certificación positiva sobre la naturaleza democrática del gobierno castrista. Entretanto, Castro prosigue convocando a manifestaciones colosales en perjuicio de la economía, pero que satisfacen los impulsos masoquistas de su política simbólica.