Actualizado: 10/12/2019 14:39
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Leyendo la prensa

El origen de la tragedia

Sucesión, transición, constitucionalidad. Las aristas del debate mediático sobre la enfermedad de Castro.

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En Antifidelismo y anticastrismo, el filósofo Emilio Ichikawa examinó la reacción dionisiaca del exilio miamense frente a la Proclama del Comandante en Jefe al Pueblo de Cuba (julio 31, 2006, 6:22 p.m.): "poner música, bailar, prender tabacos, descorchar botellas de champaña y plantar el dominó".

A contrapelo de la última encuesta sociológica y sus comentaristas (véase El Nuevo Herald, marzo 9, 2006), esta celebración desvinculada de lo trágico demostró no sólo que "la comunidad cubana de Miami conserva la sensibilidad por el tema político, [sino también] que la juventud fue el eje mayoritario de las manifestaciones".

Al menos desde Nietzsche suele abordarse tanto aquel lado dionisiaco, donde predomina la embriaguez emotiva, como el lado apolíneo de la realidad, donde la reflexión debe campear por sus respetos. Y aquí parece confirmarse la tesis nietzscheana de que "en todos los lugares donde penetró lo dionisiaco quedó abolido y aniquilado lo apolíneo".

Humano, demasiado humano

El espíritu dionisiaco cundió entre las noticias y los análisis. La cobertura del reportero Rui Ferrera ( El Nuevo Herald) empezó con la imprecisión de que "Castro cede el poder" (agosto 2) y siguió con lugares comunes ("La salud de Castro [es] un secreto de Estado") o sensacionalistas ("Siguen desaparecidos Fidel y Raúl Castro").

Castro no ha cedido el poder ni cederá el poder mientras esté vivo. Sólo bajo la embriaguez dionisiaca se puede inferir de la Proclama que es cadáver o está a punto de serlo. La noticia fue, a lo sumo, que Castro ya podía morir.

Del lado reflexivo cabría esperar que la desbordante alegría en Miami se encauzara con fines políticos, pero la respuesta más ilustrativa entre cubanos vino de Jorge Mas Santos. Este líder de la Fundación Nacional Cubano-Americana (FNCA) pidió a los militares dentro de la Isla que aprovecharan la coyuntura para instalar "un gobierno transitorio cívico-militar", evitar "el traspaso del poder de Fidel Castro a su hermano" y abrirse "hacia un Estado democrático" ( El Nuevo Herald, agosto 3). Al combate corred, bayameses, que la FNCA os contempla orgullosa.

La otra respuesta es el silencio de los trompeteros que el 17 de febrero de 2006 se congregaron en la sede de los Municipios de Cuba en el Exilio. Allí Antonio Calatayud (Congreso Nacional Cubano) abogó por "la acción directa y ayuda directa para alzar al país", mientras Antonio Esquivel (Movimiento de Recuperación Revolucionaria) auguraba que "no pasa de este año el fin de la tiranía". A lo mejor están engolfados ahora en operaciones encubiertas, pero entonces no se explicaría la fanfarria de febrero 17, que llegó al clímax con la arenga de Rodolfo Frómeta (Comandos F-4) contra Castro: "Hay que tumbarlo a bombazos".

Frómeta ejemplifica el dilema de la lucha armada contra Castro desde Estados Unidos. Ya confesó por qué se había infiltrado en Cuba (octubre 11, 1981) con antifaz de turista y propósitos subversivos: "Había comprendido que las operaciones emprendidas desde el exterior se malograban porque siempre un informante avisaba a Castro" ( Miami New Times, febrero 6, 2003). A las dos semanas comprendería que esto también ocurre dentro de la Isla: Frómeta fue detenido por la Seguridad del Estado (octubre 23, 1981) y condenado por un tribunal castrista.


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