Actualizado: 18/10/2017 20:02
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OPINIÓN

Una casa en Coyoacán

El asesinato de Trotsky en México. Una historia de intriga y horror en la que el nombre de Cuba aparece más de una vez.

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Nada recuerda a la historia o la política en las primeras horas de la mañana, cuando se camina por el patio de esta casa de la calle Viena, delegación Coyoacán, en el Distrito Federal. Sobre todo si uno prefiere ir hacia las conejeras, se detiene a contemplar las escasas plantas y no entra en la cochera; elude mirar hacia lo alto y contemplar las fortificaciones agregadas a la vivienda; pasa por alto las aspilleras y las huellas dejadas en los muros descascarados por los impactos de las balas de ametralladora.

Pero hay que tener mucho cuidado de no subir la escalera y entrar al despacho —con los objetos que permanecen en la misma posición desde el día del crimen— y mucho menos desviarse ligeramente entre los arbustos y llegar hasta un árbol y la tumba de quien fuera el exiliado más célebre del siglo XX. Ahí están sus restos y los de su esposa, Natalia Sedova. El 20 de agosto se cumplen 65 años del asesinato de León Trotsky en México. Una historia de intriga y horror en la cual —primero de forma algo ajena y luego nada casual— el nombre de Cuba aparece más de una vez.

Una mezcla de destino trágico, afán intelectual e inteligencia superior convirtieron a Trotsky no sólo en una referencia obligada para los intelectuales, sino también en icono y profeta. Creador de una revolución inacabada, todavía apasiona a universitarios y aspirantes a escritores, aunque estos posteriormente lo abandonen. El hecho que no se limita a Latinoamérica y Europa —donde tiene más fuerza— y está presente en el historial de algunos de los neoliberales que tienen una gran influencia en la ideología de la actual administración norteamericana. Trotsky —en ocasiones por su vida, otras por su obra— no yace olvidado.

Stalin logró expulsarlo del poder en los años de formación de la desaparecida Unión Soviética, lo persiguió sin descanso por todo el mundo, asesinó a sus familiares y no cesó hasta acabar con su vida. El mito ha sobrevivido no sólo a la desaparición de la dictadura estalinista, sino también al fin de la URSS y el campo socialista. Trotsky muere sin tener que arrepentirse de sus culpas —que no son pocas— y pasa a la historia como el hombre que logró prever pero no evitar la apoteosis de un régimen de terror, al que contribuyó desde que fundó el Ejército Rojo. El golpe de piolet del español Ramón Mercader alivió el juicio de la historia y convirtió el fracaso en martirologio.

No es extraño que un nuevo documental — Dos revoluciones del siglo XX, del director argentino-mexicano Adolfo García Videla—, una radionovela y una exposición — En defensa de la patria: 150 años de luchas revolucionarias en México— vuelvan sobre los hechos. Hay dos antecedentes: Asaltar los cielos, el excelente documental de los españoles Javier Rioyo y José Luis López Linares, y El asesinato de Trotsky, la película de ficción del realizador inglés Joseph Losey.


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