Actualizado: 21/02/2024 16:10
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Una lección para todos

Sólo una Cuba que destierre la violencia política, refuerce las instituciones democráticas y proteja las libertades puede llevarnos a la reconciliación.

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El arzobispo emérito de Santiago de Cuba, Pedro Meurice Estiú, llamó "una lesión antropológica" el miedo y la impotencia que mantienen paralizada a la mayoría de la gente en la Isla. Si pudiera añadir algo a la observación perspicaz de Meurice, diría que esa lesión también lleva consigo una ira profunda —manifiesta o latente— que persigue a los cubanos por doquier.

No hay nada malo en sentir ira, más si esa ira está tan justificada como en el caso cubano. Sin embargo, hay un problema si la ira se transforma en odio. Entiéndase bien, no particularizo sobre alguien o algún grupo de cualquiera de los dos lados del Estrecho de la Florida, digo que muchos, entre nosotros —aquí y allá—, sienten odio y eso sí es un problema de todos.

El libro de Kay Abella, Fighting Castro: A Love Story, rinde homenaje a Lino Fernández y a Emilita Luzárraga de Fernández. A finales de la década de los años cincuenta se enamoraron, se casaron y establecieron una familia. La lucha por una Cuba libre y democrática —ya fuera contra Fulgencio Batista o contra Fidel Castro— fue una causa que también unió a Lino y Emilita. Tanto que, después del arresto de Lino en 1961 y antes de que lo pudiera ver, Emilita le pidió a sus padres que llevaran a sus tres hijos a un exilio que brindara seguridad mientras ella se quedaba en la Isla por él. En 1979, Lino y Emilita pudieron, al fin, reunirse con sus hijos en Miami.

Hay, claro, muchas otras historias cubanas de nobleza y valentía, pero ninguna otra me atañe de forma tan personal.

Conocí a Emilita en 1975, en casa de mi primo en La Habana. Para Lino ya había pasado lo peor de su encierro, aunque aún no estaba libre. Yo era joven, apoyaba la revolución y, por consiguiente, no estaba bien preparada para hacer justicia a la ordalía por la que había atravesado Fernández o la generosidad de Emilita al aceptarme, a pesar de cómo yo pensaba en esos tiempos. En 1978 conocí a Lino, libre al fin, y pasé una tarde con ellos y mi primo, en La Habana. Recuerdo bien la expresión en sus rostros aun cuando pasaran muchos años hasta que lograra identificarla como "de paz interior".

"Tuvimos que escoger entre vivir el trauma o vivir nuestras vidas", me dijeron Lino y Emilita hace poco. Pasábamos muchas tardes, los sábados, hablando sobre Cuba, su pasado y futuro. Lino había aceptado mi invitación para integrarse al grupo Memoria, Verdad y Justicia, que trataba de responder la interrogante de qué debería hacer una Cuba democrática en relación con los abusos pasados en materia de derechos humanos. En el año 2003, elaboramos el informe La reconciliación nacional en Cuba (http://memoria.fiu.edu).

El tono de nuestra reunión nacional

Son innumerables las causas que han provocado el dolor y las heridas que los cubanos han sufrido por décadas y en todos los lugares. Pero el rencor y la venganza no pueden marcar el tono en nuestra reunión nacional. Sólo una Cuba que destierre la violencia política, refuerce las instituciones democráticas y proteja las libertades ciudadanas, puede llevarnos a la reconciliación. En este trayecto, hay cubanos, en las dos orillas, que han hallado ya la fuerza para dar paz a sus vidas. El caso de Lino y Emilita es un extraordinario ejemplo.

Cuba tiene que sanar de nuevo. Se impone dar voz a las memorias silenciadas, develar las verdades, buscar la justicia (lo que no significaría, necesariamente, hacer juicios). En 1963, cuando Cuba estaba atenazada otra vez por la guerra civil, Marcelina Chacón dijo: "Dos de mis hijos murieron luchando por la libertad de Cuba: uno con una idea, el otro con otra". Ella y su esposo, José Tartabull, encuadraron las fotos de sus hijos en un marco común, lo rodearon con la bandera cubana y lo colgaron a la entrada de su bohío en las montañas del Escambray. Como nación, ¿será capaz Cuba de seguir el ejemplo de Marcelina y José?

No siempre son malas las consecuencias inesperadas. Cuando reuní a los integrantes de Memoria, Verdad y Justicia, sabía que estaba pisando un terreno delicado. Sin embargo, no había advertido que ese terreno estaba también dentro de mí. Aunque ya hacía mucho que había dejado de apoyar a la revolución, al parecer, no había reconocido en su totalidad los costos humanos. Hacerlo fue algo liberador.

Lino y Emilita Fernández han sido todo el tiempo una presencia tranquila en mi vida. Identificar, finalmente, la expresión en sus ojos, que yo guardaba en mi memoria, como "paz interior" fue un hito significativo para lograr la mía.


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