Actualizado: 22/10/2021 20:51
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Una polémica y sus desaciertos

La responsabilidad por la existencia de un régimen totalitario en la Isla: ¿recae en la sociedad que lo tolera, con mayor o menor pasividad, o es culpa única de los hermanos Castro y la cúpula que gobierna al país?

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En las últimas semanas se ha desarrollado una polémica soterrada, inadvertida para la prensa pero probablemente digna de consideración para futuros historiadores, en torno a la relación del castrismo con la identidad nacional. Es un tema que ya ha sido explorado anteriormente. Recuerdo, por ejemplo, hace diez años haber leído un trabajo de Vicente Echerri en torno a la crisis de la sociedad cubana (se refería a la sociedad no al Estado, carcomido por el totalitarismo). Esta vez son las voces de Néstor Díaz de Villegas, Emilio Ichikawa, Rafael Rojas y el propio Echerri quienes vuelven a plantear el mismo tema, con matices.

La pregunta consiste en lo siguiente: ¿el sistema totalitario es responsabilidad de la sociedad que lo tolera, con mayor o menor pasividad, o es responsabilidad total de los hermanos Castro y su selecto grupo? Siguiendo una tradición que se remonta al siglo XIX, aquella especie de “leyenda negra de la cubanidad” ―como le gustaba llamarla mi ex profesora universitaria, María del Pilar Díaz Castellón―, que plantea la apatía moral y cívica de la mayoría de la sociedad cubana frente al discurso nacionalista que cree en sus virtudes, vuelve ahora a unir al pasado colonial y republicano con el presente totalitario.

Y este intento teórico estaría experimentando un desarrollo coherente, salvo por un detalle que puede hacer venir abajo la extrapolación histórica: se trata de que el totalitarismo es un hecho irreversible e inesperado. Lo racional para la historia de Cuba hubiera consistido en que Fidel Castro se transformase en lo que tanto combatió: el dictador Batista, apegado al lujo y al disfrute del poder en acuerdo con las empresas extranjeras. Siguiendo esta lógica se han articulado los análisis de los cubanólogos, poniendo en Raúl Castro el inicio del retorno al batistato: apertura económica y dominación política.

Sin embargo, la persistencia de Fidel Castro, que disminuye el impacto de las reformas anunciadas y las todavía imaginadas por una “nueva batalla de las ideas” (que pudiéramos denominar “la batalla contra la guerra mundial”), indica que estamos en presencia de un fenómeno histórico bien diferente. Y esto plantea otra pregunta: ¿por qué la sociedad, renunciando a su tradición de dictadura cómoda (bajo el absolutismo de Fernando VII, bajo la restauración de 1878, bajo Menocal, bajo Machado, bajo buena parte del último Batista) se ha entregado a este fenómeno tan diferente, con una pronunciada proyección de universalidad?

Coincido con Ichikawa (quien retoma una idea planteada por Jesús Díaz, casi veinte años antes aunque sin la dimensión filosófica que el profesor cubano le ofrece) que esto nada tiene que ver con las costumbres de la colectividad cubana, deseosa de vivir la vida y evadir el sacrificio que supondría un martirio.

Pero aquí no estamos en presencia de un problema de identidad sino de la típica apatía que provoca el totalitarismo, donde el individuo sólo tiene su cotidianidad para defenderse de la agresión que el Estado hace contra él. Lo normal entonces es que los disidentes sean una minoría y los jóvenes vayan a bailar en el Festival Rotilla y no a reunirse para acompañar a las Damas de Blanco por la Quinta Avenida. Lo que puede esperarse de las mayorías es el miedo o el gozo momentáneo (el alcoholismo, por ejemplo, tan común en la URSS y en la Cuba de hoy) que permite olvidarlo.

Se trata de una sociedad totalmente desarticulada, carente de un espacio civil en su recto sentido ( pese a las distinciones marxistas que identifican la sociedad civil con el sistema de educación, la prensa, “las organizaciones de masas” y otras realidades). Y este fenómeno también explica la reciente aparición de la crisis de la identidad del exilio, con la llegada de Generación Cambio Cubano y otras voces críticas (el salsero Manolín, por ejemplo) que revelan que el daño ocasionado por el totalitarismo va más allá de las fronteras nacionales y se reproduce en la diáspora, en una emigración que no quiere buscarse problemas, dicho en nuestra jerga popular, con los responsables del estado de cosas imperante en Cuba.

¿Estamos entonces ante un colapso de nuestros valores como colectividad, fracturada aún más por la dispersión geográfica? Un análisis improvisado nos llevaría a esta idea pero basta observar aquellas naciones donde el totalitarismo fue implantado para encontrar idénticas reacciones. Es por esto que más que buscar la persistencia de la crisis en la sociedad, conviene retornar al punto en que se dirimía este círculo vicioso entre la dictadura y la sociedad que la soporta; lógica circular que sigue también la teoría de la rebelión espontánea que cobró fuerza a raíz del maleconazo en 1994.

Considero por tanto que en vez de continuar especulando en torno a si el pueblo cubano carece de civismo para oponerse a su situación actual se debe más bien dar relevancia a que es imprescindible el desmontaje del totalitarismo para que pueda nuevamente el civismo florecer. Este posible convencimiento, sin embargo, es todavía lastrado por parte de la opinión pública extranjera y las instituciones que sustentan el derecho internacional, pues recientemente Cuba fue elegida para la vicepresidencia del Consejo de Derechos Humanos.

Todavía una parte del mundo cree o finge creer en el espectáculo montado en la Asamblea Nacional dos veces al año ―en ocasiones, como ahora, tres―, conformando el público al cual es dirigido. Y ha tenido precisamente este factor hegemónico ―en sentido ideológico― gran protagonismo en conseguir la persistencia del castrismo, pese a sus evidentes contradicciones. Por eso conviene en todo caso iniciar un diálogo teórico que purifique las alternativas a la solución cubana de contradicciones y logre finalmente sacar a Cuba del teatro de la lucha de fuerzas que se libra en cada nación de su entorno.



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