Actualizado: 26/03/2019 14:33
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Cubano, Cuba, Cultura

Unidad cultural y pluralidad política de la nación cubana

Desde las alturas del poder político, una pandilla de individuos se ha abrogado la potestad de decidir lo cubano y lo anticubano

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Hay unos cuantos “cosmopolitas” cubanos que no acaban de comprender que lo que ellos entienden por cosmopolitismo no es más que la visión que una, o un grupo de específicas naciones, han impuesto de ello. Así viven desbarrando del nacionalismo, en especial del cubano, sin entender, por ejemplo, que nadie es más nacionalista en el mundo de hoy que los propios norteamericanos, y no me refiero aquí solo al bando del emperador Donald Payaso Trump, el bando supremacista blanco, sino también al otro, al de Obama y de la señora Clinton, que promueve, queramos verlo o no, la americanizada corporativización del mundo. Y no lo digo yo, un cubanito de mierda, sino muchos de los pensadores y políticos de una de las culturas más próximas a la norteamericana, la de su Madre Patria, la británica.

Partamos de admitir que, en el actual proceso de globalización, en que se constituye una cultura mundial única, no todas las culturas-nación actuales tienen el mismo grado de participación. Algunas pondrán más en esa futura cultura global, y es que incluso cuando las culturas-nación líderes toman de otras lo hacen según su reinterpretación de lo tomado (las comidas china o italiana que se venden en EEUU tienen poco que ver con las verdaderas comidas chinas o italianas). En consecuencia, no todos los bagajes culturales estarán igualmente representados en esa futura cultura global: Thoreau posiblemente será mucho más visible en ella que José Martí, y ello no tanto por factores achacables a las obras de ambos escritores en sí, sino a qué cultura o culturas hayan logrado vencer en la gran carrera que hoy vive el mundo, por imponer a su herencia como de las centrales.

No se gana nada con lamentarse: este proceso es natural, inevitable y en consecuencia incorregible. Pero a la vez también es incorregible la voluntad individual de los miembros de una cultura-nación determinada, por sobre todo las “mujeres y hombres de cultura”, de aspirar a que la suya sea de las que más aporten a esa futura cultura global, o en todo caso hasta de que se convierta en uno de los centros aglutinadores de ella. A fin de cuentas, la por semejantes individuos tan ansiada, dígase lo que se diga y siempre en tono de falsa modestia, trascendencia a su tiempo, nuestra “fama y glorias” futuras, dependen de que nuestra cultura-nación consiga un lugar central en el mundo por venir.

Los cubanos, en esta lucha empeñada por ser si no la Roma del futuro, por lo menos la Magna Grecia, o mejor aún, la Palestina, contamos con ventajas que nadie más posee en el mundo actual; al menos en el grado que nosotros. En primer lugar, mencionemos ese hecho nunca resaltado en la medida suficiente: Somos una cultura homogénea, la más homogénea de Iberoamérica, en que por ejemplo todos hablamos una única y misma lengua. Si el nombre a un idioma se le otorgara en relación a aquel país en que ella es hablada por la mayor proporción de naturales suyos, a la lengua de Cervantes no se le llamaría castellano, ni español, ni mejicano… sino cubano. Podrá tener ligeras entonaciones diferentes de un extremo a otro de la Isla, pero en esencia es el mismo idioma, con los mismos giros y casi las mismas palabras. Para un baracoano es más nítido lo expresado por un pinareño que lo que en su presencia dijera un dominicano, con todo y estar más cerca geográficamente, pero no espiritualmente (y no nos engañemos, la cercanía espiritual entre nuestros dos pueblos, dominicano y cubano, es de por sí asombrosa).

Somos por otra parte una culturatransculturada de cabo a rabo: la cultura cubana es un ajiaco, al decir de Don Fernando Ortiz, y esto es realidad no solo a nivel global, sino particular. Aun si pudiéramos dividir nuestra cultura en partículas atómicas (las teóricas moléculas de lo cubano), tamaño imposible, veríamos que no queda nada en Cuba en el estado puro en que llegó de alguna otra parte, o en que se encontraba a la llegada del Almirante de la Mar Océana. Los bohíos los heredamos de los taínos, pero en esencia ellos no los construían rectangulares sino circulares; no pocos de los ritmos de nuestra música vienen de África, pero se los interpreta en instrumentos de Europa; el panteón puede que sea de África, pero la liturgia con que se practica esa religiosidad “africana pura” es mediterráneo: todo el sistema mágico africano está permeado de ancestrales creencias nacidas en las costas de ese primer mar mundial, salpimentado al mismo tiempo con retazos de brujerías nórdicas, hasta el punto de serle casi inextricable al africano actual, hijo de esas regiones de dónde procedían los genes africanos que hoy conforman el gran ajiaco de mulatez que en definitiva somos. Porque como nos demostrara Don Fernando en su Historia de una pelea cubana contra los demonios, la brujería y la superstición también nos llegaron enredadas en las sotanas y hábitos de esa religión profundamente brujera que fue, y todavía es, el catolicismo. No olvidemos tampoco que la sandunga y la chusmería puede que nos las hayan traído unos negros (“uf, esos negros apestosos”, según los señoritingos “cosmopolitas”), pero no venidos de África, sino de los bajos fondos sevillanos: Esa maravilla nuestra, los altivos negros curros, señores de la navaja.

En cada producto cultural cubano, de manera asombrosa, asoma algo de todas partes, de más allá, de China o África, de Estocolmo o Jalisco. Esto es lo que hace que el recién llegado se sienta siempre en casa en esta Isla. Los “yumas” una y otra vez referían con admiración ese hecho, constatado por ellos desde más o menos los 1850, de que en Cuba se encontraban más en sus propios valores que en cualquier otro lugar del mundo, incluido el Canadá, pero a la vez en un medio cultural que les era exótico.

Esto le da a la cultura cubana una fuerza absorbente pocas veces vista en la historia humana: ¿alguien se ha preguntado por qué hay gitanos en Argentina, Brasil, Méjico, Ecuador, Colombia, Chile… y no en Cuba? Quizás alguien escriba un artículo académico para explicarlo, con abundantes citas de actas, leyes de indias y hasta estadísticas de emigración, pero en realidad la respuesta es muy simple: porque en Cuba todos somos algo gitanos. Como aquí un gitano se sentía tan a sus anchas, al final terminaba por dejarse llevar por semejante cultura, por dejar transculturarse alegremente. Puedo decirlo con pleno conocimiento de causa porque entre mis ancestros los hubo, y aquí terminaron por ser absorbidos. Otro buen ejemplo es el de los “turcos”, los sefardíes que por siglos resistieron la erosión de su cultura en tierras extrañas, y que aquí, en tiempos de la república, duraban “turcos” solo hasta la siguiente generación. Pero quizás aún sea más evidente el caso de los hebreos asquenazi, que aquí aparecieron a raíz del nacional-socialismo alemán…

No nos dejemos engañar, si ahora resurgen identidades religiosas o étnicas ya absorbidas en la gran Matriz Nacional Cubana, se debe a la abismal pobreza y consiguiente empobrecimiento espiritual que a Cuba ha traído ese otro lamentable nacional-socialismo, el castrismo, al obligar a ese pícaro de siempre que es el cubano a probar lo que sea para subsistir y salir adelante.

Es de resaltar, por último, el hecho de que nunca han estado más de acuerdo los españoles… que en la Isla de Cuba. El problema no estaba primariamente en que se unificaran en el “integrismo” radical contra los cubanos (¡en Cuba los catalanes eran integristas, y quizás hasta los que más lo eran!), esto era secundario, la cuestión estaba en que aquí en Cuba vivían en medio de una cultura que se les infiltraba por los poros en cuanto dejaban a un lado, para acostarse junto a su criolla del corazón, el uniforme de voluntario, o en cuanto se olvidaban de él acodados en la barra de una bodega o en una valla de gallos. Momentos de solaz en que esa cultura-nación combatida en otros instantes les daba la impresión de ser la suya, y paradójicamente también la del otro ibérico, enemigo jurado allá en la Madre Patria.

Somos una cultura asombrosamente homogénea, y sobre todo absolutamente transculturada. Pero no ya una cultura en que sus partículas constitutivas proceden de alguna otra parte, porque hace mucho, quizás desde sus mismos inicios, hemos aportado nuestro singular punto: Somos un ajiaco, no olla podrida ni caldo de la Costa del Oro o del Marfil. No en balde usted reconoce al compatriota en cualquier parte de este anchuroso Mundo, en medio de las multitudes tokiotas o simplemente en “ese tipo dormitando en aquel banco” moscovita, a la cubana, en ese escrito que de repente encontramos en cualquier parte, y que no pudo más que haber redactado un coterráneo, en ese preciso contoneo de una cuarentona con que nos cruzamos en una acera cualquiera de una ciudad desangelada…

Somos una cultura única y bien diferenciada, claramente distinguible de cualquier otra. En todo caso imposible de definir racionalmente por estar muy viva, por ser una corriente impetuosa en que no se puede sumergirse uno más de una vez.

Estas características nos dan un poderío de resistencia incomparable, a la vez que una agresividad ofensiva en lo cultural pocas veces vista, en medio de esta carrera mundial por dejar la mayor cantidad de herencia en la futura cultura global que ahora se conforma. Nuestra situación geográfica, de archipiélago ubicado en medio de los caminos mundiales, coopera finalmente a ese fin. Somos un pueblo con una cultura tan firme que es capaz de absorber a otras más tecnificadas o sutiles, colocado precisamente en el punto central del torbellino de Mundo. Pero es que también hemos dado muestras sobradas, en nuestra historia, de tener lo necesario para convertirnos nosotros mismos en una cultura tecnificada y sutil, aunque sin perder ese toque por el que bien nos sabemos ser la cosa más grande que Dios haya pari’o sobre la Tierra: en sí no por algún exclusivismo ridículo, sino por sabernos resumen de todos los pueblos y razas, Nación abierta a todos los vientos de mundo.

No obstante, algunos factores conspiran contra ese objetivo máximo: el principal el unanimismo político impuesto por ese régimen fascista que es el castrismo como un dique a nuestro ser nacional.

Lo paradójico del asunto es que, en teoría, según el discurso de Fidel Castro, el implantó el unanimismo político para salvar a la Nación Cubana de la posible absorción cultural por los imperialismos culturales actuales. Algo absolutamente imposible, según alguien tan poco sospechoso de oposicionismo como Silvio Rodríguez, no obstante un buen cubano que ha demostrado padecer del mismo “defecto” del Comandante Guevara, la consecuencia, el carecer de pelos en la lengua y decir lo que se cree, sin importar las consecuencias (a altas horas de la noche del sábado 21 de octubre, la TV cubana transmitió por un canal de baja audiencia la entrevista en cuestión; de más está decir que no se ha vuelto a transmitir, y que la Mesa Redonda, en que tantos materiales de pésima calidad son presentados, no se lo ha propuesto ni tan siquiera).

En la práctica, sin embargo, el unanimismo político más bien ha puesto en riesgo a nuestra cultura, y la pone cada vez más en peligro, en proporción algorítmica, en la medida en que el castrismo perdura un día más.

El unanimismo político se ha asentado sobre una radical y antojadiza voluntad de delimitación cultural. Desde las alturas del poder político una pandilla de individuos herederos de lo más cerrado y antiprogresivo de lo cubano, se ha abrogado la potestad de decidir qué es lo cubano y que lo anticubano. Basándose, claro está, en el interés del régimen castrista por su estabilidad ad aeternas, y en el de sus personeros por seguir desempeñando el psicológicamente muy reconfortante papel de grandes machos alfa de la gran manada nacional.

O sea, en esencia el castrismo elaboró un discurso legitimador de su absoluta necesidad en que todo aquello que sirviera para ese fin era cubano, y lo que de una u otra manera pusiera en entredicho ese discurso, anticubano. Lo cual queda registrado en la famosa frase de Castro el Mayor, “Con la Revolución todo, contra la Revolución nada”, una definición que a medida que pasaba el tiempo se descubría más y más claramente como: “Conmigo, el Amo Supremo, todo, contra mí nada”.

Es evidente que una delimitación tan tajante, en una cultura heterodoxa de por sí como la cubana, solo podía traer su empobrecimiento radical, que es a lo que hemos asistido en los últimos casi 60 años. La cultura cubana se ha visto obligada a desprenderse de muchísimas de sus zonas más fructíferas, que contribuían en no poca medida a darle ese carácter tan absorbente, y que servían como áreas desde la que se le abría al recién llegado su rápida integración dentro de nuestra cultura. La cultura cubana ha quedado reducida así a unos bastos imaginarios de campamento en armas, que en verdad muy poco tienen para atraer a nadie de más allá de nuestras costas, y que lo único que consiguen es la admiración, y el apoyo abierto o disimulado, de aquellas otras culturas menores fuertemente militarizadas o enfrentadas por alguna razón al imperialismo norteamericano.

En este sentido la cultura cubana ha sacrificado su capacidad de resistencia y de dar batalla en la gran carrera cultural, dada en lo esencial por su extraordinaria capacidad de absorción, para convertirse en un símbolo de resistencia cultural para muchas culturas menores. Un sacrificio que en todo caso nos llevará a perecer, y no dejar ninguna o muy poca herencia detrás, en todo caso como la historia que se empeñó en caminar en una dirección equivocada.

Epílogo

Para algunos en un mundo desigual, con grandes diferencias de desarrollo y el poder cultural concentrado en un grupo de naciones centrales, como es este en que vivimos, para subsistir las culturas más débiles deben echar mano de formas políticas unanimistas. Aunque no compartimos de una manera tan simplista esa visión, ya que en primer lugar el objetivo no es subsistir, sino participar en la mayor medida posible en la futura cultura global, sin embargo, es evidente que ese no es el caso de Cuba.

En verdad si queremos que en 100 años Martí sea más influyente que Thoreau, lo primero es salvar a la nación cubana de su extinción. Para ello es necesario recuperar el pluralismo político que nos permite la firmeza de nuestra cultura, todavía hoy, a 59 años de castrismo. Aunque, por cierto, sin volver a hacer borrón y cuenta nueva. Volvamos a empezar, pero desde dónde estamos, no desde un pasado idílico que nunca existió, o que al menos ya no existe.


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