Actualizado: 20/10/2021 13:39
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Exilio

Usan las palabras de Reagan, ¿pero su política?

Es hora de colocar la política de Estados Unidos hacia Cuba en lo que Ronald Reagan habría descrito como “principios fundamentales”

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¿Cómo sería hoy la política de Ronald Reagan hacia Cuba? Nadie puede decirlo con certeza. Seguramente se opondría al comunismo, pero ¿apoyaría la prohibición de viajar y se opondría a los intercambios educativos, culturales y académicos con La Habana como hacen Marco Rubio, Mario Díaz-Balart, David Rivera e Ileana Ros-Lehtinen? En el escenario de post-Guerra Fría, vale la pena notar en que varios miembros del equipo de Reagan y muchos de los intelectuales que inspiraron su Gobierno como Milton Friedman, Dick Cheney, y el ex Secretario de Estado George Schultz han abogado por el cambio en la política de Washington hacia la Habana.

Hace 28 años, en marzo de 1983, el presidente Reagan ofreció un histórico discurso a la Asociación Nacional de Evangelistas de Orlando y llamó a la Unión Soviética, “el imperio del mal”. Las palabras de Reagan sobre el comunismo no permitían matices. Fue un “nosotros contra ellos”. La claridad de Reagan envió un mensaje significativo al ciudadano medio del mundo democrático y los muchos oprimidos tras el telón de acero.

Pero el discurso de Reagan a los evangelistas en Florida no debería ser interpretado como algo aislado de su política internacional enfocada hacia el comunismo. Lamentablemente, en lo que respecta a la política internacional hacia Cuba, los que apoyan el embargo usan las frases de Reagan para promover una versión de “realismo mágico” de lo que debería ser una política moral hacía el comunismo.

Pero no tan rápido. La moral de Reagan enfocada a la política internacional fue multifacética. Su rechazo hacia el comunismo nunca estuvo unido al concepto de aislamiento. Menos de un año después de su discurso del “imperio del mal”, Reagan usó su discurso sobre el Estado de la Unión de 1984 para contactar con el Moscú de antes de Gorbachov. En una nota conciliadora, Reagan cometió un excusable error histórico al decir que “Nuestros dos países nunca se han enfrentado entre ellos”.

La política de la Administración Reagan hacia Cuba fue compleja y diferente de la oposición ideológica al compromiso constructivo tan típico del lobby pro-embargo. Reagan fue siempre un oponente del Gobierno de Castro. Pero nunca su claridad moral le llevó a excluir las formas racionales de avanzar los intereses americanos a través de la negociación y el contacto. En 1984, Cuba y EEUU firmaron un acuerdo migratorio mientras las fuerzas militares cubanas estaban todavía en Angola y Etiopía. En diciembre de 1988, la Administración Reagan negoció una solución a los conflictos en el Cono Sur de África; Cuba, Angola y África del Sur firmaron un acuerdo de paz en Nueva York mediado por Estados Unidos. Las preocupaciones centrales de Fidel Castro, es decir, la independencia de Namibia y Angola fueron garantizadas. EEUU reclamó un papel central en el mantenimiento del equilibrio de la región, contribuyendo al fin de la guerra civil de Angola y garantizando un nuevo socio energético en Luanda. El Sur de África pudo comenzar un proceso de paz con reformas que acabaron con el apartheid.

La idea de Reagan de cambiar el comunismo a través del compromiso fue especialmente evidente en su actitud hacia las reformas de Deng en China. Durante el primer período de la Administración Reagan, Estados Unidos redefinió la República Popular China como “país amigo no alineado”. La decisión de China de renunciar a una agricultura colectiva fue vista por Reagan como un paso en la dirección correcta. Aunque Reagan era consciente de que Deng estaba interesado en “perfeccionar el comunismo a través del capitalismo”, comprendió la oportunidad que la mercantilización y la apertura suponen para la expansión de la libertad.

El mes de abril de 1984, el presidente Reagan visitó Beijing, donde quedó impresionado por la visión de Deng Xiaoping sobre la China post-Maoista. Por entonces, la tendencia hacia una economía mixta se había extendido a las ciudades. Reagan dio la bienvenida al movimiento y ofreció la ayuda de América para afrontar el programa de modernización. El comercio entre China y Estados Unidos pasó de mil millones de dólares en 1978 a cinco mil millones de dólares en 1984. Los intercambios académicos y educativos entre China y EEUU cambiaron de forma radical. En 1985, más de 10.000 chinos vinieron a estudiar a EEUU. La visita de Reagan a Beijing en 1984 finalizó con varios acuerdos bilaterales, incluyendo uno sobre cooperación nuclear.

Una política exterior basada en “principios fundamentales”

Dado que el mundo y Cuba han cambiado de forma radical, las políticas del “Gran Comunicador” de los años 80 no nos dicen mucho sobre cómo se habría enfrentado a la Cuba de hoy día. Por supuesto, Cuba no es China o la Unión Soviética, pero a la vista del éxito de la política de Reagan a la hora de promover cambios en los países comunistas mediante la participación y el apoyo a los reformistas no liberales, no sería descabellado imaginar un resucitado Reagan que alentase las iniciativas pro-mercado de Raúl Castro con la esperanza de que la reforma económica en Cuba creara la base de futuros cambios. No solo en China, también en Europa del Este, la segunda Administración Reagan siguió en esta línea.

Las políticas de Estados Unidos deben ser morales, pero no dogmáticas. La visión moral invita a los americanos a dar un ejemplo de libertades y no a socavar los valores que se predican. EEUU fue fundado en el principio de un Gobierno de mayoría con respeto hacia las minorías. Hay áreas privadas de la vida de los ciudadanos en las que el Gobierno no debe intervenir, como por ejemplo, la familia y el derecho a viajar, a menos que exista una emergencia pública.

Tristemente, la política estadounidense hacia Cuba no ha seguido esos principios. Desde el fin de la Guerra Fría, no ha habido una explicación de interés nacional para seguir complaciendo a una minoría dentro de la comunidad cubano-americana al restringir el derecho de los estadounidenses a viajar y hacer negocios en Cuba. Es cierto que el tipo de políticas vigentes limitan el flujo de capital a las arcas del Gobierno cubano. Pero ésta es solo una cara de la moneda. El sector privado de Cuba está experimentando actualmente una importante expansión que se plasmará en 1,8 millones de trabajadores a comienzos del próximo año. La prohibición de viajar limita a estos trabajadores el aprovechamiento de su potencial para la independencia del Gobierno cubano.

Las reformas en China han demostrado cómo el crecimiento del mercado puede coexistir con el totalitarismo; pero el tiempo ha probado, en Taiwan, Korea, España y muchos otros países, que esto no durará. Para ser eficientes, las economías de mercado necesitan permitir la iniciativa individual y ofrecer la garantía de la ley. Es difícil mantener la libertad económica separada de la política. La democracia nunca es inevitable, pero el crecimiento económico orientado al mercado proporciona el entorno más favorable. Como hizo Reagan con China en los años 80, Estados Unidos debería apoyar el proceso de mercantilización de la economía cubana permitiendo la inversión americana y cubano-americana y el comercio con el sector cubano emergente.

Naciones Unidas, Human Rights Watch y Amnistía Internacional consideran el embargo —la piedra angular de la política de Washington hacia Cuba— como una violación de los derechos humanos. Una visión moral sobre los regímenes no democráticos no requiere que nos aislemos de sus sociedades. Por el contrario, citar y avergonzar a los violadores de derechos humanos, y un amplio intercambio político, económico y cultural producirá resultados que son compatibles con los valores democráticos. Cumplir los derechos en Occidente contribuyó a los esfuerzos democráticos por dar forma a la discusión dentro de los países comunistas. EEUU nunca construyó un muro para impedir a sus ciudadanos viajar o establecer relaciones comerciales con Egipto o Túnez, o Polonia y Hungría durante la Guerra Fría.

El final de la Guerra Fría confirmó que la herramienta más efectiva de Estados Unidos a favor de la reforma en los países no democráticos no era su armamento ni su poder para aislar sino la libertad de los americanos y el atractivo de su forma de vida. Estos factores contribuyeron a que los comunistas perdieran la fe en su sistema. Durante décadas, los estadounidenses recorrieron la atea Plaza Roja mostrando su creencia en la libertad dada por Dios. Haciendo negocios en China o en Moscú, Leningrado y Kiev, los americanos demostraron cómo su Gobierno no puso restricciones a su deseo de viajar adonde fuera necesario.

Es hora de colocar la política de Estados Unidos hacia Cuba en lo que Ronald Reagan habría descrito como “principios fundamentales”; los valores que nos diferencian como país democrático de los comportamientos totalitarios que nos gustaría cambiar en Cuba. Los esfuerzos democráticos para conseguir una Cuba donde se respeten los derechos humanos se debilitan cada vez que se imponen las restricciones a los viajes de los ciudadanos estadounidenses. Las democracias son más eficaces cuando se mantienen fieles a sus principios.


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