Actualizado: 17/10/2017 10:31
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Pablo Milanés, Exilio, Miami

Vivir en Candonga

Librarse de Candonga es difícil. Y la barricada levantada por una zona del exilio contra las andanadas de “Yolanda” y “El breve espacio en que no estás” es ejemplar

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Vivir en Candonga no es nada fácil. Y no es la “candonga” que aparece en el Diccionario de la RAE —zalamero y astuto, con maña para huir del trabajo, maniobra de distracción para perpetrar un engaño de que va a ser objeto, burla e, incluso, “El Candonga” como heterónimo del diablo, aunque de todo eso haya su poco—. Invoco la memorable novela Vivir en Candonga (1966), de Ezequiel Vieta, que se emplaza en un sitio tan alucinante y desquiciado como nuestra ínsula.

Lo peor es que Candonga no se limita a la geografía, nos persigue dentro de los sueños, viaja con nosotros cuando visitamos a la abuelita de Miami, cuando dictamos en Upsala una conferencia sobre “Artejos de crinoideos plantónicos en el Cretácico Inferior”, o se encona durante cuarenta años de exilio. Vivir en Candonga no es fácil. Librarse de Candonga, tampoco, como lo demuestra la reciente candanga candonguera a propósito del recital de Pablo Milanés el sábado 27 de agosto en el American Airlines Arena, de Miami.

Veinte organizaciones de exiliados y ex presos políticos ya pidieron al alcalde de Miami-Dade que impida el concierto. “Pablito Milanés es (…) un emisario del Gobierno de Castro disfrazado de músico”, declaró Miguel Saavedra, presidente de Vigilia Mambisa. Nelis Rojas de Morales, secretaria general de la Coordinadora Internacional de Ex Prisioneros Políticos Cubanos, se declaró en contra del “mal llamado intercambio cultural con Cuba (…) la venida de los comunistas que manda Fidel Castro para que se introduzcan en el exilio”. Emilio Izquierdo, coordinador de Cuban American Patriots and Friends, dijo que el coliseo “es de los contribuyentes” (…) elementos contrarios a los intereses y principios democráticos no pueden usarlo (…) El concierto es una afrenta, (y) Milanés es un agente ideológico de un gobierno enemigo y patrocinador del terrorismo”, con lo que coincide Ninoska Pérez Castellón, periodista de Radio Mambí y miembro del Consejo por la Libertad de Cuba. David Rivera, representante republicano por Miami, calificó el concierto como un insulto a la comunidad cubana, y en una carta a un medio local, un exiliado calificó el evento como “la última Intifada castrista”.

Por su parte, el alcalde de Miami-Dade, Carlos Giménez, dijo rechazar la promoción de intercambios con el régimen de los Castro, pero legalmente no tiene poder para intervenir, porque el coliseo es de propiedad condal, pero administrado por Basketball Properties Limited, filial del Miami Heat.

En entrevista concedida a Sarah Moreno, de El Nuevo Herald, Pablo Milanés admite ser una de “las víctimas’’ de la represión del Gobierno cubano, que lo condenó a un año y medio en las UMAP. Aun así, se define como “revolucionario de izquierda, progresista, tolerante y capaz de escuchar todas las tendencias y respetarlas”, mantiene su fe en el socialismo e insiste en permanecer en la Isla, aunque hasta ahora ningún socialismo ha conseguido convertirse en “un sistema para reivindicar al ser humano desde todos los puntos de vista: de la economía, del amor, del espíritu, de la paz”. “Creo en el sistema, pero no en los hombres que lo hacen”.

Milanés critica “el sistema de ‘castas’ que mantiene el Gobierno, la discriminación contra los negros y la autocensura de la prensa cubana”, la manipulación de la información, y reivindica el derecho de todos los cubanos, vivan donde vivan, a entrar y salir libremente de la Isla sin que medien vetos o permisos. Asegura llevar muchos años denunciando la falta de derechos y libertades en Cuba.

En su momento, Pablo condenó la muerte del opositor Orlando Zapata Tamayo y afirma que “una persona tiene derecho a protestar y el Estado debe protegerle la vida, sea cual fuere la naturaleza de la protesta”. Por eso, cuando le pidieron que firmara la carta de los intelectuales en apoyo a los encarcelamientos de la Primavera Negra, “Fui el único que no la firmó porque no estuve de acuerdo con que los apresaran ni con que fusilaran a aquellos tres muchachos —negros, por cierto— que se robaron la lancha y no mataron a nadie”. Dice no renegar de quienes la firmaron, entre ellos muchos colegas músicos, pero cree “que debían haber tenido un papel determinante en ese momento. Hubiera sido importante que nadie firmara esa carta”.

A instancias de la periodista, explica su mensaje de apoyo y aliento a Fidel Castro en 2006 porque “era un momento de crisis, y los hombres revolucionarios en momentos como esos echan a un lado las diferencias. No podíamos permitir que por la enfermedad de Fidel Castro, el país cayera en un caos”.

Tras leer la entrevista, la señora Zoé Valdés, en “De las buenas intenciones y las correctas maneras”, se declara asqueada. Ella esperaba que Pablo confesara en público “lo que hace años viene diciendo sotto voce en su casa habanera (…) que estaba a punto de salir a manifestarse en contra del régimen por las calles de La Habana”. Ella le envió el mensaje de que si lo hacía “tendría el apoyo de buena parte del exilio”, pero el cantautor ni respondió. Por eso ya no cree en las “buenas intenciones” de Milanés, sobre todo si “van adobadas de “buenas maneras”.

En su artículo, la señora Valdés asegura que el cantautor “sigue apoyando al castrismo, y con ello se ha enriquecido (…) y puede entrar y salir de Cuba a donde él quiere, privilegio que gozan solo los cubanos autorizados por el régimen. (…) Suele ser crítico, hasta un límite. (…) el mismo tipo de crítica que le han permitido a Pedro Juan Gutiérrez, a Leonardo Padura, a Wendy Guerra (…) haciendo el paripé de una cierta crítica (…) deben entrar por un cierto aro”. Como recompensa, reciben “grandes sumas de dinero, le entregan una parte al estado castrista, y libran impuestos fuera”.

Considera que a Pablo “le han dado como tarea cantar en Miami” para contribuir a una “reconciliación entre cubanos”, que “los conciertos le han mermado en otras partes del mundo, y ve la posibilidad de ingresar un buen dinero” (a lo que ella no se opone), algo que dependerá de la taquilla, de modo que si el teatro se llena es que “el castrismo ha copado a Miami” por culpa de “la gran incapacidad de los políticos, que se la han pasado aupando a los disidentes de pacotilla, en vez de apoyar a los verdaderos artistas”.

Recuerda que “yo viví dentro de Cuba lo que muchos no han vivido”, y en lugar de nostalgia siente repulsión por aquellas experiencias. “Desde Cuba uno ve las cosas de otra manera, y desde Cuba, hace muchos años, yo también pensaba que PM era diferente” pero dictamina que “basta ya” de apoyar a quienes continúan creyendo en el comunismo. En contraste con tanta vileza castrista, la señora Valdés nos recuerda que a ella la han prohibido en Cuba, en diarios castristas de todo el mundo y en diarios del exilio, honor que comparte “con escritores de gran talla de Europa del Este”.

Ya Ezequiel Vieta advertía en su novela “del significado en consecuencia que tuvo tanto para él como para sus congéneres, para la posteridad propia chiquita que se le atribuye. Su ínclito y desusado vivir en Candonga”. Es lo que Jesús Díaz llamaba “el Fidel que todos llevamos dentro”. Librarse de Candonga es difícil. Y la barricada levantada por una zona del exilio contra las andanadas de “Yolanda” y “El breve espacio en que no estás” es ejemplar.

El primer candongazo, en la mejor retórica del diario Granma, es tildar a Pablo de “agente ideológico” al que “le han dado como tarea cantar en Miami”, “emisario del Gobierno de Castro disfrazado de músico”. Ya quisieran muchos buenos músicos andar disfrazados con cuarenta discos y piezas como “Para vivir”, “El tiempo, el implacable, el que pasó” y “Ámame como soy”. O su rescate de figuras memorables, como Miguelito Cuní, Chapotín y Kotán, los tres discos de la serie Años y los seis de la serie Filin. La libertad de opinión es sagrada, pero cuando una opinión comienza por una estupidez, la inteligencia ordena resetear el cerebro.

El segundo es un asunto de calibre y proporciones. Calificar a este concierto como “una afrenta y un insulto” al exilio cubano es, en primer lugar, monopolizar sin pruebas la perspectiva de ese exilio, a riesgo de perder el referendo de la taquilla si, como prevé el productor Hugo Cancio, presidente de Fuego Entertainment y Cuba Business Development Group Inc., quien organiza la gira de Milanés y descartó suspender el concierto, hay un lleno en el American Airlines Arena y resulta que “el castrismo ha copado a Miami”, según la tesis de Valdés. Pero es también extrapolar a todo Miami la palabra exilio. Como afirma Cancio, “Milanés no solo viene a Miami a cantar a sus hermanos cubanos, sino a sus cientos de miles de seguidores de toda América Latina”.

El tercer candongazo es el más grave. El exilio generado por una dictadura y que reivindica la democratización de la Isla exige prohibir, censurar, proscribir un concierto, olvidando que “En un país libre y democrático la manera de mostrar rechazo a una idea es protestando, lo demás son tácticas usadas por países totalitarios como Cuba”, como afirma John De León, el presidente del capítulo floridano de la American Civil Liberty Unions. ¿Qué podemos esperar de estos “demócratas” si un día se alzan en Candonga con el derecho al veto?

Por suerte, hay muchas voces disonantes. En entrevista para Wilfredo Cancio en Café Fuerte, Willy Chirino afirma que “El hecho de que (Milanés) venga a cantar aquí es lo que exige la democracia, como exige también que haya un espacio para Vigilia Mambisa protestar u otra gente obviar el concierto. (…) lo que yo quiero para la Cuba del futuro es un país donde haya espacio para todo tipo de personas y todo tipo de mentalidad política, aunque uno esté en desacuerdo con ellas; un país donde defendamos incluso el espacio para los que quieran pertenecer al partido comunista”. Aunque considera que los intercambios culturales son incompletos, pues funcionan solo desde Cuba hacia Estados Unidos, mientras muchos artistas del exilio son vetados por Cuba. Algo con lo que coincide el cantante Amaury Gutiérrez.

Por su parte, el texto de la señora Valdés es un verdadero tratado de Candonguismo Aplicado. Admite que “Desde Cuba uno ve las cosas de otra manera”, y que desde allí ella “también pensaba que PM era diferente”. Quizás porque “yo viví dentro de Cuba lo que muchos no han vivido”, y en lugar de nostalgia siente repulsión por aquellas experiencias. Supongo que se refiera a sus experiencias como directora de una publicación oficial y miembro en París de la delegación cubana ante la UNESCO. Pero ahora dictamina que “basta ya” de apoyar a quienes continúan creyendo en el comunismo. La señora Valdés dispone del “momentómetro” que indica el instante preciso en que ya no es admisible ser indulgente (con ella misma, por ejemplo) y toca ser inflexible como las mesas redondas.

No sé si la señora Valdés tiene problemas de liquidez, o con Hacienda, o si sus royalties han descendido, pero insiste una y otra vez en referirse a los artistas que ingresan “grandes sumas de dinero, le entregan una parte al estado castrista, y libran impuestos fuera” (su agente debería informarla sobre los convenios para evitar la doble tributación) y en que a Pablo “los conciertos le han mermado en otras partes del mundo, y ve la posibilidad de ingresar un buen dinero”. No soy agente de ninguno de los dos, por lo que ignoro el estado de sus finanzas, pero creo que en ningún caso el calibre de la cuenta corriente tenga que ver con esto. Y afirmar que “Pablo Milanés sigue apoyando al castrismo, y con ello se ha enriquecido”, no con su trabajo, es tan objetable como afirmar que Zoé Valdés se ha enriquecido con su anticastrismo y no con sus royalties.

Al asegurar que el cantautor “puede entrar y salir de Cuba a donde él quiere, privilegio que gozan solo los cubanos autorizados por el régimen” olvida que ella también gozó de esos privilegios y que, hasta donde sabemos si Wikileaks no nos revela algo nuevo, los preservó con un cauto silencio hasta su salida definitiva del país, sin “salir a manifestarse en contra del régimen por las calles de La Habana” como ahora exige a Pablo Milanés. La disidencia sotto voce es siempre más saludable.

De paso, arremete contra Pedro Juan Gutiérrez, Leonardo Padura, Wendy Guerra y todo el que se tercie, críticos “hasta un límite” que, “haciendo el paripé de una cierta crítica”, “deben entrar por un cierto aro”. Si no echara mano a su ficha biográfica, diría que la señora Valdés nació en París, y que desconoce que bajo un sistema totalitario como el cubano existe una enorme biodiversidad entre el esbirro orgánico y el disidente dispuesto a morir por sus ideas. Tan admirable el último como execrable el primero, entre ambos polos hay castristas convencidos o por conveniencia, simpatizantes, críticos, opositores de distinto grado, indiferentes, apolíticos, héroes y villanos. Dictar normas de conducta y grados de audacia desde la seguridad del exilio es jugar a Dama de Blanco Chanel, aunque comparta honores “con escritores de gran talla de Europa del Este”.

En su “Candonga de los colectiveros”, del famoso compositor Johann Sebastian Mastropiero, Les Luthiers cantan que “No se puede, yo lo siento, ni bajarse ni subir / Con el coche en movimiento no me gusta transigir”.

El próximo día 27 comprobaremos si ha prevalecido la música de Pablo Milanés o la letra de Vigilia Mambisa y si se cumple la noticia con que cierra su artículo la señora Valdés: que en su casa (infiero que se refiere a la casa de sus ideas) entra “quien yo quiera, y cada vez son menos”. Lo cual resulta esperanzador.


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