Actualizado: 29/11/2021 15:04
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¿Y aquellos mártires?

Cuando desaparezca la dictadura castrista, ¿qué se habrá de hacer con estos hombres que murieron en la búsqueda de una causa justa para su pueblo?

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Todas las dictaduras desaparecen. Por muchos calzos que les pongan los tiranos, por mucha propaganda que hagan sus acólitos, por mucha que sea la imagen de solidez que irradien sus detentores, caen. Se acaban. ¿Alguien sabe de alguna dictadura que haya sido eterna?

Las dictaduras estalinistas desaparecieron de  “arriba” hacia “abajo”.  No es necesario explicar el porqué de esta peculiaridad. La dictadura comunista existente en Cuba es la gran incógnita: ¿seguirá el camino de sus iguales de Europa Oriental o reventará de “abajo” hacia “arriba”, para de este modo romper con la regla? Eso es tema para los entendidos en la materia. Fidel Castro impuso el cínicamente llamado Período Especial a finales de 1990 con el propósito de mantenerse en el poder, sin tener alguna brújula que le indicara ni remotamente qué ocurriría en los años posteriores. Sólo para mantenerse en el poder, y después vería qué hacer. No ha hecho nada. No ha podido hacer nada ―nada positivo digo― simplemente porque ha mantenido a la fuerza un sistema político y económico dictatorial, que ya había demostrado su ineficacia en los países en donde antes existió. El Período Especial es la etapa de mayor penuria que ha sufrido el pueblo cubano en toda su historia. Fidel Castro lo sabe, como sabe que el régimen aún imperante en Cuba no funciona. No ha funcionado nunca. Pero Castro ha persistido. ¿Por qué? Esa respuesta se las dejo a los entendidos en el tema.

En el barrio marginal en donde me crié, El Condado ―barrio que hoy, gracias a la revolución socialista, es aún más marginal, puesto que ha crecido tanto en territorio como en el estado de cosas propio de lo marginal―, allá en Santa Clara, entre los años 55 y 58 eran no pocos los  revolucionarios; así les llamaban entonces a quienes militaban o ayudaban al Movimiento 26 de Julio, compuesto en este caso por los llamados luchadores del “llano” o del “clandestinaje”. Yo era un niño. Éramos un grupo de niños que simpatizábamos con los “grandes” ―que tendrían 18, 20, 25, 30 años de edad― revolucionarios que conocíamos. Y que muchos en el barrio, también de los “grandes”, conocían, sabían quiénes eran, y nadie los delataba ante los esbirros de Fulgencio Batista.

Mi padre, desde que yo era niño, abogaba por enfrentarme a la “realidad de la vida”. Frente a la realidad más cruda si era posible. Así, vi, muertos ―es decir, asesinados― a varios de los amigos “grandes”. Manuel Mantecadito apareció muerto en el rústico terreno de pelota que nosotros mismos habíamos trazado y limpiado. Tenía Mantecadito varios balazos en el pecho, que habían hecho chorrear de sangre la camisa blanca de cuadros azules que llevaba. Cuando llegamos a verlo las moscas se le metían en la boca y volaban alrededor de las heridas y sus ojos aún estaban abiertos. Un sobrino de él lloraba en gritos, “ay tiíto, te han matado”, repetía tomando las manos del muerto. A los Jimaguas, que eran dependientes de una tienda de ropa, los tiraron cerca del lugar antes dicho: tenían balazos aun en la cara y ―en esto yo no me fijé― las uñas arrancadas, según comentaba un grupo que venía junto a nosotros de regreso del “hallazgo”. Tanto Manuel, como posteriormente los Jimaguas, permanecieron, muertos, todo el día bajo el sol, hasta que se los llevaron no sé quiénes ni adónde.

En la Huelga del 9 de Abril de 1958 ―tal vez una de las masacres más infructíferas que haya ocurrido en Cuba― perdimos a nuestro amigo grande Miñolo o Niñolo ―hoy no puedo recordar con exactitud cómo le decíamos. Fuimos a verlo: estaba tirado en la calle Pastora, tenía más agujeros de bala que los que podrían caber en un cuerpo, y las ropas destrozadas. Sus ojos aún estaban abiertos. Otro de nuestros amigos, Mauricio el panadero, según nos dijeron logró escapar, pero herido. Dicen que luego murió sabana afuera. No puedo afirmarlo.

De aquel barrio de mi niñez era también Chichí Padrón, quien pereció en desigual combate contra el Ejército de la dictadura batistiana.

El boxeador Eduardo García, Bayoya, frecuentaba el barrio, no sé si vivía en él, pero lo conocíamos. Bayoya participó en la Huelga del 9 de Abril, logró escapar de la persecución pero posteriormente fue capturado y lo mataron el día 17; su cadáver fue hallado, carbonizado, en las afueras de Santa Clara.

Todos los hombres antes citados eran pobres. Que yo sepa ninguno era comunista. Todos, no hay que ser un genio para deducirlo, lucharon y murieron por el bienestar de una sociedad más justa, de una Cuba democrática, sin el yugo de una dictadura. Por una Cuba en la cual  la participación de todos los factores sociales obrara en pro del desarrollo.

La lucha revolucionaria de aquellos años, se afirma, costó la vida a veinte mil personas. Marcelo Salado, Frank y Josué País, Sergio y Luis Saiz, René Ramos Latour, Agustín Gómez Lubián, Juan Oscar Alvarado, José Antonio Echeverría, y tantos otros,  no dieron sus vidas para el establecimiento de una dictadura en Cuba. Tampoco consta que los más humildes de los miembros del Ejército Rebelde que cayeron en las montañas tuviesen esa premisa.

Estos hombres fueron traicionados dos veces. Primero, cuando Fidel Castro declaró la dictadura comunista en 1961 y, segundo, cuando con sus nombres fueron bautizados parques, fábricas, empresas comunistas o cuando fueron objeto de monumentos, tarjas, estatuas que los perpetuaran.

Bien, a lo que iba. Cuando desaparezca la dictadura castrista, ¿qué se habrá de hacer con estos hombres que murieron en la búsqueda de una causa justa para su pueblo? ¿Serán borrados del martirologio de la Isla?, ¿sería justo que así fuera si tomamos en cuenta lo antes dicho; y si así fuera, no estaríamos traicionándolos por tercera vez?, ¿y por cuarta, en caso de que no sean conservados como mártires de la patria, justamente igual que los mártires anticastristas que luego, después de 1959 y hasta hoy, han sido muertos de una forma u otra a manos de la dictadura comunista?

En otras palabras: en mi opinión, tanta veneración merecen aquellos hombres y mujeres que murieron por la libertad de Cuba durante la insurrección revolucionaria, y que posteriormente fueron traicionados; como los hombres y mujeres que luego dieron sus vidas combatiendo a la tiranía que traicionara a los primeros.

Yo no veré el final… Ni el Principio. Les dejo esa tarea.



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