Actualizado: 18/10/2017 20:02
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Cuba, Turismo, EEUU

¿Y los trabajadores qué?

Hay un actor del que The New York Times no dice una palabra y cuya voz, de ser auténtica pondría, la nota de discordancia en medio de tantos y tan acelerados cambios: el proletariado

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Bajo el título Lift the Cuba Travel Ban, The New York Times publicó un editorial el 21 de junio, en que solicita que se faciliten los viajes de norteamericanos a Cuba. Lo hizo evocando la paradoja de ciudades como Jartum, Teherán, Damasco o Pyongyang, que si bien no resultan populares como destinos turísticos, pueden ser visitadas por los estadounidenses sin que éstos violen la ley federal.

Pero las cosas con respecto a Cuba están por cambiar, si tomamos en cuenta lo que se nos cuenta en el artículo sobre un proyecto de ley presentado a principios de este año por un grupo bipartidista de senadores, quienes buscan derogar la prohibición de viajar a la Isla. Se estaría rescindiendo así las disposiciones de leyes aprobadas en 1996 y 2000 que servían a la estrategia de castigar y aislar a Cuba, con la esperanza de lograr un cambio democrático en ese país.

La nueva consideración, que evidentemente respalda la prestigiosa publicación norteamericana, es la de que un mayor flujo de personas, bienes e ideas conduciría de manera mas probable a reformas significativas en la Isla. El proyecto de ley habría sido presentado por los senadores Jeff Flake, republicano de Arizona, y Patrick Leahy, demócrata de Vermont y contaría con 43 copatrocinadores. Por el momento los senadores de Nueva York, Kirsten Gillibrand y Charles Schumer, no lo han firmado, pero sus oficinas, ya declararon que lo harán próximamente.

Todo esto ocurre en víspera de la conciliación de visiones que tendrán que hacer en las próximas semanas, el Senado y la Cámara legisladores de Estados Unidos sobre sus visiones de la política hacia Cuba, ya que se tienen que negociar la factura anual de la ayuda exterior. Según el editorial, la Cámara ha destinado $30 millones para programas prodemocracia, lo que significarían $10 millones más que lo que el gobierno de Obama solicitó para tales fines. Se trata de una imprudencia, considera el NYT, y recuerda que desde 2009 el Departamento de Estado ha logrado aprobar solo $66,5 millones de los más de $114 millones que el Congreso había reservado para fomentar las reformas democráticas en Cuba, tarea difícil de implementar dado el hecho de que tales programas son considerados como ilegales por el gobierno isleño.

El editorial considera que si bien vale la pena impulsar reformas democráticas, y respaldar a los disidentes, EEUU podría tener un mayor impacto apoyando a los empresarios cubanos, evitando sanciones, como las del proyecto de ley de ayuda exterior presentado a la Cámara, que prohíbe “tontamente” el uso de fondos para ayudar a crecer el sector privado de Cuba, así como suprimiendo las limitaciones impuestas a las transacciones bancarias de los cubanos, las cuales les dificultan el poder hacer negocios con la comunidad internacional.

A contra corriente de la situación descrita se encontrarían empresas estadounidenses como Google, y el servicio de casa de alquiler Airbnb, las que ya están presentes en el mercado cubano, estarían proporcionando a los cubanos de a pie con información y oportunidades que no estaban disponibles. Así mismo existen cubanoamericanos que encuentran cada vez más formas de invertir y reavivar sus conexiones, en la Isla informa el editorial a sus lectores.

En términos generales el New York Times está defendiendo la actualización de políticas entre EEUU y su pequeña vecina caribeña, que para espanto y sorpresa de buena parte de la izquierda continental están llevando, mano a mano, Obama y Raúl Castro. Se trata de la consumación del matrimonio, largamente postergado, entre el capitalismo más o menos de mercado que todavía pervive en EEUU y su primo menor, el capitalismo de Estado cubano; en esta tarea la función de los bancos y empresarios de un lado y otro parece ser fundamental. Frente a ellos existen un actor del que el New York Times no dice una palabra y cuya voz, de ser auténtica pondría, la nota de discordancia en medio de tantos y tan acelerados cambios; me refiero al movimiento sindical, (norteamericano, cubano e internacional); el encargado, en teoría, de proteger al sector que siendo mayoritario en la población, carece de protagonismo en la transacción, el más olvidado, tanto en la retórica, como en la práctica de la nueva política cubana: el proletariado.


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