La columna de Ramón
Carta a Agustín Parla Orduña
Volátil, audaz y pilotero Agustín Parla Orduña:
Nunca ha sido fácil ser un pionero. En mi época no resultaba muy complicado, pero luego se encargaban constantemente de recordarte tu condición sacrificada, atormentadora, y terminaba uno deprimido por la eterna dolencia cerebral del guía que te tocara.
Y no es que los guías de pionero te tocaran. Todos padecían de una migraña feroz y musical, según la letanía clásica de acampadas y viajes, que decía, más o menos: "A mi guía, a mi guía, le duele la cabeza,/ el médico le manda una corbata negra", con lo que se lograba poner a los niños de condición pioneril al borde de un derrame cerebral por dos complicadísimas contradicciones: o el médico era un imbécil brillante o no se había enterado que las corbatas desaparecieron.
Usted tuvo otra suerte. Fue pionero de otra manera, sin mucho soviet en el ala, por eso se libró de intentar alcanzar la gloria de aquel paladín estalinista que denunciara a su propio padre y este, equivocándose en la noción de propiedad privada, lo hizo gandinga de chivo ucraniano por su precocidad chivateril, y el gobierno férreo del Pepe metálico elevó luego al infante al altar comunista. Un hijo es como la tierra, de quien lo trabaja, y los gobiernos de esa tendencia le labran y siembran con más entusiasmo que la propia familia, a la que dejan de pertenecer. Así que nadie le pidió a usted convertirse en soplón filial, y pudo de esa manera volar libremente a su albedrío, que no he descubierto para qué lado tira.
Déjeme presentarlo de otro modo, que si no seguiré chapoleteando, sacando sancochos mentales, irradiaciones odiosas de mi etapa primaria, junto a hogueras inútiles, en el inicio de una labranza cerebral que ha hecho de mi un perfecto inútil en este mundo de créditos y débitos. Su nombre brilla en el firmamento de la Isla porque fue el primer cubano en lograr lo que ahora es un lugar común: estar en el aire, que es como decir que fue el primer aviador en nuestra historia terrenal.
Corro un gran riesgo diciéndolo de ese modo. En el aire, lo que se llama tener las patas por encima del surco, solamente un grupo selecto y muy anterior, comenzando por el archiconocido Matías Pérez, doblando hacia el noreste con Domingo Blino y abriendo paso a todo un largo pelotón de ahorcados, que si bien no volaron, ni lo hicieron en su mayor parte por voluntad propia, clasifican como hombres ligeramente aéreos, aunque, si queremos rigor, se acercan más a lo arbóreo. Y mezcló todo eso porque al final resultó usted un experto en dos materias: la aviación y el suicidio, aunque lo primero lo practicó poco, por la incomprensión gubernamental, y lo segundo lo ejerció una sola y definitiva vez. Esa es una materia en la que no se suele repetir, ni hay segundas vueltas. Casi nadie se pega un tiro en la sien y luego tiene ánimo para envenenarse.
Había nacido en Cayo Hueso, el 11 de octubre de 1887, en plena temporada ciclónica, lo que pudiera explicar su tendencia a la ventolera, y a volverse un cayo hueso duro de roer. Sus padres, emigrantes, habían colaborado con Martí, que es otra señal para que el cuerpo se eleve y le huya al fanguero terrestre. De modo que en la segunda década del siglo XX, se convirtió en el primer alumno cubano en graduarse del curso de la Escuela de Aviación Curtiss de La Florida, en uno de aquellos aparatos que andaban entre la carretilla y la chiringa.
El 9 de febrero de 1912 fue declarado vanguardia por el piloto norteamericano Charles Witner, su instructor, cuando realizó su primer vuelo. Yo no tuve instructores en mi primer vuele, y no conservo diplomas ni imágenes claras, solamente nociones y palpitaciones. En cambio, usted tuvo la oportunidad de hacerlo como estaba escrito en los manuales, que eran de reciente factura, como de la semana anterior, porque en esa época se estaba inventando todo a la carrera.
Otra ventaja a su favor fue que entonces no habían muchas trabas para aprender a volar, ni se ponían suspicaces con ello. No era cosa de que un funcionario sospechara que quería ser piloto para irse del país, ni tenía que jurar que lo hacía para combatir al enemigo. Simplemente le salía del mondongo hacerlo y no importaba que en su casa se hablara mal del gobierno.
No sabemos si su vocación se despertó temprano o todo vino por su carácter aventurero. Hay gente que se enrola en cosas tremendas solamente por escapar de una mala familia, o porque la única opción de trabajo es de sepulturero en la Necrópolis de Colón. Hay momentos en que a uno le da lo mismo ser piloto que constructor en el Nepal. Y, en siendo pionero en la materia, tampoco existían los prejuicios que luego vinieron a empañar ciertas cosas.
Nunca he entendido la discriminación que ahora mismo existe entre pilotos y músicos, y eso que ambos andan por las nubes. He visto como excluyen de la radiodifusión a un cantante, sólo porque alguien ha dicho que es un cantante comercial. Sin embargo, se puede ser piloto comercial y hasta ganar un buen sueldo, y a nadie se le ocurre atribuirle su trabajo como un defecto.
Tampoco importó que usted se hubiera buscado enchufes para estudiar la carrera, y menos que lo lograra jineteando a un par de americanos, los aviadores Mac' Curdy y Charles Walsh, de quienes fuera supuestamente traductor de inglés cuando trabajaba en el hotel Perla de Cuba. Le imagino callejeando con los dos yumas por aquellas calles empedradas, limpias, abiertas de bar en bar, metiendo Mac' Curda con Mac' Curdy, y escuchando sus cuentos volátiles.
No me extraña que se ofreciera de voluntario para volar con Walsh en una de sus demostraciones en La Habana. Simplemente se trepó a su chivichana alada y demostró templanza, valor, paciencia y conocimientos del inglés, idioma de vital importancia en las alturas, aunque en momentos difíciles, de máxima tensión y peligro, alivia más un "coño, esto se jodió", que un "oh, my god".
Su historia no abunda en datos. Parece que todo se convirtió en rutina: Parla se trepa, arranca, vuela y aterriza. Algo parecido a un cachumbambé o la descripción de la popularidad de un político: parriba, pabajo, parriba y pabajo. Un día en el piso y otro muy elevado. Y siempre recordándole a los mamelucos insulares que le echaran semillas a las maracas, que usted tenía el uno. Mas no fue tan fácil la arrancada.
Tres meses después de aquel vuelo y del curso, las cosas no tomaron el curso esperado —el que tomaba mucho era Mac' Curdy— y regresó a Cubita con su licencia de aviador bajo el brazo sin encontrar trabajo. Es lógico, todo estaba en pañales. Aunque no es tan grave como que un boliviano retorne a Santa Cruz de la Sierra graduado de náutica, y con aspirantura a Contralmirante. Lo tiran a mondongo, y para sobrevivir, tal vez se tenga que poner a hacer cabotaje en el lago Titicaca.
En 1913 su historia se puso buena. Consiguió su propio aparato, un desvencijado hidroavión, gracias a rifas, campañas y colectas de amigos y admiradores. He de explicar que un hidroavión no es un tareco que funciona con agua, aunque se han hecho muchísimos intentos de que así sea, sin muchos resultados.
Tampoco es cierta la teoría de que los cubanos estamos más aptos para la Aviación sólo por consumir huevos y carne de puerco. Tener el colesterol en las nubes no nos convierte en pilotos. Es innegable que estar desinformados y con el colesterol en la estratosfera se anda como en el aire. El equívoco se ha reforzado por las estadísticas. Las encuestas practicadas arrojan que uno de cada dos cubanos ha manifestado —en secreto, eso sí— su deseo de "volar de allí, o irse a casa del carajo".
Ese año, y siendo 19 de mayo —no olvidar lo martiana que era su familia—, se lanzó a conquistar la ruta Cayo Hueso-La Habana, para ganar un concurso del Ayuntamiento capitalino, que ofrecía 10 mil toletes contantes y sonantes al piloto que primero lo hiciera en menos tiempo. Nada, lo siento. Falló por coquito, pero se insertó en el corazón del populacho haciendo las cosas a lo cubano.
A un cubano no le importa que las cosas salgan bien, sino cómo se hacen. Juantorena llegó con el corazón en la mano y los mártires de Granada se inmolaron envueltos en una bandera, con lo cortico que es ese trapo. La onda es el envoltorio, el ingrediente curujey que le añada, que a la gente no le importan tanto los resultados como que lo haga con bravuconería, a lo cowboy, aunque se despetronque en el intento.
Las condiciones del tiempo tuvieron mucho que ver, pero así y todo usted dijo: "allá voy", y se lanzó Parla con una brujulita de bolsillo, nada profesional, que con el traqueteo de aquella catana le fue indicando otra cosa y casi aterriza entre los esquimales. Menos esquimal que divisó las costas de la Isla y luego declaró que lo salvaron las palmas, las palmas deliciosas —que también las hay en La Florida o en Puerto Rico—, y cayó de fly a cincuenta kilómetros de lo previsto, y sorprendió a los habaneros entrando por el lugar que no esperaban. Suerte la suya con las palmas, que no eran Las Palmas de Gran Canaria. Esas maticas han salvado a muchos en este mundo, empezando por el ganado porcino, que en ellas tiene corral y proteínas.
También le debemos otras proezas, como la primera foto aérea de la capital, que algún día servirá para reconstruirla, cuando desaparezca el piloto que nos tiene suspendidos en su cosmos, y nadie se explica muy bien cosmos ha sido. Un sátiro que se cree céfiro.
Pero usted no agarró este despelote, que tiene ligerísimas cosas buenas como el deshonor. Usted se quedó sin trabajo, sin cargo ni el sello de correos que le habían prometido sacar, y se fue para la casa y se voló —nunca mejor dicho— el baúl de los recuerdos. Con lo fácil que le hubiera sido ahora cambiar de profesión y hacerse artesano, marinero en tierra, vendiendo pulsos, aretes, cabezas de nigromantes o sandalias. Tal vez, con su valor y su experiencia en las alturas hasta dirigiría una empresa de cosas inútiles pero decorativas.
Nada, Parla, que no ligo el parle, y años más tarde viene otro aguerrido piloto como yo a sacarlo de su nimbo aerostatito, porque mi larga experiencia con pilotos me lo permite. No sabe cuántos años dediqué al pilotaje, de piloto en piloto, hasta caer en tierra firme. Será por eso que siempre miro al cielo. No sé si es esperándolo a usted o para ver el rastro de Superman, porque el del superman ya lo dejé en aquel islote donde lo enterraron el 31 de julio de 1946.
Con las hélices oxidadas,
Ramón
© cubaencuentro
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