La Columna de Ramón
Carta a Conrado Massaguer
La vida sería incompleta sin el sentido del humor, que es, entre los cinco sentidos, como el sexto, y allí lo mandan muy a menudo los mandatarios.
Estampario y caricaturizario Conrado Walter Massaguer:
El humor no lo es todo en la vida. También están la burlita, la chacota, los planes quinquenales, los grupos electrógenos, el sarcasmo, la ironía, la puya, el ridículo, los discursos del mulato venezolano de camisa punzó, la parodia —que es casi lo mismo que los discursos del gordito venezolano de tez barrosa y camisa punzó—, la sátira, la trompetilla, la caricatura y los gestos del obeso e imparable hablador venezolano de tez morena, cara de torta y camisa punzó.
Pero la vida sería incompleta sin el sentido del humor, que es, entre los cinco sentidos, como el sexto, y allí lo mandan muy a menudo los mandatarios, porque carecen de él, o saben su poder. Por suerte el humor se alimenta de otras cosas, y a veces, hasta alimenta. Vive libre, independiente, y sobrevive hasta en los velorios modernos, cuando ya no está en el programa.
Hay humor en las hojas de los árboles, en una puesta de sol, en las heridas de los héroes —si no se atienden a tiempo—, en las palabras y en los sueños. Por mucho que se esfuercen los científicos, jamás han podido separar al humor de la vida, que está llena de ironías. Si le sarcasmo la ironía a la vida se convierte en caricatura.
Todo eso lo sabía usted allá en su ciudad de Cárdenas natal, o su natal ciudad de Cárdenas, porque vino a nacer en medio de un carnaval. Fue en 1889, y vino a morirse en medio de otro, que ya dejaba de ser alegre, cuando eran más importantes los tanques que las carrozas, en la ciudad de La Habana de 1965, mientras María Caracoles bailaba su Mozambique con ariques y el perico amenazaba con llorar desde los cueros de las tumbadoras.
Tal vez ni cuenta se dio. Estaría feliz de que una caricatura suya, de Charles Chaplin, fue la primera que transmitió la televisión mundial, desde la Columbia Broadcasting Station, en 1932. Luego llegó otro cómico, para desgracia menos silente, o para decirlo mejor: nada silente, y le quitó los zapatones a la gente.
Si usted se pone a ver la historia patria en el siglo XX, todo anda relacionado con la columbia, que es el baile más lento y triste del complejo de la rumba. El Colombiano Mayor —el cómico de quien le hablo, imitado a la desperfección por el moreno cara de papa de la camisa punzó— entró en escena porque otro se había instalado a la fuerza precisamente en un cuartel llamado Columbia. Lo derrotó —dice él en todos sus monólocos— y convirtió aquello en Ciudad Libertad, que es la única libertad que quedó en la ciudad, en uno de sus peores chistes, o al menos de los más memorables.
Y ya instalado en el poder tuvo sus devaneos con el cuartel de Medellín, porque todo lo que sea Medellín o medallón le priva. Y Medellín está en Columbia, si uno se mete tres tragos y lo dice en latín estropajoso. Mas eso es historia reciente. Cuando la historia se convierte en histeria uno saca los dientes, si no de risa, de espasmos, que también lleva su humor, o su mal humor.
A esa altura del campeonato, de seguro que a usted la caricatura le daba lo mismo, si había hecho más de 28 mil, incluyendo la mejor caricatura personal hecha a George Clemenceau, el presidente del Consejo de Estado de Francia, allá por los alegres y guerreristas años cuarenta. Inició así —o la continuó— una tradición imparable de libertad artística: dibujar con gracia a los mandatarios extranjeros enemigos.
Si usted viera ahora con qué libertad los caricaturistas cubanos caricaturizan a los mandantes americanos, aplaudiría con ardorosa efusividad. No ha habido presidente yanqui que no haya tenido más de cien versiones cagalitrosamente cómicas en la prensa del país, la misma prensa que usted se dedicó a diversificar pero que luego, por el asedio enemigo y la falta de papel, pasó a manos del Estado, para no andar consumiendo más de la cuenta, sino educarnos en lo que científicamente se denomina "el consumo viable", que es como lo que te den, lo que decidan y lo que le salga a los esforzados mamelucos estatales de su gandinga.
Pensar que usted se dio a conocer en las páginas del periódico La Discusión, a los diecinueve años, me deprime un poco, porque en la actualidad esa necesaria faceta del ser humano desapareció sin discutirse. En la Isla no quedó discusión posible a no ser de pelota, como para que el cubano no se vuele y le suba la presión. Con humoristas tan grandes y finos como usted, toda la posterioridad —que así le llaman a los desastres que vienen después de otro desastre— es una comedia.
No imagina cómo nos reímos cada día, y hemos aprendido —¿o es tradición?— a sacarle lascas a cualquier cosa. Son las únicas lascas de algo que podemos sacar. Gracias a Dios los científicos ligeramente socialistas han descubierto que la risa alimenta, así que reímos a mandíbula combatiente para que le caiga algo grasoso a la paila.
Su obra más conocida, la que fue reproducida en todos los periódicos de la época, se titulaba "El doblenueve", durante la Segunda Guerra Mundial. Déjeme decirle que como está el mundo ahora mismo —le mencioné al orador de cara mofletuda y camisa pinzó, pero no le he contado de Pow Wow el gasificador andino— no hubiera sido posible su dibujito con tantos mandatarios alrededor de una mesa con fichas. Y menos en su ciudad natal. Y qué digo su ciudad natal, en la Isla también sería un delirio pues allí el juego se trancó, se cerró con fichas por iniciativa del Gran Cómico Mayor, que es un bota gorda impresionante.
El descubrió —¿Qué las minas del Rey Salomón están en el cielo?— que la palabra ardorosa y el empuja empuja manifestante es el verdadero ocio de los pueblos. Y si a ese ocio le pone pulóveres coloraos o con rostros de sanacos, y de ñapa coloca estratégicamente varias pipas de rubia cerveza, el éxito de la tabarra está garantizado. No hay revolucionario que se resista al láguer.
Nada de eso sucedía en su época esplendorosa. Es cierto que entonces los políticos eran unos ñames con corbata, y hasta mangoneaban y arreglaban elecciones y había una invasión horrible de pasquines. Que eso también fue un poco culpa suya, que supo llevar la gráfica a la política y le metió a los pasquines, para que años más tarde de su despedida caricaturesca, llegáramos cómicamente a los peskines, que nos alumbran.
No sé si siendo director de revistas varias como Cinelandia, La Chispa, Gráficos, Social y Carteles, tenía usted que reunirse con mascachapas orientarios y desorientados que le decían lo que podía o no ir en la tripa, para que usted llenara su triste tripa. Ahora pasa. Debe ser que el mundo ha cambiado y el dominó no es cómo antes desde que el Gran Cómico nos dominó —el mismo que ha instaurado el doble blanco como ficha nacional— y desapareció los agujeritos.
Ninguna referencia tengo de que le hayan acusado de estar asalariado del gobierno extranjero o mafia alguna por haberle metido al art noveau, que era un arte entre francés y catalán. Y usted, como descendiente de catalanes, como que llevaba en la sangre esos retorcimientos de imagen un poco gaudianos. Será por eso que la crítica —artística, que la otra es imposible— dice que usted tenía un decorativismo tremendo, y que su obra estaba llena de precisión y finura, así que en el diseño de Alamar se hubiera quedado sin trabajo. Y también le consideran uno de los "Padres risueños" de la caricatura en Cuba. Si se le acerca un policía, intente esconder la risita, porque le preguntarán a qué viene esa risueñería.
Volviendo a "El doblenueve" —favor no confundir con el sesenta y nueve, y mucho menos con el sesenta y ocho, que es más político que sexual, y mucho menos con el setenta, que huele a caña quemá—, estoy en absoluto desacuerdo con la tesis de mi amigo Enigberto, que dice que desde que Mikoyán pasó por la Isla se jeringó el juego. Eso es inocente e infantil. El germen de todo lo malo entró a la Universidad a finales de los cuarenta. Venía de Birán. Hay que quejarse por lo bueno que estaba el transporte en aquellos momentos.
Y para dejarle disfrutar en paz de sus delineamientos mortuorios y eternos: también afirman que usted marcó pautas. Debe ser en lo referente al dibujo humorístico, porque ahora hay pautas en todos lados. Las calles están repletas de jóvenes pautas, que ahora reciben el nombre ecuestre de jineteras. Y en las oficinas del gobierno solamente trabajan hijos de pautas.
Con el massaguer muy aconrado,
Ramón
© cubaencuentro
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