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La columna de Ramón

Carta a Manuel Muñoz Cedeño

Enjuto y musical bayamés Manuel Muñoz Cedeño:

En la única foto suya que he visto tiene usted cara de haber chupado grosellas. Puede que no, sino que algo le había caído mal, el colonialismo español, por ejemplo. Tal vez era usted asi y no acababa de tomarse un jugo de tamarindo. Un jugo de tamarindo, sin hielo, provoca unas expresiones terribles, y que yo sepa, la primera fábrica de hielo de Bayamo se abrió mucho mas tarde.

Es posible que haya sido un error del fotógrafo, o que en la ocasión de marras hubiera usted tenido un mal día. En el siglo XIX la gente se tiraba una sola foto, sin pensar que pasaría a la eternidad con esa jeta. No había preparación previa, ni ensayos, ni ejercicios faciales. Si hacía calor uno quedaba con cara de calor, y si el almuerzo resultaba pesado o las libaciones copiosas, se plasmaban en el daguerrotipo, y luego no era posible retocar la plancha. Lo que no tiene discusión, ni permite elucubraciones, y que es palpable de una sola ojeada en ese valioso testimonio gráfico, es que tenía sangre africana y española, y se le nota que había nacido en la calle Mercaderes, el primero de enero de 1813.

Vino al mundo —que es un absurdo, porque nació en Bayamo, que en ese momento venia siendo como el ano del universo— en una casa colonial, situada justamente al lado de aquella fábrica de próceres donde nacieron Tristán de Jesús Medina y Carlos Manuel de Céspedes. Ya no se fabrican casas coloniales, pero en el siglo XIX estaban de moda. Ahora a cualquier cosa le dicen casa, sin tener en cuenta que ahí tiene que vivir una familia.

La suya era humilde, que es como se denomina cuando uno vive al día y no sobrepasa el salario básico. Cuando la familia cumple esas condiciones, los vástagos suelen resultar unos bandidos. La suya tenía otra característica: era honrada; y en siendo así, les salió usted distinto. Los nacidos en familias humildes pero honradas, terminan siendo albañiles y maestros de obras.

A pesar de que a nadie se le ha ocurrido escribir su biografía, encontré algunas notas sobre su persona. En una dice que "desde joven se inclina con mucho amor por la música". Supongo que inclinarse de esa manera termine en seria escoliosis, o en una deformación lumbar. Yo creo que se inclinó correctamente y no para dejar de construir casas coloniales, que llevaban un trabajo tremendo. Viendo los resultados posteriores, fue un amor verdadero por el pentagrama, a pesar de que algunos puedan pensar que a Bayamo lo quemaron los insurrectos para que se fuera usted con la música a otra parte, teniendo en cuenta que su casa fue de las primeras que ardió.

Cuando ya se sintió fuerte —y decididamente inclinado— en lo musical, le dio por fundar una orquesta de música culta, sacra y popular. No nos ha llegado ningún disco, y mucho menos el nombre de su agrupación. No puedo imaginar que la llamara "Cedeño y sus Sacros", aunque en este mundo ya se ha visto de todo.

Tampoco sobrevivió a aquel incendio ningún programa que anunciara sus actuaciones. Mi mente bayamesa y calenturienta echa a volar poniendo cartelitos que digan: "A bailar y a gozar con sabrosa música sacra", o "Eche un pie con Cedeño, que Bayamo está que arde", o quizá "Sacra a tu mujer el sábado a bailar con Cedeño y sus muchachos". Dada su inclinación y escoliosis, sería más sobrio poner este: "Muñoz Cedeño: concierto sacro-lumbar".

A su esfuerzo ayudó ser vecino del Padre de la Patria. Uno vive pegado a un eminente cubano y se empeña en no quedar muy por debajo. Fíjese que se ha hecho común eso de "a la sombra de un gran hombre", o "a la vera de un prócer". A la larga resulta molesto tener un prócer pared con pared, pero hay gente que no lo ve así.

Por otra parte, a los hombres eminentes les viene de perilla —y Carlos Manuel usaba una— tener tan a mano a un músico. El día que creen estar inspirados, lo llaman con urgencia, lo llenan de lisonjas —no hay nada más difícil de quitar que una lisonja pegada al cuerpo— y le convencen de su grandeza y de la necesidad de que colaboren para que la eternidad se entere de sus chispazos de genialidad. Y etc, etc, etc —no hay nada más corrosivo y difícil de despegar que una etcétera—.

Así sucedió con La Bayamesa, que instrumentó para que Céspedes y Fornaris, se colaran en nuestro acervo autoral como dúo trovadoresco. Pero un prócer no está para ese tropelaje del mundo artístico. Sobre todo si luego será presidente de una República en Armas, anda dando sablazos a diestra y siniestra, y lo primero que se le ocurre es meter congóleri desencadenando mandingas.

Uno desata a un mandinga y después gasta mucho en pestillos, candados y trancas para puertas y ventanas. Así que el binomio autoral no se fornarizó, y quedó para una serenata junto al balcón de Luz Vázquez, que en aquel tiempo era una ventana —el balcón, Luz Vázquez estaba como plátano para sinsonte—, pues Bayamo era tan chiquito que a cualquier cosa un poco por encima de la cintura se le llamaba balcón o terraza.

Es posible que ahí le comenzara a usted el rictus amargo y la cara de estreñimiento que le encontré yo ahora en la foto. Me huelo que no le pagaron la instrumentación. Los próceres padecen de amnesia económica y creen que los artistas están ahí para servirles, o que estan vivos gracias a ellos, y les entra como una suspicacia en la piel, que lo que antes les parecía divertido se convierte en peligrosísimo.

La vida me ha dardo la ración a golpe de cerbatana. He aprendido a vivir lejos de próceres, gente eminente y futuros grandes hombres. Cuando me huelo que uno de ellos está a punto de dejar la crisálida, busco una salida urgente y me alejo lo más carpentier que puedo. Esa sombra es fatal. Como arrimarse a una mata de guao.

Pero usted era un modesto músico de pueblo. Y los músicos pueblerinos que, además de buscarse los frijoles con la iglesia sin que les den de hostias, suelen andar por ahí engendrando prole numerosa, no tienen mucho tiempo para andanzas patrióticas ni conspiraciones —un trabajador de la semicorchea agarra más rápido un constipado que una conspiración—.

Sin embargo —que es como desbloquearse— y a pesar de traer 17 hijos de 5 mujeres diferentes a este mundo, tuvo tiempo unos años más adelante de agregarle otra importante raya al tigre y una muesca en la culata de su colt: le puso sandunga heroica al Himno de Bayamo, que iba a entrar en el hit parade de la patria para convertirse, por decreto y todo, en el Himno Nacional.

Es hermoso pasar a la historia con una cosa así. Pocos lo han logrado. Debe ser un alivio saber que millones de personas creen pertenecer a un país cantando una cosita que les resulta familiar, aunque la mayoría le cambie los versos. Y da mucho más mérito no siendo un bolero, ni un son sabrosón, sino algo que tiene a los bayameses corriendo de aquí para allá hace siglo y medio, metiéndose en cuanto combate aparece sin ser llamados y poniéndose contentos cuando un eminente de esos con mala uva los envía a otros sin comerla ni beberla. Sobre todo sin comerla —aunque los hay que saben aprovechar su momento—.

Imagino que su vecino prócer no tuvo contemplaciones a la hora de darle tea incendiaria al pueblo, y no entró en razones cuando usted le gritaba: —"a mi casita no, que el piano me costo caro"—. Es posible que comenzara ahí mismo a tener esa cara de camarón en veda, esa expresión como de que los músicos tocan mal y el Regional de Cultura no les da instrumentos ni local para ensayos, aunque luego venga un plumífero de esos que padecen miopía anal y escriba sobre su persona una sandez tan grande como esta: "Hoy aquel violinista inmortal, se encuentra multiplicado en la cultura musical de nuestro pueblo", máxime cuando nadie se acuerda de su Tema con variaciones para clarinete, la marcha fúnebre Homenaje, o las canciones Elvira y Hermosa rubia, que debió intitular Rubita sabrosa si pretendía que pegara en los carnavales. La gente padece de mala memoria cuando el temita no lleva sexo implícito.

Un 14 de diciembre de 1895 decidió morirse, como para que los mambises no lo metieran nuevamente en complicaciones, y se le arrimara un prócer con más labia a convencerle de hacer cultura popular. Lo suyo era lo sacro. Tal vez lo lumbar se lo llevara a la lumba.

Con el Muñoz muy Cedeño,

Ramón

© cubaencuentro

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