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La Columna de Ramón

Carta a Ruy de Lugo Viña

Usted ni parecía dominicano, ni lo era, a pesar de haber nacido en Santo Domingo, pueblecillo merenguero situado en Las Villas, si es que cabe el término de pueblo situado. Conozco otros, en la misma provincia, que han estado sitiados, pero no es mi intención hacer de su cuna un problema semántica y mucho menos geográfico. Yo, en geografía, solamente me he quedado con orientaciones fundamentales, como a ojo de buen cubero, y entiendo lo elemental: pallá y pacá.

Pero volvamos al orden. Decía que su nacimiento ocurrió —tampoco estoy seguro de que los nacimientos ocurran, pero no se me ocurre otra alternativa— en el poblado de Santo Domingo, en la zona central de la Isla, un 23 de septiembre de 1888. Cuando uno nace así, en una provincia intermedia, se crece con la sensación de que tanto los de allá como los de acá le están pasando a uno por encima, y eso va fermentando la gran idea de la Intermunicipalidad Universal, que le valió muchos honores más tarde, aunque nadie la entendiera a derechas.

Basta que en Cuba uno tenga una idea, un pensamiento o una mirada ligeramente profunda para que le hagan caso, lo elijan para un montón de cosas y se cobre fama —al menos se cobra algo— de personaje interesante. Creo que los únicos que asimilaron su teoría a fondo fueron mis coterráneos, los orientales, que metieron la pata en el acelerador y no pararon hasta la ubre capitalina, para arrimar el bembo a la leche, aunque ya venía solamente en polvo.

Como era usted niño, sus padres lo enviaron a Cienfuegos, La Perla del Sur. No tengo constancia de que haya sido una costumbre de la época, pero apruebo calurosamente esa idea paterna de sacarlo de aquel caserío antes de que no tuviera más alternativas que darle vueltas al parque y emborracharse en la bodega más cercana. Si todos los padres fueran como los suyos, y mandaran a sus hijos a Cienfuegos en la edad más tierna, el crecimiento poblacional de aquella ciudad sería impresionante. Sus progenitores se vieron recompensados. Estudió en los mejores colegios y terminó graduándose de maestro, que es una cosa que tampoco entiendo con claridad.

Si yo gastara mi presupuesto en lustrar a mi vástago, y a pesar de todos los esfuerzos y el dinero invertidos me sale solamente maestro, creo que me deprimiría. Mas no me haga mucho caso. Yo también fui maestro una vez, y la relación de mi padre con el siquiatra concluyó en sólida amistad. Juzgo la profesión a la luz de estos años, donde cualquier Juan de los Palotes levanta un titulito similar con sólo portarse bien con el gobierno y aprenderse de memoria la versión oficial de las cosas, cosa que le hace ahorrar al mismo gobierno una gruesa suma en moneda libremente convertible que hubiera gastado en grabadoras Sanyo.

No olvide que igualmente tuve maestros, y a pesar de ellos he logrado ser lo que soy, que no es mucho, ni es casi nada. Al menos soy algo, algo así, una especie de algo, y mi objetivo en la vida es llegar a averiguar qué tipo de algo soy en realidad. Eso reconforta.

Usted, sin embargo, fue un maestro inquieto y joven. Hay una abrumadora mayoría de maestros similares, es decir, que han sido jóvenes, pero en su caso le vino a salvar la inquietud, que un día descubrió era una inquietud literaria, es decir, de las peores. Como la vida en provincias es lenta y sin muchos estímulos, pronto formó parte de la membresía del Liceo de Cienfuegos. Hay personas que se pasan toda la vida en esa institución, como atrapados por la membresía, que se convierte en una membrana muy similar al membrillo.

Parece que no le complació totalmente la programación del Liceo cienfueguero y un buen día arrancó a viajar —ya cocía aquella idea de la Intermunicipalidad Internacional— y no paró hasta la Argentina, que entonces era un buen lugar para hacerse periodista sin que lo acosaran por haber pertenecido a la membresía de un Liceo.

Allí fundó una revista y de paso, se estrenó como refinado dramaturgo, haciendo sufrir al sufrido espectador bonaerense con piezas como El atentado de Nur, La presa del tigre y Romance colonial, obras que me he perdido lamentablemente. Le pido disculpas por no haber podido estar en Buenos Aires en el momento en que las estrenó. Era 1912, y ahora no me acuerdo muy bien por dónde iban mis huesos en aquellos gloriosos momentos suyos.

Cuando se olió que el amable público argentino no le iba a aguantar un estreno más, enfundó el petate y partió hacia Nueva York, en busca de unos espectadores si no más amables, al menos más bilingües. Está comprobado que no hay como una platea repleta de bilingües para dejarle pasar obras a uno. En lo que llegan a entender a fondo, ya se puede andar en un tren por Conecticut, en el departamento de fumadores, haciendo crucigramas. Tal vez usted se aconsejó, a pesar del público bilingüe, y no estrenó nada dramático, sino que se puso para el periodismo y fundó otra publicación. Me extraña que nadie lo apodara en la Gran Manzana Ruysito Fundora, pues cada vez que plantaba la carpa fundaba algo.

Para completar su currículo periodístico se fue más tarde a la capital mexicana. Allá, haciéndose el cuate, ejerció como redactor de Excelsior y El Universal, como pensando en la envidia que iba a darles a las tambochas provincialmente literarias del Liceo cienfueguero cuando regresara. Ser cubano y trabajar en Excelsior no da necesariamente mucho prestigio. Conozco casos que han terminado siendo personas miserables y hasta abominables, pero sospecho que ya eran así cuando entraron a la publicación.

Ya para entonces se había convertido en sutil y encendido polemista, y en un articulista de éxito, lo que me hace pensar que escribía excelentes artículos de consumo. Era creativo y bastante independiente, y cuando se ejerce la profesión con esas miras, se poseen 99 papeletas para visitar el presidio a cada rato. Así le sucedió en el retorno a suelo patrio. Le dio por meterse con el gobierno de Mario García Menocal, siendo plantilla del Heraldo de Cuba, y la plantilla completa fue ubicada en una alegre mazmorra cuando cerraron el diario.

Esa fue una buena inversión, suya por supuesto, pues agarró prestigio, y con ese prestigio, más la mirada ligeramente profunda que sabía poner —no olvidar que ya incubaba la gran idea de la Intermunicipalidad Universal—, fue electo concejal del Ayuntamiento habanero, que es una manera de desarrollar proyectos sociales y ejercitar los maxilares mordiendo el jamón.

No quiero seguir hablando de los lugares en que trabajó, que no soy jefe de personal de empresa alguna. Cuando uno lee lo que trabaja la gente por ahí, termina agotado. Al menos a mi me horroriza leer sobre trabajar. No puedo ver las pirámides de Egipto sin fatigarme, y me pongo a pensar, sudando, en todos aquellos pobres tipos arrastrando inmensas piedras para que los faraones tuvieran un confortable último reducto, en vez de estarse bañando en el Nilo.

Es cierto que por esos años el río estaba repleto de cocodrilos, así que tal vez era preferible ponerse a arrastrar grandes cambolos, con la secreta idea de sepultar, con más seguridad, al faraón. Yo, personalmente, prefiero a los cocodrilos, aunque no escatimaría fuerzas si la cosa es enterrar a un gran jefe. Me viene a la mente uno específicamente, pero preferiría echarlo al agua infectada de depredadores.

Me fui del tema y le pido perdón. Considérelo como mi horario de merienda, o que me puse a recorrer el municipio dándole cráneo a su obsesión intermunicipal, que no acabo de acomodarme en la silla turca. Posiblemente usted haya pensado en algo distinto, como que cada municipio pueda establecer relaciones con otros países. Leyendo la historia de los viajes al extranjero que hizo a costilla de esa idea, se me ocurre pensar que se creía usted mismo un municipio, y se había impuesto relacionarse lo más estrecha y divertidamente que pudiese con el resto de la humanidad.

No está mal, enfocándolo de esa manera. Ver al municipio como algo vivo, importante y con relevancia, tiene su mendó, pero no me acaba de convencer que a los habitantes de Saint-Germain-des-Près les interese mucho lo que sucede en Cocosolo, o en el término municipal de Palmarito. Queda gente así en el mundo.

Usted se pone a vivir en el Sant Gervasi de Barcelona y le importa un pito el municipio de Guisa. Aunque estoy seguro que habrá zonas de Puerto Príncipe, en Haití, locas por estrechar relaciones con La Lisa habanera, y me la juego al canelo que intención parecida podrán tener los habitantes de Umbundi Zumbindu, en las afueras de la capital de Burkina Fasso, si es que aquello tiene ya capital.

Nada, que se le metió entre tarro y tarro la peregrina idea de la fraternidad entre barrios, y le sacó partido peregrinando, que, en siendo periodista independiente es la mejor manera de alejar calabozo. Yo, mal pensado, con taras natales, había tomado otro rumbo mental con su proyecto. Sería bonito aplicarlo de manera estética, para no entrar en la consabida monserga de costumbres similares que nos hermanan, cosa más falsa que el internacionalismo proletario.

Pienso que, si, por ejemplo, el municipio matancero de Amarillas establece convenios amorosos con el bayamés de Barrancas, se lograría tener, en la geografía insular, unas hermosas Barrancas Amarillas. Lo mismo pasaría con el hermanamiento de Jicotea y Delicias, resultando unas suculentas Delicias de Jicotea, para el gourmet más exigente; o, si ocurriese la interrelación entre Punta Brava y Pedro Betancourt, que rezumaría erotismo masculino con eso de Pedro Betancourt el de la Punta Brava.

Habría que nombrar cierto arbitraje para controlar relajos fonéticos, evitando acercamientos entre el baracoense municipio de Los Calderos y el término municipal de Tiñosa, por razones gastronómicas obvias. Las tiñosas que las siga poniendo el gobierno, y la gente resuelva lo de sus calderos. Sería también una molestia para los vecinos de Marianao encontrar consumada la estrechez intermunicipal con un pueblo de Habana campo, y ver en una valla lo que resultaría un lema revolucionario como "Marianao Madruga". No dejarles dormir la mañana sería fatal para los marianenses.

Su idea, que le sirvió para folletos, ponencias y conferencias, ha tenido irreductibles apoyos y detractores a tutiplén. Hay cosas que provocan resultados inesperados, reacciones no previstas y actos contraproducentes, como cuando el Jefe Malanga —que lleva 46 años y pico enterrando al cubano como vil tubérculo— soltó una de sus lindezas geniales la vez que dijo que éramos una isla que habia vivido siempre de espaldas al mar. Cuando la gente se dio cuenta de aquella verdad enfiló hacía las costas y hoy mandan dinero desde todos los puntos cardinales. Y eso que el mar estaba, como el Nilo, repleto de cocodrilos. ¿O los cocodrilos quedaron en tierra? Ya no me acuerdo.

De todos modos usted siguió en sus trece, aunque la Intermunicipalidad Universal sólo sirviera para que ciertos alcaldes gallegos se deshagan de su viejo parque automotriz, disfrazándolo como hermanamientos y donaciones. Su labor más importante quedó en el periodismo, donde hizo muescas en la culata de su revolver. Aunque ahora, en viendo a tanto manso amanuense que taladrid y rumia, debería estar inquieto en su tumba, a pesar de que no le dejen revolver mucho, que luego el olor se siente en otros municipios universales a donde el cubano fue a vivir con más tranquilidad y mejor prensa.

Pero sigue siendo el Ruy, queda suyo
Ramón

© cubaencuentro

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