La Columna de Ramón
Carta a Sabino Pupo Milián
'Hay quien lucha un día y es bueno. Hay quien lucha un año y se gana un televisor. Pero los que luchan toda la vida, debieran ir a un siquiatra'.
Campestre, agreste y guajireste Sabino Pupo Milián:
Todo el que nace en el campo termina siendo campesino. O la gran mayoría. Hay quien nace así, con esa desgracia bucólica, y en cuanto se harta del cotorreo de las tojosas escapa Skippy metiendo fuga fantástica hasta cualquier rinconcito de la Habana Vieja, que allí siempre aparece algo acogedor. Y a buen acogedor, pocas palabras.
Sé que el término "cotorreo" para denominar lo que hacen las tojosas, no es el correcto, ni siquiera "la palabra precisa, la sonrisa perfecta", pero soy uno de los que se alebrestaron a tiempo y le espantaron temprano al marabú; ordeñar un par de veces no hace daño, si se toma como ejercicio espiritual, pero abrir el día con una vaca en la mano, y pensar que tu futuro es el aprieta y echa en el cubo, la mugidera y el chapeo, lleva una fuerza de voluntad que es como intrínseca, o implícita, o extraseca. Y a mi esa fuerza del orden no me acompaña.
Sin embargo, hay quien trae la décima debajo del brazo, el yarey en el coco, el arique bien atado, y el surco le parece lo más natural del mundo. Allí vive como un rey, de la poceta al bajío, de la guásima a la talanquera, y se hace campesino, así, de por vida, sin hache intermedia, y la palabra guajiro le cae como bordada por las once mil vírgenes, y sabe que a los cuarenta perderá los dientes, tendrá cara de cocuyo, y lo enterrarán con el mocho del tabaco entre las encías, acompañado por sus amigos de toda la vida: "Flor de Oro" y "Campanario", los mansos y discretos bueyes que vi en mi niñez echando vaho un día, con la cabeza recostada a la mancera y el arado sobre el pecho. Ese ejemplar se denomina, hasta en Estocolmo, "campesino luchador", porque le juega cabeza al sol, los fenómenos atmosféricos y a la gente de Acopio, que es una asociación de truhanes estatales que vienen a este mundo en yipis.
Usted fue un niño campestre que iba de lo más bien para campesino luchador, y hasta se le estaban aflojando los dientes y las muelas empezaban a careárseles, aunque parejo y con gracia, que es perfecto para un careo policial, pero sucedió algo que le interrumpió la vocación, y en lugar de producir leche —no sé tampoco si puede decirse que un guajiro produce leche—, verduras, puré de tomate, casabe, tasajo brujo, tabaco verde en flor y otras hortalizas, le dio por ser un luchador campesino, y eso lleva guayabera, bolígrafos, verborrea y licencia improductiva.
Un líder campesino no es otra cosa que alguien que ya no ve un repollo ni en fotos. En general, los líderes todos dejan de incluir el repollo en su dieta para ni tocarlo. Un líder campesino no va a un guateque a meter una décima, sino una turca o una tabarra, que tienen otra métrica.
Creo que la vocación luchadora se le despertó después de nacer. Esto parece un disparate y he de explicarlo. Nació en Oriente y se dedicó a las tareas agrícolas. Luego, ya mayor —no dicen cuán grande o maduro—, se fue a Santa Lucía, en el Camagüey. Allí hay una playa preciosa. Sospecho que ese fue el momento fatal, cuando empezó a aborrecer el ñame, y miró la guataca como a una enfermedad venérea, que en guajiro se dice Veneranda.
Dirigente que ve la playa, con su arenita sabrosa, sus olitas hipnóticas, sus hembrazas aireadas, decide que eso es lo más cerca del paraíso que se puede estar. Mucho más cuando se es un luchador campesino en ese cruce trascendental, ese pico de aura que es el momento ardoroso de convertirse en líder y alejarse del berrenchín, del abono, del surco interminable, del jarrito de café en el anafe, de la yagua malsana y de ensillar al potro. El cerebro empieza a tirar una placa encima del yarey, y allá lejos, como al cantío de un gallo, le nacen valoraciones astrológicas, y se decide a hacer lo que haiga que hacer para que el bejuco de boniato se aleje del totomoyo. Cambia caballo por guarandinga. Abandona el palmiche y el paraguayo.
Digo lo de las consideraciones astrológicas o astronómicas por una cosa muy simple. Un guajiro que descubre la arena siente un cambio telúrico del buche hacia abajo, y se desnuca cuando en la sesera le entra la sensación de que el sol que ponen en la playa no es el mismo que siente junto a "Flor de Oro" y "Campanario". Es el síndrome del yodo.
Los efectos del solazo en la playa no tienen nada que ver con el que lo agarra a uno cerca de la cochiquera, y hasta el caminao cambia, aunque la arena sea densa. Ved gaviotas comiendo sardinas y empieza a discriminar a las blancas garzas con su dieta de garrapatas. Y hasta la misma guajira que en su conuco asoma la trenza por el varentierra, es otra cuando se pone un bikini. A partir de ahí el guacho se hace acuático, como si lo invadiera un tsunami. Máxime cuando se lleva en la hemoglobina el bichito de la dirigencia.
Sin embargo, usted no llegó a ver la ANAP, y eso lo salva un poco. Tal vez por ese determinismo geográfico de haber nacido en Camalote, lo cepillaron antes. Cuando se nace en Camalote es sumamente difícil llegar a Marianao. Casi imposible pisar El Vedado, aunque luego encuentre yo en la prensa cubana que tras el accidente de 1959 Camalote se convirtió en una próspera zona. O el periodista estaba pensando en otra cosa o lo confundió con Frankfurt. Jamás he visto una postal de Camalote, con sus esbeltos e iluminados edificios, sus avenidas anchas, bordeadas de palmeras.
Debo decir que su lucha era justa. La emprendió contra los mandantes de la Manatí Sugar Company, decidido a acabar con sus vicios terrenales. El manatí es un mamífero levemente tonto que amamanta ursula a sus biajacas en el agua en vez de darles sillón como todo mamífero sensato. La Manatí, en cambio, no dejaba mamar a nadie, y destetaba —o detestaba— a quienes se les pusieran por delante con reclamaciones de tierras. Comprendo que esas posturas no dan frutos ni conducen a nada. Sólo se obtiene un poco de tierra encima de uno cuando lo meten en un agujero.
Son riesgos que corre un luchador campesino cuando empieza a reclamar cosas y a pretender deshacer entuertos en un país ciego donde el entuerto es rey. Ya lo había escrito de usted el alemán Bertold Bretch en estos versos que reproduzco con palidez y aportes personales: "Hay quien lucha un día y es bueno./ Hay quienes luchan varios días y son mejores./ Hay quien lucha un año y se gana un televisor./ Pero los que luchan toda la vida, debieran ir a un siquiatra".
Porque luchar un poquito, darle bateo a los poderosos que intentan aplastarnos y poner más caras las guayaberas, es casi un deber moral. Pero empezar a soliviantar constantemente, y a meterle ideas raras al feliz campesino, a contarle que la luz de neón es superior al quinqué, y que el tractor no come yerba ni hay que domarlo mucho, es irresponsabilidad imperdonable. Meter a Carlos Marx en un cañaveral, cuando se pasó la vida sin jorobar el lomo, es un delito. Y de Carlitos se salta luego a Vladimir, ejemplo del proletariado mundial, cuando el bolchevique no agarró un alicate ni para solucionar la gotera de la ducha. Lenin vino a entrar en contacto con el metal el día que le dispararon.
La vida era injusta en su tiempo, es verdad. Muchísimo más injusta tierra adentro —garzas comiendo garrapatas, niños con oxiuros—. Y a pesar de todo, usted podía defecarse en el gobierno de turno en la punta del surco, al menos mentalmente sin temer que una mueca del curtido rostro lo delatara. Inclusive tenía todo el irreverecundo derecho de pensar que las leyes protegían a una elite —es verdad que no conocía la palabra elite, pero podía sustituirla con la expresión "un grupito ahí"— y echar tres carijos cuando se alejara la Guardia Rural.
He analizado su época con nocturnidad y detenimiento, y he podido sacar algunos puntos buenos. La música me reveló algunos aspectos positivos que seguramente no valoró mucho porque su Zenit bielorrusa no tenía pilas. Un tema musical me basta para demostrarlo. Lleva un mensaje en la lectura de sus versos: "Juana camina con la punta el pie, y yo, de medio lao". Dígame si esa letra retozona no expresa expresivamente que en aquellos años suyos se podía elegir el paso, el juego animoso de los pieses y desmarcarse de cualquier meneo oficial. Hacer con el peroné lo que le saliera de la gandinga no le desgraciaba la vida.
Un sistema político donde se puede caminar de medio lao, aunque Juana camine con la punta del pie, es signo de libertad de expresión. Todo lo contrario de "Marchando vamos hacia un ideal…", o "Guerrillero, guerrillero, adelante, adelante, adelante" —¿delante de qué o de quiénes?—, que aplasta por su obligatoria unanimidad, su colectivismo forzoso y su monotonía.
Mire si no lo que le pasó a usted mismo el 20 de octubre de 1948, en los Realengos R y S, cuando unos esbirros le quitaron la vida y la posibilidad de conseguir pilas para su radio y así escuchar a Cascarita, la voz de ese año. Es terrible nacer en Camalote y terminar en un Realengo, que no tiene arena blanca o dorada, ni palmeras para colgar una hamaca, para que el salitre le entre por los pulmones. Hubiera seguido siendo un campesino luchador en vez de un luchador campesino y seguiría en su taburete.
Pero así es la vida cuando a uno se le atraviesa un manatí tan testarudo como la Manatí Sugar Company. Por suerte el gobierno actual no olvidó su sacrificio. No solamente desmanteló aquel monopolio, sino que está acabando con los centrales azucareros, con las siembras, con los Realengos, y con los campesinos luchadores, que si quieren seguir vivos debieran conseguirse una tarraya y mudarse para la playa.
Sin arique ni arecas,
Ramón
© cubaencuentro
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