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Actualizado: 29/11/2022 11:37

Mariel: 25 años después

Crónica de cuatro vidas

Cerca de doscientos exiliados viven aún en Perú agradeciendo o maldiciendo la suerte de salir de Cuba.

El efecto mariposa: antecedentes

Corre el año 1979: la Embajada de Perú en La Habana, situada en el residencial barrio de Miramar, ostenta la pastoril fachada de eso que llaman un país amigo. Un duro día de agosto, el policía de tránsito cubano Ángel Gálvez dejó su motocicleta en la vereda, saltó la alambrada del jardín y pidió asilo. El episodio se mantuvo en reserva y no empañó mayormente las relaciones entre ambos países.

Pero el 17 de enero, una camioneta con 12 familiares, amigos y hasta una suegra que nadie quería tener lejos, atravesó "las puertas del paraíso". Como la cosa tenía pinta de anárquico desparpajo, entrar en la embajada se fue convirtiendo en un deporte regional: el 28 de marzo penetró al jardín un ómnibus con su conductor y dos muchachos.

Enseguida la cuenta llegó a 19 personas. Y tres días después se registró el episodio que en Cuba llamarían el despelote total: una guagua de la misma línea volvió a derribar el portón a las cinco de la tarde del 1 de abril, pasando entre dos centinelas de la "Policía Revolucionaria". Ambos hicieron fuego sobre el vehículo e hirieron a dos de sus seis ocupantes. Pero lo más grave: un policía mató al otro.

El gobierno cubano exigió la devolución de quienes iban en el bus para procesarlos, pero el gobierno peruano se negó por razones políticas y abrió las puertas de su embajada para conceder asilo político a quien quisiera irse de la Isla. Ante esta situación, el gobierno cubano decidió tomar como represalia el retiro permanente de la protección a la Embajada de Perú, y fue cuando miles de cubanos, cada uno con diferentes motivos, ingresaron con sus hijos a cuestas, sin un pan debajo del brazo, con la esperanza de rehacer sus vidas.

Crónica de cuatro vidas calladas

Pachacamac es un lugar muy pobre, esto no es nuevo. Es tener que sentarse en un bus destartalado durante una hora para ir estudiando las variaciones del paisaje, mientras uno se aleja de Lima. Pachacamac no parece un sitio peligroso: es un sitio peligroso. Una suerte de detrito metafísico por su forma de laberinto, su irrespirable olor a fritanga, traspasado por la mirada veladamente hostil de sus pobladores.

Entre Villa El Salvador y Pachacamac hay un paradero en el que vociferan los cobradores de micro: "¡Cubanos baja!", que traducido al castellano quiere decir: "Parada de la colonia cubana". Al llegar a la manzana habitada por estos caribeños de los Andes, inmediatamente salen mulatos importados de cualquier barrio de la Habana Vieja, con los ojos curiosos e insolentes porque un extraño se ha atrevido a entrar en sus dominios. Después de merodear por la manzana "J" de la Avenida Republicana e informarnos con los bodegueros, conocimos a cuatro exiliados que no son santos, pero tampoco la escoria que muchos piensan.

Pablo, Mercedes, Luis y Raúl, hace 25 años decidieron irse definitivamente de la Isla. Estaban entre aquellos miles que decidieron cambiar un cielo azul sin esperanza por la ilusión de encontrar algo bajo el cielo gris de Lima. Llegaron hace más de dos décadas y algunos no tienen más distracción que el trabajo, ni más descanso que la nostalgia.

Muchos comercializan droga y son delincuentes incorregibles. Hasta se dijo que el monstruo de Pachacamac (famoso violador limeño) salió de la colonia cubana. Pero a pesar de la mala fama que tienen, muchos sudan la gota gorda para mantenerse a flote reparando licuadoras viejas, jugando a adivinar el futuro con caracoles y vendiendo aguardiente o cerveza.

Pablo Santana Montoya: "Aquí soy un paria"

Tiene 61 años y parece que la sonrisa se le ha secado. En el barrio es conocido como El Conde, pero no tiene un feudo, sino un pequeño negocio de reparar cocinas de kerosene. Conserva su gentileza detrás de una mirada deprimida y nostálgica. Tiene en la pared afiches de Pedro Infante y Jorge Negrete, además de hierbas secas para la buena suerte.

Le encanta cantar rancheras con su desafinada guitarra, pero la situación económica hace ocho años que lo obliga a reparar cocinas, picaportes, llaves, o lo que sea. Mientras su esposa peruana lo llama para almorzar, nos cuenta detrás de los barrotes de su taller improvisado, que era anticastrista, pero que ahora al proceso ni lo combate ni lo critica.

Tiene los ojos sombríos y tristes, y lamenta haber venido a Perú: "Aquí soy un paria. Me arrepiento porque yo en Cuba era administrador de una pizzería. Cuando recién llegué, la nostalgia me mataba".

Nos cuenta que en aquel entonces, estaba en la casa de un vecino tomándose un cafecito y fumando un tabaco, cuando le dijeron: "la gente se está metiendo en la Embajada del Perú", y no lo pensó dos veces. Al momento de tomarle una foto, se entusiasma tímidamente como si ya nadie se percatara de su existencia. Pero un instante después, empuña su guitarra, y la voz susurrante con la que contaba su historia se transforma en la de un charro mexicano dando una serenata a todo el vecindario.

Luis Peralta Rivero: "Los cubanos son una cagada"

Una rencorosa cicatriz le cruza el pómulo derecho de su rostro negro. En Cuba era zapatero y aquí cayó con un pie en la cárcel de Lurigancho, "porque le di un balazo a un paisano en el '89. Y estuve ahí 19 meses". Pero asegura que todos los peruanos lo respetan, a diferencia de sus compatriotas, que le han dado muchos problemas, por eso los detesta.

"No me dejan trabajar, lo único que me dan son problemas. Los cubanos fumones me han jodido bastante, tanto que ahora me están investigando por venta de drogas. Por eso no los quiero ver ni en pintura, porque son una cagada". Llegó al Parque Zonal Túpac Amaru un 3 de junio de 1980, cuando tenía 42 años y la esperanza de sacar a su familia de Cuba.

Luego fue ubicado por las Naciones Unidas en Pachacamac, y hoy le queda la resignación de vivir solo en su local, donde vende cerveza y aguardiente desde hace nueve años. Empezó vendiendo cigarros, hasta que fue armando su bodega de piso de tierra y paredes descascaradas. Ahora su único pasatiempo es trabajar día y noche para que el negocio salga adelante. Mientras coloca un cassette de salsa en su radio antigua, enfatiza: "Nunca me arrepiento de mis decisiones, a lo hecho, pecho". Y luego concluye con una frase tan actual para los cubanos: "La vida hay que lucharla, no es fácil".

Raúl Montesinos: "Uno sale para llenar ese vacío"

Llegó con 21 años, cuando era flaco y alargado como la forma de la Isla. Ahora los anticuchos de corazón de res y la cerveza le han llenado la barriga que ostenta como un trofeo, una prueba redonda y viviente de que valió la pena haber venido. Es mecánico de carros y algo saca de vivir engrasado bajo las llantas, pues sus hijos que han nacido en Perú ya han podido conocer La Habana.

Con una sonrisa fresca dice que ya echó raíces y tiene críos. Tiene cuatro hijos, le encanta la cocina, y con la boca hecha agua porque ya es la hora del almuerzo, al estilo de un chef de barrio bajo, nos cuenta cómo se prepara el arroz congrí y el cerdo. "Si no tienes plata, estás cagado. En la vida del ser humano siempre hay un vacío y uno sale para llenar ese vacío. Pero te encuentras con una dura realidad".

Como haciéndole honor a aquel verso de Vallejo: cuando algo se va, algo se queda, Raúl repite: "La vida no es fácil aquí afuera". Recuerda que entró de casualidad a la embajada con un amigo, entre un trago y otro, como quien hace una travesura que ya dura más de veinte años: "A veces los caminos se te abren, otras no".

Mercedes Álvarez: "No me tomes fotos, porque si eres de 'Papá', me jodes"

Habla a gritos, como si su interlocutor estuviera a tres cuadras: "No es fácil, chico. Mira, yo ando apurada porque la lavadora es alquilada y el hombre viene a cada rato a pedírmela o, si no, me cobra más. Esto aquí no es peor que en Cuba, sólo que hay que adaptarse. La diferencia es que allá estás en lo tuyo, con tu gente".

Mercedes salió con 21 años, junto a su marido chofer y tres hijos bebés. Estuvo 59 días en el patio de la embajada cocinando en una lata de leche con trapos que cortaba de su camisa y pantalones, para poder hacerle un caldito con agua y un poco de arroz a su bebé de nueve meses.

"Al final estábamos casi en taparrabos". Pero la cosa no cambió mucho cuando estuvo cuatro años viviendo en una carpa en el parque Túpac Amaru. Hoy tiene siete hijos, tres nietos y las diez uñas de los pies pintadas de rojo. En Cuba estudió para auxiliar de enfermera, pero ahora hace consultas con caracoles y santos afrocubanos para curar los males del alma.

Mercedes pertenece a la escuálida Unión de Cubanos Exiliados en Perú, conformada por 56 personas, quienes en la juramentación de Toledo manifestaron su desacuerdo con el gobierno de Fidel Castro. Nos dice: "Cuando uno da un paso pa' lante no puede dar uno pa' atrás. Arrepentirse, para qué. Aquí hay bastantes que se han malogrado y son drogadictos. La situación es difícil, por eso es que entran en cosas ilegales".

Ese domingo llena sus ollas con lo que hubiera preparado en Cuba en un día de bonanza: arroz con frijoles negros, carne de cerdo y plátanos verdes fritos. Por un momento apaga su voz gritona y su lavadora destartalada, y dice melancólica: "Aquello está tan jodido, que nosotros nos sentimos bien en cualquier parte".

¿No hay otros paraísos que los paraísos perdidos?

Inicialmente, a través del puerto cubano de Mariel, partieron 9.000 de los que ingresaron en la embajada, con destino a Miami en pequeñas embarcaciones. Alrededor de 850 restantes fueron llegando a Lima durante 1980, para ubicarse provisionalmente en carpas en el parque zonal Túpac Amaru.

De los que llegaron a Lima, casi el 90% siguieron curso migratorio con destino a EE UU y otros países de América Latina, en el transcurso de quince años (1980-1995). Actualmente, se encuentran en Lima cerca de 200 cubanos exiliados, ubicados en distintas zonas populares como Comas, Villa El Salvador y Pachacamac. En este último reducto vive casi el 1% de los cubanos de los más de 10.000 que ingresaron a la embajada peruana en 1980.

Su barrio se encuentra en un sector ubicado en la Avenida Republicana, manzana "J", Lote 31, en la zona de Pachacamac que colinda con Villa El Salvador. En este paraje llano y difícil hicimos este reportaje el pasado año: allí viven aproximadamente 100 cubanos en malas condiciones económicas. En vista de lo sucedido en 1980, el gobierno peruano ha decidido no otorgar visas a los cubanos, salvo casos excepcionales.

© cubaencuentro

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