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Actualizado: 29/11/2022 11:37

Mariel, 25 años después

La generación del silencio (I)

Un acercamiento a los escritores e intelectuales que abandonaron la Isla para ejercer la creación artística y la libertad de expresión.

El jueves 12 de abril de 1990, Reinaldo Arenas publicó en el periódico Diario Las Américas un artículo titulado: "Mariel, diez años después". En él recordaba la llegada de numerosos artistas cubanos a través del puente marítimo del Mariel y se detenía en la presentación de algunos escritores de este grupo: Juan Abreu, Jesús J. Barquet, Miguel Correa, Carlos A. Díaz, Reinaldo García Ramos, Lázaro Gómez Carriles, Ismael Lorenzo, Roberto Valero y Carlos Victoria.

Este año se cumple, justamente, el aniversario 25 de los acontecimientos del Mariel, y dentro de unos meses hará quince años desde que nos dejó el propio Reinaldo Arenas. En este período de tiempo, los autores del grupo del Mariel han seguido escribiendo y publicando fructuosamente, aunque muy a menudo sin el reconocimiento merecido.

Llegados a este punto, no parece relevante recordar todos los acontecimientos —tan conocidos— del éxodo por el puente marítimo de Mariel-Cayo Hueso, dado los numerosos estudios que se hicieron al respecto. Sólo quisiera recordar que dentro del grupo de las 10.865 personas que se encerraron en la Embajada de Perú, del 4 al 6 de abril de 1980, se encontraban varios de aquellos autores, como por ejemplo, Roberto Valero, Lázaro Gómez Carriles y Nicolás Abreu.

Afortunadamente, Castro no tardó mucho en pronunciar las famosas palabras: "Aquí, quien quiera irse, que se vaya", lo que tuvo como consecuencia un aumento considerable del grupo de personas que se acogió a esta posibilidad. Aunque, como menciona Arenas en su autobiografía, no eran exactamente esas las intenciones de Castro:

"Comenzaron a salir desde el puerto de Mariel miles de lanchas repletas de personas hacia Estados Unidos. Desde luego, no salió del país todo el que quiso, sino todo el que Fidel Castro quiso que saliera: los delincuentes comunes que estaban en las cárceles, los criminales, los agentes secretos que quería infiltrar en Miami, los enfermos mentales. Y todo esto fue costeado por los cubanos del exilio que enviaron embarcaciones para buscar a sus familiares. La mayoría de aquellas familias de Miami se arruinó alquilando barcos para ir a buscar a sus familiares, pero cuando llegaban al Mariel, Castro las llenaba muchas veces de delincuentes y locos. Pero miles de personas honestas lograron también escapar", cuenta Arenas en Antes que anochezca.

La revolución fracasada

Finalmente, el número oficial de exiliados cubanos llegados a EE UU fue de 124.769 personas, según Gastón Fernández, y dentro de ese grupo salió un conjunto de jóvenes escritores que encontró en esa partida la libertad tan anhelada para poder realizar su obra.

A pesar de que en estos momentos hablamos con suficiente propiedad de esta generación literaria, no es menos cierto que a lo largo de estos años han surgido numerosas voces que discrepaban y discrepan de esta denominación.

Explica Jesús Barquet que esto se debe, sobre todo, al hecho de que "no responde a factores propiamente intraliterarios, sino más bien a factores extraliterarios". Aunque como él mismo reconoce, esto no es óbice para negar todos los rasgos en común que poseen entre sí estos escritores, como es la falta de libertad y la represión oficial, así como su necesidad de decir en voz alta todo lo que no pudieron escribir estando en Cuba.

Lilian Bertot ( The literary imagination of the Mariel Generation) señala sobre esto: "Quizá en ningún lugar es este dolor más evidente y más conmovedor que en la producción artística y literaria de la generación del Mariel. Ellos representan el drama humano, los aspectos olvidados de la revolución cubana, el lado oscuro del proceso…".

Y añade que "como grupo ellos representan el fracaso intra-histórico de la revolución cubana, mucho antes de la caída de la Unión Soviética. Su súbita partida de lo que se hubiera tenido que esperar de aquellos que crecieron dentro de la revolución y que prosperaron 'gracias a la revolución' estuvo marcada por un sentido de frustración, de ira, de desolación y de rechazo de la realidad cubana".

Lo que les diferenció de los grupos de emigrantes anteriores fue que provenían de la Cuba socialista de Castro. Ellos eran los supuestos "hombres nuevos" del Che Guevara. Si todos esos intelectuales se encontraron en las mismas circunstancias históricas, se debió al hecho de que muchos tuvieron grandes dificultades para desempeñar su carrera literaria en la Isla o, dicho de otra manera, porque se encontraban en el denominado "limbo literario", según las palabras de Rafael Bordao.

No resulta difícil entresacar de las palabras recogidas en las entrevistas realizadas, que esta falta de libertad en la Isla supuso un camino común para todos ellos en la búsqueda de su identidad, como comenta Daniel Fernández, quien es el único de los autores incluidos en este artículo que no llegó por el puente marítimo del Mariel, sino unos meses antes:

"Antes del ochenta escribía mucho; pero sólo podía dar a conocer mis cosas de manera clandestina, mediante lecturas en casas de amigos. Finalmente fui encarcelado por mi novela fundamental, La vida secreta de Truca Pérez, y mis otras actividades, entre las que se contaba una versión fílmica de esa novela que fue dirigida por Tomás Piard".

¿Acto subversivo o simple creación?

Jesús Barquet explica que antes de 1980 su "carrera literaria en Cuba fue prácticamente nula" y añade: "Fui 'advertido' varias veces. Preferí no existir como poeta". También amenazaron a Rafael Bordao, pocos meses antes del éxodo del Mariel, comentándole que "si continuaba haciendo lo mismo [escribir en contra de los líderes de la revolución] iba a recibir una condena de diez a quince años de cárcel por diversionismo ideológico".

En la misma dirección se expresa Roberto Madrigal, quien describe ese período de la siguiente manera: "Antes de 1980, lo mío era una no-vida. Desde muy joven fui marcado por 'diversionismo ideológico' y nunca se me permitió publicar nada ni trabajar en ningún lugar que se relacionara con la cultura".

Por las mismas razones, Carlos Victoria fue expulsado de la Universidad de La Habana en 1971, y en 1978 fue arrestado por la Seguridad de Estado, que le confiscó todos sus manuscritos. Por su parte, Ismael Lorenzo, a pesar de haber escrito tres novelas en Cuba, sólo las vio publicadas después de su salida de la Isla.

En una situación similar, se encontraba Reinaldo García Ramos: "En Cuba yo había cerrado muchas etapas, o me las habían cerrado tácitamente, y no me sentía con ningún futuro en términos creativos; el panorama cultural estaba muy controlado en esos años y la represión en otros aspectos de la vida era asfixiante (…) No tenía perspectivas de publicar mi propia producción literaria ni de interactuar de manera espontánea con el ambiente cultural del país. Aunque se aprovechaban mis capacidades técnicas, se me consideraba una persona no confiable en términos políticos, y eso bastaba para que la publicación de un texto escrito por mí fuera algo prácticamente inconcebible".

En la Isla, se habían convertido en la "generación del silencio", como también se les denominó, y de la que Reinaldo Arenas resalta que se trata de una "generación de jóvenes que no tuvo oportunidad de expresarse, que empezó a crear cuando la creación en sí ya era un acto subversivo", según recogió María C. García.

Sin embargo, no se debe olvidar que algunos escritores del grupo del Mariel sí publicaron libros en Cuba, aunque fuera al principio de su carrera y en los primeros años de la revolución. Unos ejemplos son Celestino antes del alba, de Reinaldo Arenas, el poemario Acta, de Reinaldo García Ramos, así como su antología Novísima poesía cubana, de la que fue coautor junto con Ana María Simo.

La obsesión por la libertad

De esta manera, como antes referimos, se hace presente en la mayoría de las obras y comentarios de estos escritores una obsesión por la idea de la libertad. Anota María Badías que "en la obra de Roberto [Valero] hay una gran añoranza por la libertad, en todos los sentidos de la palabra (…) Por ejemplo, una de sus obsesiones era conocer el mundo, algo fuera de su alcance en Cuba. Sus referencias a los viajes que realizó después de salir de Cuba es un testimonio de esa alegría de sentirse libre por primera vez en su vida".

Afortunadamente, el Mariel les ofreció esa liberación necesaria para poder realizarse. En el artículo de Arenas que nos inspiró para este trabajo, el autor holguinero se detiene en lo que representó para esos escritores salir de la Isla y poder escribir sin tener que autocensurarse:

"Es importante señalar que estos artistas además de trabajar en su obra han vivido como verdaderos seres humanos y por primera vez han disfrutado del privilegio de la libertad. Por encima de las inevitables discrepancias que puedan existir entre nosotros, veinte años de represión y dictadura castrista nos hermanan en un dolor común y en una necesidad de expresarlo. Aquí estamos pues para hacer nuestra obra, para vivir nuestra vida y hasta para poder escoger nuestra muerte".

"Aquí estamos y estaremos. Porque la obra que hayamos hecho, el testimonio que hayamos dejado, la imagen que de nosotros quedará, nuestro modesto aporte por agrandar la belleza del mundo y mantener en alto la verdadera dignidad del hombre, nos sobrevivirán".

"En estos diez años de exilio hemos sufrido, pero hemos trabajado y hemos amado la vida; hemos podido expresarnos. Hemos, por encima de todo, podido ser nosotros mismos. Más allá de la mezquindad y de las envidias personales, de las intrigas y componendas de los agentes del tirano y de su afán de aniquilarnos, persistiremos; pues nuestro grito ya está dado y eso nadie lo podrá acallar".

En relación con este punto, Ismael Lorenzo indica que para él la salida de Cuba representó la oportunidad de "escribir libremente", y sentencia: "mis libros nunca se hubieran publicado en la Cuba castrista". Otros escritores amplían el campo de esa independencia para llevarla al terreno de lo humano, "salir súbitamente a la claridad; o sea, de cierta forma, nacer otra vez" (Miguel Correa); o como diría Carlos Díaz: "la libertad total, absoluta, lírica y humanamente feliz".

Más allá de la 'escoria'

Juan Abreu confirma esta idea al comentar que para él simbolizó "la posibilidad de vivir como un ser humano y no como un esclavo". Lo mismo anota Luis de la Paz cuando dice que "al partir de la Isla dejaba de ser una máscara para ser yo plenamente".

Me permito utilizar unas palabras de Jesús Barquet que resumen claramente esta perspectiva: "[El Mariel] representó la posibilidad de libertad en todos los aspectos humanos que eran controlados o reprimidos entonces por el gobierno castrista (en su doble acepción): libertad de expresión, de publicación, de lectura, de escritura y de práctica afectivo-sexual, por citar las más acuciantes. Representó también la posibilidad de vivir sin miedo y de tener control sobre mi vida y mis actos. En otras palabras, dejé de ser una pieza en la rígida maquinaria del Estado castrista para comenzar a ser un individuo con sus derechos civiles (o humanos) respetados y garantizados".

Si para esta generación abandonar la Isla supuso un encuentro con otro contexto vital y literario, no es menos cierto que también significó una oportunidad para demostrar que los que Castro había dejado salir de Cuba no eran sólo "lumpen" y "escoria", para utilizar sus términos, sino que dentro de ese grupo también se encontraban intelectuales y artistas.

Sobre esto, García Ramos comenta que en ese grupo "aparecieron individuos que traían consigo un vigor innato e indestructible: el afán por la creación artística, que les exigía resistir y fortalecerse para poder expresar el espanto que habían sufrido durante largo tiempo. Eran las decenas de artistas y escritores de talento que habían venido en el éxodo de Mariel y que necesitaban medios para expresarse; pero los obstáculos que encontraron fueron enormes".

© cubaencuentro

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