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Actualizado: 20/09/2021 9:45

Cine, Cine estadounidense, Arte 7

Con sus demonios a cuestas

Aunque no se trata de una película excelente, mantiene una consistencia estética en la carrera de la realizadora y está muy bien hecha

Un padre con su hija adolescente habitan en un parque forestal en las afueras de Portland. Se esconden porque el lugar es un sitio estatal patrullado por los guardabosques. Uno puede pensar, en un principio, que existe una relación incestuosa, porque de alguna manera, el filme insinúa una atmósfera tempestuosa. Pero no, nada de eso. Es una relación paterno-filial llena de amor limpio.

El padre le enseña y le insiste a la hija en que refine sus técnicas de supervivencia en un medio natural, sin la menor traza de la transformadora mano humana. ¿Será un fanático ecologista, entregado además por aprender a sobrevivir en un ambiente hostil? Tampoco. Ambos van a la tienda a avituallarse y cuando lo necesitan usan balones de gas para cocinar en su refugio.

Poco a poco, a base de pequeños detalles, nos damos cuenta que es un veterano de guerra, que ha enviudado y se ha dedicado a cuidar y a educar a su hija, haciendo lo mejor posible dentro de lo que le permite su paranoia.

Es, simplemente, un hombre que huye de sus demonios sin un destino definido y que ha arrastrado a su hija en la empresa. Vive con lo mínimo, probablemente un salario de veterano de una guerra en el mundo árabe, lo que se nos sugiere porque usa de vez en cuando una bufanda palestina, y que vende en el mercado negro las pastillas que le recetan para su Desorden de Estrés Post Traumático.

No pasa mucho, los atrapan unos guardabosques y los ponen en manos de los servicios sociales. Son gente buena que tratan de ayudarlos, pero él no quiere ayuda, quiere seguir huyendo de sí mismo, quizá hasta consciente de ello, pero sabe que no se puede detener. Quizá su vida, de ahora en adelante, será ese continuo movimiento hacia la nada.

A cada mal paso que da, siempre se encuentra con gente buena, dispuestos a ayudarlo. Gente que también parecen haber perdido hasta las ilusiones y lo único que los anima es sentirse de alguna manera útiles.

La hija adolescente, que carece de roce social, se maravilla cuando se tropieza con la civilización. Puede ser presa fácil de cualquier embustero. El filme nos muestra, también con sutileza, su fragilidad. Su vida ha sido su padre, lo sigue y lo protege, pero poco a poco se va dando cuenta de que hay otra vida.

Debra Granik (Cambridge, Massachussets, 1963), debutó en el largometraje con una obra menor pero muy bien resuelta, Down to the Bone (2004), a la cual siguió con la extraordinaria Winter’s Bone, un filme destinado a ser menor, pero que resultó muy bien recibido por la crítica y fue el vehículo que catapultó la carrera de Jennifer Lawrence. Con este su tercer largometraje, Leave No Trace, si bien no continúa una carrera ascendente, ya que su película anterior fue mucho mejor, mantiene un buen nivel artístico y, aunque no es un filme excelente, mantiene una consistencia estética en su carrera y está muy bien realizado. Es una cinta muy sutil, que exige del espectador que se entregue totalmente al flujo narrativo.

Grinker se muestra en dominio total de su oficio. Basada en su propio guion, si bien los diálogos no fluyen exactamente como la vida real, tampoco suenan planificados, pero se nota que están bien controlados. Combina su dirección de actores y el efecto ambiental de la fotografía, con la narrativa, de manera impecable.

Las actuaciones de Ben Foster como Will, el padre, y de la neozelandesa Thomasin Harcourt McKenzie como Tom, la hija adolescente, no pueden ser mejores. Trasmiten la incertidumbre y la angustia de los personajes con los gestos perfectos. Exprimen lo mejor de los pocos diálogos y se convierten en presencia dominante a lo largo del filme. El resto del elenco los apoya con actuaciones firmes, sin llamar la atención sobre sí mismos.

La fotografía de Martin McDonough, quien trabajó con Granik en sus anteriores realizaciones y ha sido director de fotografía en episodios de Dowton Abbey, capta la naturaleza en todo su esplendor, pero sin paisajes de postal turística, con toda la rugosidad y la impenetrabilidad que la caracteriza. Estos fugitivos que solo quieren que los dejen penar en paz, tienen que luchar contra la hermosa frondosidad del ambiente, que los protege, pero a la vez les dificulta la existencia. También cambia en transición armoniosa, el grano de la fotografía cuando enfoca paisajes urbanos o paisajes rurales amansados por el hombre.

Granik se las arregla para evitar el sermón, para no tomar partido por sus personajes. Nos ofrece una muestra de una realidad muy americana, quizá hasta de una tragedia muy americana. El defecto del filme es que resulta demasiado amable, carece de ambivalencia. Debo confesar que el tema del filme no me interesa en lo más mínimo, pero en arte el contenido no es lo más importante, sino la forma en que se narra y en eso la película logró convencerme.

Leave No Trace (EEUU, 2018). Dirección: Debra Granik. Guion: Debra Granik y Anna Rosellini, basado en la novela de Peter Rock titulada My Abandonment. Director de fotografía: Martin McDonough. Con: Ben Foster, Thomasin Harcourt McKenzie, Dale Dickey y Dana Millican. De estreno limitado en ciudades selectas de Estados Unidos.

© cubaencuentro

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