García Lorca, Literatura, Cuba, España
Cuba, “gozoso deslumbramiento”
Al cumplirse recientemente 80 años del fusilamiento de García Lorca
Federico García Lorca amó los aires gitanos de esa Cuba de horizonte ensortijado que encontramos en los boleros, los sones, las guarachas y los bembés de Sindo Garay, Ignacio Piñero, Miguel Matamoros, Miguelito Cuní, Chano Pozo y Beny Moré. Suena la clave del guaguancó: el hijo de Fuentes Vaqueros, Granada, zapatea en el tambaleo, nacen palabras: ventoleras andaluzas sobre la atardecida de lirio caliente y brisa en las espaldas de los cien jinetes enlutados de sus ojos.
Canto de melaza en la piel de Dios. / Canto rociando los enigmas del mundo. / Canto que alimenta el ritmo de las abejas. // Federico cabalga con las mejillas coloreadas de toronja y pulpa de anoncillos en los labios. Federico teje la humedad en quebradizas ramas de apazote y culantro: sigue la comba huella del hormiguero. / Albahaca y pan en la bruma del sueño.
No hay diferencia entre lo criollo antillano y lo andaluz granadino. El poeta ve a la Isla como “el puente de un velero resonante” (Juan Marinello). Dos mulatos en el Paseo del Prado desenfundan el deseo en la plenitud del meridiano. Unos niños salpican de retozos el traje de lino blanco del granadino. En la Puntilla zarpa un velero y a los pies del Morro suena una timba en ritmo de columbia desafiante: un coro rodea a los tumbadores: corre el aguardiente en la luz del mediodía. Estancia habanera del autor de Poema de la siguiriya gitana: “el más gozoso deslumbramiento” le confiesa en carta a su madre, doña Vicenta Lorca. “Mi hijo habla con un entusiasmo tan grande de Cuba que yo creo que le gusta más que su tierra”.
Pero Santiago de Cuba le retumba adentro con sus sones untados de pulpa de níspero.
“Cuando llegue la luna llena, / iré a Santiago de Cuba, / iré a Santiago / en un coche de aguas negras. / Iré a Santiago”. Llega el trovador a la ciudad escoltada por los filos de la sierra y humedecida por un mar garzo de fosforescencia de peces sosegados y exclama mirando el ceño de Baracoa: “¡Oh Cuba! ¡Oh ritmo de semillas secas! / Iré a Santiago. / ¡Oh cintura caliente y gota de madera! / (...) / “¡Arpa de troncos vivos, caimán, flor de tabaco!”.
Cirios de yerbas en los ojos, citas en los embarcaderos del puerto con el aroma del carburante de las barcazas de pescadores negros con dibujos de magnolias en el pecho. “Aquí frente al agua en extremo desnuda / busco mi libertad, mi amor humano / no el vuelo que tendré, luz o cal viva, / mi presente en acecho sobre la bola del aire alucinado”. Lorca llegó a Santiago: fue testigo del “mar ahogado en la arena”.
Dicen que en un tramo del Camino de Víznar a Alfacar, en Granada, donde lo ejecutaron, hace exactamente 80 años, quiso dibujar en el lodo del atajo la almendra que masticó una tarde en La Habana. Murió recordando la fragancia de los mangos bizcochuelos del Caney.
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