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CON OJOS DE LECTOR

El espejo y el martillo (I)

Bajo el título de 'He who hits first, hits twice', se han recopilado en un dvd ocho de los documentales realizados por Santiago Álvarez.

"Trabajando con rapidez y con equipos que cualquier realizador rechazaría hoy por totalmente inadecuados, hizo una serie de filmes en los 60 y los 70 que aún no han sido superados ni como noticieros, ni como obras de propaganda, ni como piezas de cine brillantemente improvisado". La cita pertenece a un artículo que Derek Malcolm publicó en el diario británico The Guardian. Extraigo de la misma este otro significativo fragmento: "Si me pidieran recomendar un corto perfecto para que los jóvenes cineastas estudiaran, probablemente sería LBJ, de 18 minutos. Para los más impacientes, podría ser Now, de 6 minutos. Para aquellos que necesitan más, puede ser 79 primaveras (25 minutos) o Hanoi, martes 13 (38 minutos). Todos fueron realizados por el mismo director: Santiago Álvarez".

En su artículo, Derek Malcolm formulaba además una interrogación: ¿por qué nos hemos olvidado de él? En efecto, Santiago Álvarez (La Habana, 1919-1998) es hoy un cineasta que apenas se recuerda. Y cuando expreso esto no desconozco que en Santiago de Cuba se celebra un festival de documentales que lleve su nombre, aunque no se puede decir que se le dé mucho relieve. Ni que meses atrás un semanario cultural de la Isla lo recordó con un dossier. Pero ése no es el punto. Me refiero a que su obra prácticamente no tiene presencia, no se programa, no se puede ver. Ya sea para que los más jóvenes la puedan conocer, o para que quienes la conocimos en su momento tengamos la oportunidad de comprobar si conserva algún interés o si, por el contrario, ha envejecido mal.

En la programación del pasado Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana un homenaje al director y escritor italiano Pier Paolo Pasolini, con motivo del 25° aniversario de su asesinato. Pero ni siquiera se mencionó que en el 2005 también se cumplieron cuatro décadas del estreno de Now y cuarenta y cinco años del estreno del primer noticiero que dirigió Álvarez. Aporto otro dato: sobre el cineasta que dejó a la revolución cubana su más importante archivo de imágenes y que, de hecho, fue su cronista cinematográfico oficial, se han publicado monografías y libros en Inglaterra ( Santiago Álvarez, compilación de Michael Chanan, 1980), Venezuela ( Santiago Álvarez. Cronista del Tercer Mundo, compilación de Edmundo Aray, 1983) y Brasil ( O Olho da revolução-O cinema urgente de Santiago Álvarez, de Amir Labaki, 1994). En Cuba, créanlo o no, ninguno.

Esa dificultad para acceder a su obra es, por otro lado, una de las razones por las cuales la obra de Álvarez tiene hoy escaso eco y reconocimiento. Eso pese al esfuerzo hecho años atrás por algunos festivales y cine-clubs de varios países. Otro factor que ha influido es que, como señala Amir Labaki, la caída de los regímenes socialistas hizo que "todo lo relacionado con cualquier experiencia revolucionaria se volvió automáticamente negativo y arcaico". A lo cual agrega que "el carácter esencialmente militante de su cine le valió desde siempre admiraciones y repudios igualmente automáticos, conforme a la posición que se tenga frente al régimen instaurado en Cuba en 1959".

Mas he aquí que en este panorama podemos consignar un muy loable proyecto por recuperar parte de la obra de Álvarez. El año pasado la distribuidora independiente norteamericana Extreme Low Frequency Films puso en circulación comercial el dvd He who hits first, hits twice. The Urgent Cinema of Santiago Álvarez, que reúne ocho de los títulos de su extensa filmografía: Now (1965), Cerro Pelado (1966), Hanoi, martes 13 (1967), Hasta la victoria siempre (1967), LBJ (1968), 79 primaveras (1968), El sueño del pongo (1970) y El tigre saltó y mató, pero morirá… morirá (1973). No se trata de copias remasterizadas, lo cual es de lamentar, dado que en algunos casos las imágenes no poseen una calidad óptima, mas lo fundamental es el hecho de que por fin estén al alcance del público.

Lo que se recoge en He who hits first, hits twice viene a ser, se impone aclararlo, una parte mínima de la extensa producción de Álvarez. Integran ésta unos 600 números del Noticiero ICAIC Latino-Americano (lo consideraba su mayor aporte creador, aparte de la escuela donde se hizo: "lo quiero más que todos los otros documentales"), 93 documentales, 3 videos, un largometraje ( Los refugiados de la Cueva del Muerto) y un dibujo animado ( Los dragones de Ha-Long). Entre los documentales además los hay de corto, medio y largo metraje (en nuestra cinematografía, De América soy hijo… y a ella me debo, 3 horas 15 minutos, sólo es superado en duración por El Siglo de las Luces).

Con todo, hay que decir que la selección hecha en el dvd es acertada y muy representativa de la estética de quien se definía de este modo: "Soy ante todo un agitador político; recién después soy cineasta". Algo sobre lo cual insistió en numerosas ocasiones, cuando lo interrogaban acerca de su trabajo: "Yo hago propaganda política, hago panfletos políticos, hago didactismo político". Si uno le hubiese preguntado: ¿pero y la objetividad?, de seguro habría recibido una respuesta como ésta: "Soy político, subjetivamente político. Creo que uno debe meterse dentro de las cosas. Yo no creo en la objetividad de nadie ni de nada. La objetividad es un falso pretexto con que uno se encubre para engañar al pueblo. Yo soy siempre muy subjetivo. Soy muy parcial".

Álvarez nunca tuvo prejuicio alguno contra las obras de arte concebidas como armas de combate (de hecho, la mayoría de las suyas lo son). La posteridad tampoco formó parte de sus preocupaciones y proclamó el carácter instrumental y efímero de sus filmes. Estamos, por tanto, ante una obra cinematográfica que no engaña a nadie: su discurso ideológico corre paralelo al compromiso político y social de su director.

Un panfleto, un alegato explosivo

Tales declaraciones de principios aparecen llevadas a vías de hecho en una obra tan temprana como Now, cuyo concepto es, por cierto, idéntico al que muchos años después se aplicaría en los video-clips. Estamos ante un documental épico, un panfleto, un alegato explosivo. El propósito que persigue Álvarez es claramente golpear la conciencia del espectador, a través de una canción y unas imágenes que significan un puñetazo en pleno rostro. La elección misma del tema, una versión del Hava Nagila interpretada por Lena Horne censurada y prohibida por las autoridades del sur de los Estados Unidos, no deja lugar a dudas. Pero por si las hubiese, al final del documental los disparos de una ametralladora van trazando sobre la pantalla en blanco la palabra now.

Mas pese a su declarada parcialidad ideológica, Álvarez no busca convencer por la vía emotiva, no trata de obtener nuestra compasión por el brutal e inhumano trato que recibían los afroamericanos. Deja que las imágenes hablen y actúen por sí mismas (el buen dominio de los medios expresivos puramente cinematográficos fue siempre una de sus cualidades). Confía además en la tremenda fuerza de la canción y en la poderosa voz de Lena Horne. Hablo de imágenes y música, y estoy cometiendo un error: uno de los hallazgos que más admiro en Now es esa asombrosa síntesis total, esa capacidad para conseguir que ambas se integren como si hubiesen sido creadas unas para la otra. De hecho, la duración del filme coincide exactamente con la de la canción y es una de las razones de su eficacia y su fuerza.

Eso lo logró Álvarez mediante un laborioso e inteligente trabajo de montaje, otro de los puntos esenciales de su cine. El suyo es, en esencia, un cine de montaje, un recurso que desempeña un papel primordial cuando se quiere comunicar ideas. Era famosa su divisa: "Denme dos fotografías, una moviola y una música y les haré un documental". En Now demostró que no exageraba un ápice. Quería realizar un filme sobre la discriminación racial en los Estados Unidos (fue testigo personal de ello a los diecinueve años, cuando vivió allí), pero no poseía suficiente material. Tampoco podía pensar en poder ir a filmarlo, por razones políticas obvias. De manera que se vio obligado a recurrir a la piratería, la canibalización de materiales ajenos. Desde la mesa de edición se dio a la tarea de dar vida a fotografías y titulares de revistas y periódicos norteamericanos. Ideó un montaje dinámico, moderno y comunicativo que dotó a las vistas fijas de una movilidad sorprendente. La conjunción de todos esos hallazgos y aciertos cristalizó en Now, calificado con acierto por José Antonio Évora como un exorcismo de la pasión, pero también una fiesta de la inteligencia.

La necesidad, el no contar con material fílmico, fue, pues, un recurso no preconcebido por Álvarez. Pero como fueron ésas las condiciones en que debió trabajar en numerosas ocasiones, terminó por convertirse en uno de los rasgos distintivos de su cine, y dio lugar a lo que puede llamarse su estética del reciclaje. Ese empleo imaginativo de las fotos que hizo en Now está presente también en LBJ y El sueño del pongo. Este último es un raro ejemplo de filme en el que incluye un narrador, un elemento sin el cual El sueño del pongo no existiría. Por otro lado y atendiendo probablemente a la sencillez e ingenuidad que provienen de su origen popular, Álvarez confió su lectura a un niño. El texto que se escucha es la adaptación, hecha por Roberto Fernández Retamar, de un cuento del narrador peruano José María Arguedas; de ahí que algunos clasifiquen el filme como la única obra de ficción del cineasta cubano. No era usual que usase colaboradores en los guiones ("el guión de mis documentales no lo pongo yo, casi siempre lo pone el enemigo"). No obstante, en los créditos de algunos figuran los nombres de Rebeca Chávez ( La guerra necesaria, Mi hermano Fidel, El tiempo es el viento, Maputo: Meridiano Novo) y Marta Rojas ( Los dragones de Ha-Long, Abril de Vietnam en el año del gato, El gran salto al vacío).

El sueño del pongo es además uno de los trabajos suyos hechos con recursos visuales más limitados. Éstos se reducen a unas pocas fotos y algunas imágenes tomadas de un libro de Miguel Ángel. Por ese tiempo, Álvarez había viajado a Perú, para filmar un reportaje sobre el terremoto que afectó a ese país (de esa experiencia surgieron Piedra sobre piedra y Yanapanacuna). En una entrevista contó que un día, al entrar en la plaza de toros de Lima, su olfato lo llevó a fotografiar a un personaje siniestro, que resultó ser el gamonal Puga Estrada (finalizado el filme, se enteró de la noticia de su procesamiento por el asesinato de unos indios). Para el pongo, Álvarez fotografió a un indio a la puerta de un mercado limeño. Este hombre, recordó, huía de la cámara, pero una vez que él le habló, aceptó colaborar.

Álvarez obviamente no ilustra el cuento de Arguedas, sino que lo recrea mediante una narrativa visual imaginativa e innovadora. El agitador profesional no desaparece, pero rebaja el tono y adopta registros más sugerentes. Algo muy distinto es lo que hace en LBJ, que un diario argelino calificó en su momento como "la artillería pesada y la bazooka cubana".

© cubaencuentro

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