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CON OJOS DE LECTOR

La Historia convertida en mito literario (II)

Lezama Lima penetra con pasión, inteligencia y agudeza en nuestras instancias formadoras y nos revela las esencias secretas de lo americano.


En El Romanticismo y el hecho americano, Lezama Lima se refiere a José Martí. Ya en el ensayo anterior lo había mencionado, al expresar que esa capacidad del Aleijadinho de recibir una herencia cultural y artística y devolverla acrecentada, es la gesta que en el siglo siguiente va a realizar el escritor y patriota cubano. Ahora retoma su figura para avalar su tesis de que "la tradición de las ausencias posibles ha sido la gran tradición americana". Martí, sostiene, representa la plenitud de la ausencia posible. Asimismo vislumbra en él "el relámpago de las siete intuiciones de cultura china, que le permite tocar, por la metáfora del conocimiento, y crear el remolino que lo destruye". Pero no olvida que pertenece al mundo americano, y expresa que su muerte hay que situarla dentro del Pachacámac, el dios invisible de los incas.

En ese ensayo alude a los dos diarios escritos por Martí poco antes de su muerte. Esos textos presiden dos grandes momentos de la expresión americana: aquel en el cual se crea un hecho por el espejo de la imagen, y ese otro, al cual pertenecen la jácara mexicana y la poesía gauchesca, en que se logra "el retablo para la estrella que anuncia el sol naciente". Lezama Lima se detiene de nuevo en los diarios martianos en Nacimiento de la expresión criolla, donde incorpora a Martí al señor barroco y el señor estanciero, dos de las figuras míticas creadas por él para identificar nuestras eras imaginarias. Lo llama "señor delegado de la ausencia y de las leyes inexorables de la imaginación". En otra de sus numerosas remisiones a la cultura universal, expresa que en los diarios martianos, al igual que en la entrada de la cámara subterránea de los antiguos egipcios, "las palabras están tan seguras como las cosas que nos vamos a llevar para hablar con el sombrío chambelán". Y agrega una de sus muchas agudas observaciones: la cercanía de la muerte no impide a Martí que en sus descripciones del campo cubano adquiera una gran intensidad "el color de quien está en lo suyo".

No olvida Lezama Lima el significativo aporte de la cultura popular para la formación de la expresión criolla. Esa "otra corriente sumergida" la ejemplifica en manifestaciones poéticas populares como la poesía gauchesca y el corrido mexicano. Para él se trata de "la poesía que prescinde de la literatura", y cuya raíz "está en una zona donde no corre la literatura, pero que hace de la poesía una moneda de relieve apagado, pero de sanguínea flor de feria". Es admirable en este aspecto la ternura con que escribe acerca del origen de estos poetas malos pero imprescindibles: "Surge de esas casas sin libro, de esa cuartería muy nutrida de loros, pianos viejos y fundas con letras inexplicables, donde de pronto asoman ediciones de baratillo de Quevedo, con mitad de chiste desabrido y su otra mitad para los sueños; un Espronceda para el suicida y el anarquista, el amargo, el desaprensivo, que se retira de la insignificancia de todos los días con un pozo para la maldad que se acumula y se arrincona; un Bécquer, que provoca la mariposa y el pintiparado, las ventanas con tiestos hormigados".

Del mismo modo que antes señaló lo que distingue el barroco europeo del americano, Lezama Lima anota acertadamente las diferencias entre el romance hispano y el corrido mexicano. Mientras que el primero se nutre de los grandes acontecimientos históricos, el segundo se inspira en hechos de significación menor y, sobre todo, en "el suceso de folletín y las lágrimas provincianas de Telésforo por Irene". Otro rasgo que singulariza al corrido y lo aleja del romance es, según él, esa manera tan americana de combatir con alegría y lujo verbal. En cambio, le encuentra puntos de contacto con las jácaras de Francisco de Quevedo, que en nuestro paisaje se enriquecen con regalías americanas y adquieren una vida que las agranda. En el corrido, además, halla las "chispas de la rebelión" descubiertas por él en nuestro barroco. Ahora, sin embargo, no se trata de una rebelión antiespañola, sino de aquella que surge ante "maldades nuestras".

La comparación anterior la extiende a José Guadalupe Posada, el grabador mexicano cuya obra está tan íntimamente ligada a la mejor época del corrido. Establece un paralelo entre él y Francisco de Goya, para destacar el contraste entre dos esencias. En los grabados de Goya están presentes los símbolos de un mundo teológico, en donde "la caída aparece siempre acompañada de unos golpes con escoba sulfúrica". Esa referencia no la hallamos en los grabados de Posada, quien partía de sucesos políticos y de la crónica roja para crear su "inmensa esqueletada sonriente". La visión tan distinta que tienen ambos respecto a la muerte Lezama Lima la atribuye al hecho de que en América esa figura se debilitaba, pues el nuevo paisaje "demandaba nuevos ofrecimientos", lo cual ahuyentaba el centrarse en "las postrimerías y la carroña".

El nacimiento de la expresión criolla, para el cual estaban ya dadas las condiciones, tuvo como primer reto la conquista de un lenguaje vernáculo. Esa tarea la inicia el "señor estanciero", a quien le corresponde llenar un vacío y "fundar un dominio verbal y terrenal". Lezama Lima encuentra ese idioma en la oralidad, con lo cual vuelve a sus orígenes primigenios. "Más guitarras que letras, parece decir, y de nuevo se lleva la alegría del idioma, renaciendo desde las raíces que hicieron posible el romancero", anota. Y luego comenta que mientras en España una pelusilla gris había ido cayendo sobre las palabras, en las tierras americanas, por el contrario, el idioma siente nuevamente "los pífanos agudos del romancero, con toda la novedad de una feria verbal, protegida por la noche querenciosa del ombú".

Al referirse al Martín Fierro de José Hernández, Lezama Lima hace notar que se empeña en romper todo vínculo con el galpón de la ciudad. En su huida y su errancia, el protagonista pasa la mayor parte de su vida en los límites extremos de la frontera y las grandes extensiones de la pampa. Ésta, como afirma Saúl Yurkievich, se hace paisaje en el poema de Hernández gracias al nuevo lenguaje que asegura el paso de la imago a icono verbal. Pero en realidad, es nuestra naturaleza "la que añora ser expresada, y ella es la que promueve y reconoce la palabra esencial".

Un paisaje abierto que engendra cultura

Eso nos lleva al concepto de espacio gnóstico, introducido por Lezama Lima en Sumas críticas del americano, el último de los ensayos de su libro. Lo opone a la concepción dictada por los europeos, según la cual el paisaje se reducía al ser humano. Asimismo la impugna al sostener que el paisaje "nos lleva a la adquisición del punto de mira". Para él además representa "la naturaleza amigada con el hombre", así como una de las formas del dominio logrado por éste. Por otro lado, ese concepto europeo, afirma Lezama Lima, no podía aplicarse en el vasto y abierto espacio americano, al cual atribuye un importante papel como definidor de nuestra expresión: "En América dondequiera que surge posibilidad de paisaje tiene que existir posibilidad de cultura". Avala su tesis con ejemplos convincentes: el valle de México, la bahía de La Habana, la zona andina de Cuzco donde germinó el barroco. Y agrega otro mucho más sorprendente, aunque coherente con algunas de las ideas que desarrolla en su libro: Francisco de Miranda no encontró un nuevo centro en los paisajes de Inglaterra, Francia y Rusia. Sólo lo consigue en un calabozo, donde reconstruye su país por ausencia.

Asimismo Lezama Lima señala que, a diferencia de continentes como África o Asia, en donde el espíritu occidental no pudo extenderse ni integrarse a la naturaleza, en América el espacio gnóstico aguardaba una "fecundación vegetativa", esperaba que "la gracia le aportase una temperatura adecuada, para la recepción de los corpúsculos generatrices". Además de acertadas expresiones como "protoplasma incorporativo", "potencia recipiendaria" y "horno transmutativo de la asimilación", a lo largo de los cinco ensayos emplea términos como voracidad, banquete, saboreo, apetencia, devoración y festín. Eso ha llevado a Irelmar Chiampi a señalar las semejanzas entre la asimilación orgánica de Lezama lima y la mucho más audaz teoría de la antropofagia o el canibalismo que el brasileño Oswald de Andrade planteó en su Manifiesto Antropófago (1928). "Sólo me interesa lo que no es mío. Ley del hombre, ley del antropófago", expresa allí De Andrade para reivindicar y legitimar la apropiación de lo extranjero por la cultura brasileña. Pese a que no alude al Manifiesto Antropófago, sostiene una opinión similar Saúl Yurkievich, para quien el autor de La expresión americana "concibe América como voracidad sincrética, como un gran estómago capaz de asimilar manjares de cualquier origen, todo lo que incite su apetito: América digesta, apta para participar en el festín de todas las culturas, la de la digestión universal, metamorfósica, dotada de la máxima potencia fruitiva y asimilativa".

Al analizar el desarrollo de nuestra expresión en el siglo XX, Lezama Lima se refiere a la década de los años veinte, cuando "el concepto de originalidad estallaba y se extendía como los avisos matinales del gallo". Hace en ese sentido un par de inteligentes precisiones. La primera es para puntualizar que en esa frenética búsqueda de lo original y lo nuevo, se olvidaba que lo que la motivaba e impulsaba sus pasos era el cansancio de la cultura europea, algo a lo cual se refirió en el primero de los ensayos. La otra idea, que da lugar a varias páginas, es la de que, al juzgarse el carácter rupturista de la obra de creadores como Pablo Picasso, Igor Stravinsky y James Joyce, se perdía de vista su deuda con las generaciones que les precedieron, su espinazo histórico. Lo que se consideraba originalidad viene a ser, para Lezama Lima, producto de una secreta continuidad, pues "las generaciones tienen que partir de su creación, no de un voluntarioso anti, de un combatir a, en proyección matinal de adivinación de futuro". En particular, dedica amplio espacio al artista español, sobre quien expresa: "Ningún pintor ha enseñado tantas cosas ocultas, resurgido tantos estilos, proyectado sobre épocas muertas tantas posibilidades de reencuentros y de inicios". Y no duda en valorar como fértil y provechosa la influencia de su "aguijón fertilizante" en los artistas americanos.

Lezama Lima cierra este último capítulo con un resumen de las principales ideas expuestas por él en La expresión americana, y cuyo núcleo irradiador es la cuestión de hasta qué punto la cultura americana posee identidad propia y no constituye una simple prolongación de la europea. Así, mientras en aquel continente el barroco se había convertido en un inerte juego de formas, en América "el señor barroco domina su paisaje y regala otra solución cuando la escenografía occidental tendía a trasudar escayolada". Cuando el idioma en España decaía, en América "ofrecemos la dionisiaca guitarra de Aniceto el Gallo y el fiesteo cenital en la rica pinta idiomática de José Martí". Y, en fin, "frente al glauco frío de las junturas minervinas o la cólera del viejo Pan anclada en el instante de su frenesí", América ofrece en sus selvas el turbión del espíritu, que "se deja distribuir apaciblemente por el espacio gnóstico, por una naturaleza que interpreta y reconoce, que prefigura y añora".

A medio siglo de la publicación de La expresión americana, se puede discrepar con los presupuestos teóricos a partir de los cuales Lezama Lima interpreta la historia y la cultura americanas (es obvio que deja fuera aspectos esenciales). Pero del mismo modo se debe reconocer que su proyecto se halla lejos de ser arbitrario, pues posee una lógica y una causalidad propias, además de desplegar una gran lucidez analítica. Uno de los aspectos que admira de su libro es que, como ha señalado Oscar Collazos, el discurso racional, subyacente, viene por vía de un proyecto poético que, sin soslayar la teología, la hace literatura, y sin soslayar la rigidez de la Historia, la convierte en mito literario. No hay que olvidar, anota también Collazos, que Lezama Lima no busca una historia, sino una mitología. No lo dialéctico, sino lo ontológico. Precisamente, ese acercamiento a nuestros gérmenes seminales, a aquellas manifestaciones definidoras del mundo americano, le permite penetrar con pasión, inteligencia y agudeza en nuestras instancias formadoras y revelarnos las esencias secretas de lo americano.

© cubaencuentro

4 Comentarios


4 by miraque sihablo (Usuario no autenticado) 20/05/2010 7:40

A que Zoe se refieren ,la escritora.Por favor! ya no sabe de que manera llegar mas alto hablando de aquel sistema del cual estuvo beneficiada.Que se cultive un poquito para ver si escribe algo que valga la pena.

3 by RIC (Usuario no autenticado) 09/10/2007 18:40

olé tus cojones, se dice en España. Te adoro. Suscribo cada sílaba tuya.

2 by ric (Usuario no autenticado) 09/10/2007 11:40

Lezama es el bluff más grande de la literatura latinoamericana, una mentira que todos se han creído o pretenden creerse por no desentonar con ciertas tendencias chic. Su gran valor que es ha logrado que todos se crean esa pretenciosa nube de humo que es su obra. Es el ejemplo perfecto de aquel cuento sobre el rey que iba desnudo y nadie en su entorno era capaz de decírselo ni de confesárselo entre ellos por temor a perder la cabeza, en este caso, por temero a no ser considerado parte de los iniciados. Y así, vemos a gente que llega a comparar a Lezama con Proust... Ésos, o se han fumado un porro de ley, o se leyeron a Proust en vietnamita...

1 by Y aquí nadie hace comentarios (Usuario no autenticado) 08/10/2007 17:00

ja ja ja, están todos desmoñingandose por Zoe en contra y a favor... ay Cuba si te dijera yo que te conozco tanto...

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