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Actualizado: 25/01/2022 14:16

Lexicografía, Idioma, Francia

Para los franceses, ya no hay solo el él y ella

Del fetichismo lexicográfico convertido en causa política

Los límites entre el reconocimiento social, la justicia y la valoración —cuando se trata de aspectos y temas relacionados con el género y la raza, por ejemplo— comienzan a tornarse en un pantano donde la distinción entre lo necesario y lo frívolo resulta cada vez más difícil.

Uno de los problemas actuales es que los logros alcanzados en la lucha contra la discriminación y al abuso, extienden a la vez las fronteras de lo imaginable hasta casos en que —al menos para algunos, entre los que me cuento— las reivindicaciones no resultan tan meritorias o se perciben como un poco ridículas.

Ello ocurre cuando en el plano sociocultural, en lugar del exclusivamente biológico, o de una visión limitada de la biología o una biología limitada —donde todo es más fácil— se trasciende de la cultura en general al detalle de la palabra; al nombre como reclamo y no como relación. Y así se entra en el terreno de la lexicografía.

Acaba de ocurrir en Francia, donde no solo las características del lenguaje, sino de su cultura e historia, pueden agravar la aparición de un pronombre en un diccionario.

Lo primero es mencionar una de las características fundamentales del francés, un lenguaje que a diferencia del inglés es extremadamente específico en el uso del género (algo que comparte con el español, pero a un grado aún mayor). Lo segundo —y aquí también viene al caso la similitud con el español— es enfatizar en dicho lenguaje nacional, la existencia de una academia que rige la normativa del uso.

Así que cuando en su última edición en internet, el Petit Robert —que compite con el Larousse en autoridad lingüística, aunque no le gana— agregó el “iel” a su vocabulario, la controversia no es pequeña y llega al Elíseo.

“Iel” es una fusión de género neutro del masculino “il” (él) y el femenino “elle” (ella).

El Robert define “iel” como “un pronombre de sujeto en tercera persona, en singular y plural, utilizado para evocar a un individuo de cualquier género”.

(En francés —a diferencia del inglés donde son neutros— los nombres son masculinos o femeninos. Así, en inglés uno dice “cheese”, pero en francés es “le fromage”; en inglés es “author”, pero en francés “l’auteur”.)

Al primero que no le ha hecho gracia el asunto es a Jean-Michel Blanquer, el ministro de Educación: “No se debe manipular el idioma francés, sea cual sea la causa”, dijo. Y luego agregó que estaba de acuerdo con los que consideraban que el “iel” era una expresión de “wokisme”: la importación de una actitud y un pensamiento típico de la sociedad estadounidense actual, destinado a difundir la discordia racial y de género sobre el universalismo francés.

Incluso fue más allá el mes pasado, cuando le declaró al diario Le Monde que una reacción violenta contra lo que llamó la ideología del “woke” (despertar, estar alerta ante la injusticia social y en especial la racial) fue un factor fundamental en la victoria de Donald Trump en 2016. Y por supuesto que los franceses no quieren un Trump en su país.

Al ministro se unió Brigitte Macron, la primera dama.

“Hay dos pronombres: él y ella”, declaró Madame Macron, que antes de ser esposa del presidente fue su maestra. “Nuestro idioma es hermoso. Y dos pronombres son los apropiados”.

Un movimiento a favor de la “escritura inclusiva” viene batallando contra el establishment lingüístico en Francia (igual ocurre en España). Tiene como objetivo el desviar el idioma francés de su sesgo masculino; incluida la regla de que cuando se trata de la elección de pronombres para grupos de mujeres y hombres, la forma masculina tiene prioridad sobre la femenina; y cuando se trata de adjetivos que describen reuniones mixtas, se adopta la forma masculina, señalan Roger Cohen y Léontine Gallois en The New York Times. En la práctica esto se traduce en la práctica sosa de agregar la partícula femenina en el enunciado, para liquidar el neutro percibido erróneamente como masculino; al oído y la vista, no se logra superar la cacofonía, aunque se formule bajo el manto de la “corrección política”.

La Academia rechazó tales intentos a principios de este año. Su secretaria a perpetuidad, Hélène Carrère d’Encausse —madre del escritor y cineasta Emmanuel Carrère—, especialista en historia de Rusia y de la Revolución de Octubre, así que tiene conocimiento y autoridad para hablar de totalitarismos y extremos, dijo que la escritura inclusiva, incluso si parece impulsar un movimiento contra la discriminación sexista, “no solo es contraproducente por esa causa, sino perjudicial para la práctica y la inteligibilidad de la lengua francesa”.

Quienes están en contra del modelo clásico del idioma francés —que cuenta con siglos de existencia— argumentan que el limitarse a las identidades binarias implica que se niegue la existencia de otras posibilidades.

Sin embargo, en realidad esa preponderancia del plano sociocultural no solo va contra las limitaciones del plano biológico, sino que principalmente le otorga la primacía a una consideración ideológica, que en la práctica se transforma en una declaración política (“correcta”); la cual, cuando no se cumple, implica el riesgo de situar a mensajero y mensaje en la categoría de hereje y herejía: convertirlo en paria e incorrecto: destinarlo a una posición inadecuada.

Si de lo que se trata es de impedir la discriminación y otorgar un reconocimiento, hay otros medios menos pueriles.

Entre la nimiedad y el dogmatismo también se mueve la decisión del Departamento de Estado, de agregar al pasaporte de EEUU una “x” a marcar, para quienes no se sienten conformes con una clasificación binaria de género.

En Francia, en Estados Unidos, y en España también, las afinidades electivas superan las diferencias en los idiomas.

El diccionario Larousse se burló de la iniciativa del Robert, descartando “iel” como un “seudo pronombre”. Pero hay más que eso. La “x” o “iel” son ejemplos de fetiches culturales de nuestra época; causas por las que se batalla y se convierten casi en objetos de culto; referencias obligadas que indican el abandono —o el acomodo— frente a problemas más apremiantes.

© cubaencuentro

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