CON OJOS DE LECTOR
Cuentos de soldados y corresponsales
En 'Heridas bajo la lluvia', Stephen Crane recreó la dimensión mediática que la prensa sensacionalista de Estados Unidos dio a la guerra hispano-americana.
Ciento seis años después que se publicó en su idioma original, ha llegado al público de habla hispana Heridas bajo la lluvia (Rey Lear, Madrid, 2006, 245 páginas), el volumen de narraciones que el norteamericano Stephen Crane escribió a partir de su experiencia como corresponsal en la guerra hispano-americana. Sin embargo, esa prolongada demora no significa que nos hallemos ante una obra a la cual hay que acercarse con la actitud perdonavidas de: fue redactada hace más de un siglo, de modo que hay que disculparle el estilo de la época y los aspectos que hoy resultan anticuados. Nada de eso es necesario en este caso: Heridas bajo la lluvia conserva una frescura y una modernidad en la escritura y en el tratamiento del tema bélico sencillamente admirables. Es literatura que, pese al tiempo transcurrido, ha conseguido mantenerse viva.
Aunque el libro se editó póstumamente, Crane escribió varios de los cuentos cuando aún se hallaba cumpliendo su labor como corresponsal, y otros están fechados pocos meses después de que finalizó la guerra. Todos además —y no muchos de ellos, como se afirma en la introducción— vieron la luz por primera vez de manera independiente, en publicaciones como Saturday Evening Post, New York Herald, McClure's Magazine, Anglo-Saxon Review, Strand Magazine y Blackwood's Edinburgh Magazine. De hecho, Crane tuvo que escribir seis de las piezas en Cuba, pues aparecieron cuando él se encontraba allí.
En su caso, era bastante usual que su trabajo como periodista le suministrara material para su obra narrativa. Muchos de sus libros se basan por eso en episodios vividos y presenciados por él, por lo cual cabe hablar en este sentido (no así en el de la elaboración estilística y formal) de textos libres de "literatura". Ese conocimiento de primera mano de la realidad que trata en Heridas bajo la lluvia, es precisamente lo que da a esas páginas la sensación de veracidad y vigor que transmiten.
En esos cuentos, el tratamiento ficcional de sus experiencias en Cuba alcanza distintos grados. Recuerdos de guerra, el más extenso de todos, mantiene sin más el formato de reportaje, y aunque el narrador, un corresponsal de guerra, se identifica como un tal Vernall, es evidente que se trata de un alter ego de Crane. También pone mucho de sí mismo en el Pequeño Nell ( Dios os dé descanso, caballeros alegres), un corresponsal del New York Eclipse en el cual se autoparodia. Otros textos son reescrituras de sus despachos, con la adición de algunos recursos fabuladores. Los marines hacen señales bajo el fuego de Guantánamo, por ejemplo, es la expansión de una imagen que figura en The Red Badge of Courage Was His Wig-Wag Flag, una de sus mejores crónicas sobre aquel conflicto bélico. En otras ocasiones, en cambio, el narrador se sobreimpone, y de ello resultan cuentos como Esta majestuosa mentira, El clan sin nombre y El ataque solitario de William B. Perkins. Pero incluso en la mayoría de éstos las anécdotas son muy sencillas, como si su autor no tuviera otra pretensión que la de presentar simples escenas de guerra. Al respecto, es muy significativo que en muchos de los estudios y ensayos sobre Crane que he consultado, esas narraciones aparecen catalogadas como sketches, esto es, bocetos, apuntes, esbozos.
Además del contexto histórico y el escenario geográfico, los textos de Crane son bastante similares en su composición formal. Excepto el antes mencionado Recuerdos de guerra, están contados además desde el punto de vista de un narrador omnisciente, quien, no obstante, en algunas ocasiones delata su condición de observador irónico e incluso partícipe de los hechos. Así, en la quinta página de Esa majestuosa mentira, el narrador desliza: "Johnnie nos gustaba a todos. De vez en cuando, alguno de nosotros escuchaba por su boca la vibración de una experiencia meditativa". Al final, adquiere presencia física como personaje individual, recurso que Crane emplea para revelar el desenlace de la historia (el narrador lo oye de labios de Johnnie, quien lo ha invitado a cenar).
Ambrose Bierce, compatriota y contemporáneo de Crane, es autor de un libro titulado Cuentos de soldados y civiles. Si adoptáramos ese patrón, Heridas bajo la lluvia bien pudo haberse llamado Cuentos de soldados y corresponsales, pues son ésos los personajes que pueblan sus páginas. Excepcionalmente, en La segunda generación hallamos a un senador y su hijo, a quien su padre consigue, valiéndose de sus influencias, un puesto como capitán en el frente. Asimismo en El clan sin nombre figura entre los personajes una joven que recibe una propuesta matrimonial de un señor de Tampa. Pero repito, se trata de excepciones. Los verdaderos protagonistas son, por un lado, los soldados de uno y otro bando que se enfrentan en los combates, y, por otro, los periodistas que cubren el conflicto bélico y que acompañan a aquéllos en algunas de sus acciones.
Acerca de la presencia de los reporteros, hay que recordar que la hispano-americana fue la primera guerra en la cual los periodistas tuvieron una participación tan numerosa como destacada. Tras eso estaba el mítico William Randolph Hearst (Orson Welles dejó de él un imborrable retrato en El ciudadano Kane), editor del New York Journal, quien convirtió aquel conflicto bélico en un espectáculo sensacionalista. Con tal propósito envió a Cuba a ocho corresponsales, entre ellos el famoso pintor y dibujante Frederic Remington (lleva su firma el cuadro de una batalla en San Juan, Puerto Rico, que se reproduce en la cubierta de Heridas bajo la lluvia). Existe una anécdota relacionada con él que ilustra el interés por multiplicar las ventas de su diario que movía a Hearst. Cansado de esperar el inicio de las acciones y agobiado por el calor y la humedad de nuestro clima, Remington pidió a su jefe que le permitiese regresar a Estados Unidos. La tajante respuesta de éste se hizo famosa: "Permanezca en La Habana. Usted ponga las imágenes, que yo pondré la guerra".
La guerra despojada de heroísmo
En sus cuentos, Crane retrata a los editores tipo Hearst, quienes "parecían sordos a los que era necesario gritar al oído". Resume de este modo su incesante reclamo de artículos sensacionalistas: "No eran suficientes unas pocas palabras de información discreta; uno tenía que berrear a sus oídos un torbellino de cuentos de heroísmo, sangre, muerte, victoria o derrota; en fin, algún tipo de tragedia. Los periódicos deberían haber enviado dramaturgos a la primera etapa de la guerra". Crane también se refiere con fino humor al desconocimiento del tema bélico que tenían muchos de los periodistas que fueron enviados a Cuba. Véase como presenta al protagonista de El ataque solitario de William B. Perkins: "No podía distinguir entre un cañón rápido de cinco pulgadas y un picador de hielo plateado, y por eso, naturalmente, fue elegido para cubrir el puesto de corresponsal de guerra. El responsable era el editor del Minnesota Herald. Perkins no tenía conocimiento alguno sobre la guerra y tampoco especial perspicacia para adquirirlo".
Esa dimensión mediática y propagandística que pasó a adquirir la guerra es uno de los aspectos que realzan la modernidad del libro. Mas es sólo uno de sus varios aciertos y hallazgos. Otro lo es la imagen desmitificadora y despojada de heroísmo del asunto bélico que ofrece Crane. Americanos, españoles y cubanos reciben similar tratamiento por parte del autor, quien nunca cae en el maniqueísmo de buenos y malos, vencedores y vencidos. A modo de ilustración, véase cuánta ternura por los españoles que yacen muertos en una trinchera destila este fragmento de La segunda generación: "Algunos yacían cómodamente acurrucados, como niños dormidos; uno había muerto como si estuviera recostado en la silla del dentista; otro estaba sentado en la trinchera, con la barbilla pegada al pecho con pesimismo; muy pocos ofrecían muestra alguna de la agitación de la batalla. En la mayoría de los casos parecía como si la muerte los hubiera tocado tan suave, tan levemente, que no se habían enterado de su llegada. La muerte se les había presentado más como un narcótico que como una acometida sangrienta".
No falta, es cierto, el homenaje a las muestras de heroísmo de quienes combatían. En Los marines hacen señales bajo el fuego de Guantánamo, Crane se refiere a la labor que realizaban cuatro soldados norteamericanos, cuya misión consistía en comunicarse con los buques, por el día con banderas y por la noche, con faroles. Para hacerlo, debían exponerse al fuego de las tropas españolas, del cual eran un blanco fácil. Según expresa el narrador, de todas las acciones "ninguna fue tan dura para los nervios, ninguna llevó el valor tan al límite del pánico". A lo cual añade: "Cómo demonios no estaban llenos de plomo de la cabeza a los pies esos cuatro hombres del campamento McCalla y eran enviados a casa más como repuestos de munición española que como marines, sobrepasa toda lógica".
Pero junto a páginas como ésas, son más abundantes aquellas en las que Crane describe un cuadro realista, crudo e intenso de aquel enfrentamiento entre hombres que luchaban sin saber muy bien por qué. Es innegable que ve la guerra hispano-americana como un acto arbitrario e irracional, por el cual no puede sentirse apasionado. No lo dice de manera abierta, pero implícitamente se muestra crítico con la decisión norteamericana de forzar un conflicto bélico que España tenía perdido de antemano; y en La venganza del Adolphus se refiere al mismo como "la acción imbécil de un gobierno de palurdos".
En ese sentido, merece destacarse un cuento tan sardónico como La segunda generación, uno de los mejores de todo el libro. Está cargado de esa ironía que Crane sabía utilizar tan admirablemente, y presenta allí a uno de esos héroes que, como hizo ver en muchos de los artículos que escribió desde Cuba, injustamente robaron la gloria a los soldados regulares. Hay además en ese texto una crítica, ésta sí explícita, al error del Departamento de Guerra de su país de nombrar tenientes, capitanes y hasta comandantes, a un gran número de distinguidos y elegantes jóvenes que carecían de experiencia y de entrenamiento: "En cualquier parte del mundo habrían causado una fantástica impresión como materia prima, pero, intrínsecamente, no eran tenientes, ni capitanes, ni comandantes. Eran hombres excelentes, pero la humanidad es sólo una parte esencial en los tenientes, los capitanes y los comandantes. De alguna forma, todo esto encerraba la misma lógica que bañarse en el mar dentro de una caseta-vestuario de playa".
Crane, como comentó Joseph Conrad, su amigo y admirador, era "un artista de las palabras". Esa cualidad está presente en Heridas bajo la lluvia. Apunté antes que algunos de los cuentos poseen escasos elementos ficcionales, y no aspiran a ser más que esbozos de escenas reales presenciadas por su autor durante la guerra. En este caso, es algo que importa poco, pues son textos tan bien escritos, que uno como lector se deja llevar por la calidad de su prosa. El lenguaje de Crane es conciso, certero, despojado de retórica y de adornos, pero a la vez es muy sugerente y expresivo: "A una orden, los hombres retrocedieron cuatrocientas yardas y se dispersaron con la rapidez y el misterio de un puñado de guijarros arrojados a la noche". Sus descripciones son además muy sintéticas, como se puede apreciar en ésta que sirve de inicio a El manicomio privado delsargento: "La luna era una llama azul casi uniforme y todo su resplandor se derramaba sobre un páramo, quieto y sin vida, de cactus y árboles empequeñecidos. Las sombras se extendían sobre el suelo, como charcos de negruras perfectamente perfilados que, en vez de sombras, recordaban algún tipo de material o sustancia. Desde la lejanía llegaba el sonido del mar carraspeando entre los corales".
Hay una expresión coloquial que solemos decir cuando nos encontramos con una persona a quien no veíamos desde hace mucho, y en la cual el paso de los años apenas se advierte: ¡Pero si estás igualito! Algo similar se puede decir de estos magníficos textos de Stephen Crane, cuya lectura, en los tiempos actuales, tan pródigos en guerras, se justifica doblemente.
© cubaencuentro
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