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Actualizado: 14/09/2019 3:07

Literatura, Literatura rusa, URSS

Una mujer radicalmente insumisa

Pocos meses antes de que la fusilaran, Yevguenia Yaroslávskia-Markón redactó un documento en el que hizo un relato insolente y libre de su breve vida. Una vida ardiente, rebelde y breve, que parece la de un personaje de una novela de Dostoievski

“Una advertencia: que no os sorprenda ni os avergüence mi sinceridad. Estoy convencida de que la franqueza siempre es beneficiosa para una persona porque, por muy oscuros que sean sus pensamientos y sus actos, aun así, son mucho más claros de los que cree su entorno”.

Así inicia Yevguenia Yaroslávskaia-Markón el texto que simplemente tituló Mi autobiografía, y que varias décadas después de su muerte ha visto la luz. Primero en inglés, dentro de la compilación Remembering the Darkness: Women in Soviet Prisions (2001). Después, en 2008, en su versión original en ruso en la revista Zvezdá. En 2017 apareció Revoltée, la versión al francés. Y desde el año pasado se puede leer en español, bajo el título de Insumisa (Armaenia Editorial, Madrid, 2018, 151 páginas, traducción de Marta Rebón).

Al final de su testimonio, la mujer que lo firma escribe: “Ya lo sabéis todo de mi vida: la vida de una estudiante de liceo revolucionaria, llena de sueños, la compañera de un gran hombre y poeta, Aleksander Yaroslavski, una eterna viajera, una antirreligiosa itinerante, periodista de Rul, vendedora callejera de periódicos, ladrona reincidente, adivina, vagabunda…”. Tras leer esa apretada síntesis de su existencia, surge de inmediato una interrogante: ¿cómo una joven estudiante de liceo termina en la delincuencia y la marginalidad? Pero ya ella nos advirtió anticipadamente: no debemos asombrarnos, ni dudar de su franqueza.

Y asombro precisamente es lo que se siente al conocer su insólita existencia. Como ella se encarga de contar, su familia pertenecía a la burguesía intelectual judía de San Petersburgo. Estudió en un liceo privado y luego en la universidad. Dominaba cuatro idiomas (ruso, alemán, francés, hebreo). Ejerció el periodismo. Se casó con un escritor. ¿Cómo con unos orígenes y una trayectoria semejantes se puede terminar en el mundo de la delincuencia y en los ambientes marginales? La respuesta se encuentra en este relato de la que fue una vida ardiente, rebelde y breve, que parece la de un personaje de una novela de Dostoievski.

Lo primero a destacar de este testimonio es que no se parece a ningún otro que se haya podido leer acerca del totalitarismo soviético. Los hay mucho mejor escritos, más conmovedores, más exhaustivos y completos. Pero será difícil encontrar uno como este, escrito por una mujer increíble, de cuya vida solo se sabe lo que ella se encargó de contar. Lo hizo en un relato insolente y libre, en el cual da cuenta de una existencia que no duró más de 29 años y que estuvo marcada por la insumisión. El manuscrito original, que se conservaba en los archivos del Servicio Federal de Seguridad de la región de Arjánguelsk, consta de 39 hojas de caligrafía densa y apretada. Fue redactado bajo el ojo de la GPU, la Dirección Política Estatal, el órgano de la seguridad del Estado sucesor de la Checa. Yevguenia Yaroslávskaia-Markón lo escribió con premura, pues no albergaba duda alguna de que sería fusilada. Por tanto, como ella expresa, no tenía nada que perder y por eso decidió no ocultar nada.

Había nacido en Moscú, pero poco después su familia se mudó para San Petersburgo. Su padre era un hebraísta y pilar de la comunidad judía rusa. Cuenta que en el liceo “no era mala estudiante, si bien un poco perezosa”. Era famosa por su mal comportamiento, lo cual no significaba que hiciera travesuras como los otros alumnos: “¿Qué travesuras podía hacer si todos mis pensamientos estaban centrados en la revolución? Parecía absorta en la resolución de un problema de álgebra, cuando, en realidad, lo que me preocupaba eran las masas trabajadoras”.

Ya desde entonces decidió no doblegarse ante nadie y además tenía una idea infantil y “de una ingenuidad rayana en la estupidez”: la dirección y los profesores representaban el poder; las estudiantes, las masas oprimidas. Su comportamiento hizo que, a fines de 1917, la expulsaran del liceo. Se preparó de manera autodidacta para los exámenes y los aprobó en la primavera del 18. A los dieciséis años matriculó historia en la Tercera Universidad Estatal, pero poco después pidió el traslado para la facultad de filosofía.

Acogió con entusiasmo el estallido revolucionario de febrero de 1917. Era romántica, apasionada e idealista, y a los quince años participó en su primer hecho insurgente: liberó a los presos comunes que se hallaban en la fortaleza Litovski (a los reclusos políticos los habían soltado el día anterior). Hasta los catorce, sus padres no la dejaban salir a la calle si no iba acompañada. Aquella, pues, debió ser la primera vez que veía de cerca a ladrones, estafadores y criminales. Es decir, los integrantes del que después ella reconocería como el verdadero pueblo. Más tarde, se afilio al Partido Socialdemócrata de Rusia.

Si se detuvo, ¡ya no es una revolución!

La rebelión de los marineros de Kronstadt, que estalló en 1921 en la base naval de la flota del Báltico, marcó el inicio de su desencanto del nuevo gobierno. El motín fue sofocado con ensañamiento, pese a que “no era una vulgar conspiración de la Guardia Blanca, sino una auténtica revolución, en absoluto parecida a la de los bolcheviques”. Eso la llevó a hacer propaganda contra estos en los medios estudiantiles. En su opinión, la revolución se había congelado y embrutecido por el poder. Era un movimiento inmóvil: “si se detuvo, ¡ya no es una revolución!”.

Expresa que, a los veinte años, sintió el deseo de casarse, “de amar a otro ser con todo mi pensamiento, sin reservas, de acariciarlo, de prepararle la comida”. En una fiesta de los biocosmistas conoció a Aleksandr Yaroslavski. Este era una figura destacada del círculo futurista del Extremo Oriente ruso, autor de más que quince poemarios y de dos novelas. Llegó a estar afiliado al Partido Comunista, pero para entonces se había decepcionado y se hallaba escindido entre su fidelidad leninista y su lucidez para comprender la realidad. Acerca de él, Yevguenia escribe:

“Se podía no querer a Aleksandr Yaroslavski, no todo el mundo estaba dotado para apreciarlo, pero dejar de quererlo, ¡eso era imposible! Un talento genial, aunque demasiado áspero, una sabiduría universal, una ausencia total de hipocresía, un desprecio sublime por la llamada opinión «pública», esos eran los rasgos de su alma (…) Se puede decir que trataba a la gente «según sus hábitos»: cuanto peor vestida iba la persona, más cordial se mostraba con ella; cuanto más rico y cuidado fuese su atuendo, más distante era”.

A fines de 1922 o comienzos de 1923 se casaron. Se amaban como niños, como dos compañeros de lucha. Empezaron a dar conferencias juntos. Hablaban sobre temas literarios y antirreligiosos. Ella adoraba aquella vida de amor, de creación, de vagabundeo. “Dábamos auténticas giras por toda la Unión Soviética: Múrmansk, Taskent, los Urales, el Volga; trenes, barcos, los dulces y deliciosos trayectos en trineo… ¡Oh, habría tanto de lo que podría escribir!”. Compartían además el trabajo de creación: él escribía y ella pasaba a máquina sus textos. Eso la introdujo en el mundo del arte.

En marzo de 1923, ella tuvo un accidente: cayó bajo las ruedas de un tren y a consecuencia de ello, le tuvieron que amputar los dos pies. Desde entonces, se vio obligada a usar una prótesis. Sin embargo, en su autobiografía solo dedica unas pocas líneas a aquel terrible suceso. Lo consideraba un “acontecimiento insignificante”, pues, “en efecto, ¿qué es la pérdida de dos miembros inferiores con ese amor tan grande que era el nuestro, de esa felicidad tan deslumbrante?”.

Eso no le impide proseguir con las giras, que después se extendieron al extranjero. Entre 1926 y 1927 viajaron a París y Berlín. Mientras Aleksandr hablaba sobre la situación de la literatura soviética y la cuestión campesina, ella dedicaba principalmente su discurso “a la arbitrariedad y a la vil hipocresía de la política represiva de los bolcheviques, dirigida no contra la contrarrevolución y el enemigo de clase, sino contra el lumpenproletariado, contra los más desfavorecidos”. Colaboró además en la revista Rul, bajo el seudónimo de G. Svetlova. En varios de esos artículos ya se ponía de manifiesto su claro y definido interés por el mundo de los desheredados y el hampa.

Al cabo de año y pico de estar fuera, Aleksandr languidecía por la patria soviética. Y aunque estaba consciente de que corría el riesgo de que lo encarcelasen, decidió volver. “Voy a Rusia a que me pasen por las armas”, le comentó a su compañera. Sus temores se cumplieron, y a los pocos días lo detuvieron por “desacreditar a la Unión Soviética en el extranjero mediante la calumnia a la prensa extranjera y blanca”. Meses después, un tribunal lo condenó a cinco años en un campo, “por ayudar a la burguesía mundial a llevar a cabo actividades enemigas contra la Unión Soviética”. De Moscú lo trasladaron a Leningrado y de ahí, a las islas Solovkí. Ese archipiélago, situado al noreste de Rusia, en pleno mar Báltico, albergaba un inmenso campo de trabajo a cielo abierto. Fue el primer campo del Gulag, que en la introducción a Insumisa Olivier Rolin define como “una de las grandes máquinas de matar de los tiempos modernos”.

Yevguenia fue detrás de su esposo y se ocupó de llevarle paquetes. Durante un tiempo vivió en la casa de una tía y para obtener algún dinero vendía periódicos en la calle. Tenía un diploma universitario y habría podido encontrar empleo en una oficina. Pero cuenta que “la mera visión de las instituciones soviéticas —limpias, arrogantes e inaccesibles— siempre me provocaba algo parecido a un mareo… ¡Ir a trabajar a semejante nido de escribas y fariseos!”. Además, de acuerdo a sus principios no podía laborar para ninguna institución del régimen que había encarcelado a su esposo. Fue entonces cuando optó por llevar una existencia fuera de la ley, sin techo, sin lazos familiares, sin amigos. Convencida como estaba de que la única revolución verdadera estaba en los bajos fondos, se lanzó a vivir entre la que para ella era auténtica clase revolucionaria: los maleantes. En su testimonio insiste en la inmensa importancia que atribuía a la “chusma” y afirma: “Decidí sumergirme en la «chusma» no como una «noble extranjera», sino como una igual. Decidí aprender a robar…”.

Respetada entre los suyos

Hasta entonces, la contenía su afecto por Aleksandr. Pero tras su arresto, quedaba libre. En el texto, se preocupa por dejar claro que si se fue a vivir con la chusma “no fue como quien va con sus hermanos pequeños para aleccionarlos, no: respetuosamente me acerqué a ellos para aprender el oficio de ladrón, su ética. Y mi intención no era llevarles una doctrina nueva, sino vigorizar en su propio entorno las antiguas leyes criminales, tambaleantes en lo últimos tiempos: el odio implacable hacia la pasma y los soplones, la generosidad entre camaradas (o lo que es lo mismo, la ayuda mutua), etc.”.

Tuvo ideas románticas y extravagantes. Una fue la de organizar el “día de la donación”, de una prostituta a un delincuente. Más de la mitad de los maleantes que había conocido estaban en la cárcel y propuso a las prostitutas que trabajaran una noche en beneficio de ellos. Pero llevar esa idea a la práctica resultaba imposible, pues solo conocía a los camaradas detenidos por sus apodos. ¿A nombre de quién iban a entregar los paquetes en el Departamento de Investigación Criminal de Moscú?

Soñaba también con organizar, si bien no inmediatamente, un comité político de delincuentes que aglutinara a todos los elementos antisoviéticos o simplemente criminales, con el propósito de “liberar de los centros de reclusión, en primer lugar, a los condenados a muerte y luego, en general, a los mayores criminales, tanto a los políticos como a los criminales”. Naturalmente, eso implicaba grandes recursos económicos, que según ella se irían consiguiendo mediante asaltos y expropiaciones. Revela todo eso en su autobiografía-confesión porque ya no le importa: “Espero el fusilamiento o pasar una larga temporada entre rejas y, en cualquier caso, estaré bajo estrecha vigilancia secreta y, por lo tanto, de una u otra forma, ¡no podré llevar a cabo este plan en toda mi vida!”.

Dormía en parques, en casas viejas, en la garita de los tranvías. Pasaba la noche hacinada con mendigos, prostitutas de la calle y ladrones de poca monta. Fue así como encontró la que consideraba su auténtica familia, en el sentido literal de la palabra. No obstante, confiesa que se sentía culpable ante su esposo, quien había iniciado una huelga de hambre para exigir encontrarse con ella. Como no tenían dirección donde localizarla, la policía no pudo notificárselo. En el momento en que se decidía trágicamente el destino de Aleksandr, anota, ella pensaba más en el mundo del hampa y se apasionaba con una mezquina vanidad sobre el papel que se disponía a desempeñar en ese medio. Pudo finalmente encontrarse con él, y eso aumentó su odio y su desprecio por el régimen soviético.

Sus primeros robos consistieron en frutas y dulces en los puestos de comida. Pasó después a ir a las consultas de los dentistas y revisar los bolsillos de los abrigos allí colgados, para llevarse el dinero que hallaba. Cuando había visitado la mayoría de los dentistas de Moscú, empezó a robar la ropa tendida en los patios. En algunas ocasiones, entró en apartamentos cuya puerta habían dejado abierta. Algo que pronto se convirtió en su especialidad fue el robo de equipaje en las estaciones. En cambio, fue un fracaso como carterista. La primera vez que intentó hacerlo, la golpearon en la cabeza con una botella vacía y un palo y la llevaron a la comisaría.

Como ladrona, tenía un código: “Me apropiaba de lo ajeno solo en casas ricas; si me encontraba con un objeto, aunque fuera valioso, delante de una vivienda en un sótano, ¡pasaba de largo!”. Reconoce, además, que robar, le procuraba un placer genuino y le elevaba el espíritu. “¡Oh, Dios mío! ¡Qué alegría nos procura cada maleta robada! Es lo mismo que un huevo de chocolate con «sorpresa» cuando somos niños”. Asimismo, era respetada entre los suyos, pues compartía con ellos el botín. Esa deferencia se debía también a que los delincuentes siempre respetaban a la mujer que, en lugar de prostituirse, roba en solitario. Y si, además, como en su caso, era una lisiada que lo hacía sin la ayuda de nadie, la valoraban de modo especial.

Reincidió una y otra vez con empecinamiento

Fue arrestada en varias ocasiones y cumplió penas de encarcelamiento. Lejos de detenerla, eso reforzó su determinación. Reincidió una y otra vez con un empecinamiento casi suicida. Acabó siendo condenada a tres años de deportación “a una zona remota”, castigo que, tras interponer un recurso de casación, le conmutaron por el destierro a la ciudad de Ustiuzhna. Allí se convirtió en jefa de una banda de ladrones. Aprovechando su talento como contadora de historias, se autoproclamó echadora de la buenaventura. Las familias respetables la invitaban a su mesa, le pagaban, la agasajaban, la mimaban. Una nueva acusación por robar en una tienda hizo que la enviaran a Siberia. Poco después de llegar al lugar que le asignaron, consiguió documentos falsos y, viajando de ciudad en ciudad, se dirigió a Moscú.

Aunque su autobiografía se detiene ahí, la documentación incluida en su último expediente permite conocer cómo fue su final. La arrestaron y la hallaron culpable de huida, así como de “complicidad en la comisión de un delito”. Por ese mismo tiempo, Aleksandr enfrentó un nuevo proceso y lo sentenciaron a ser fusilado. Todo hace deducir que Yevguenia preparaba la huida de su esposo del campo de Solovkí, el mismo a donde ella había sido transferida.

Con la muerte de Aleksandr, cesaron sus obligaciones para no comprometerlo. Según las fichas administrativas reproducidas en el libro, sus declaraciones pasaron a ser cada vez más violentas. Cuando escuchó el apellido de su esposo durante la lectura de la lista de sentenciados, gritó: “Asesinos, monstruos, chupasangres, pronto compartiréis su destino, y no será con una bala, sino con una bomba; el objetivo de mi vida será destruir el gobierno soviético”. Se negó a trabajar, realizó propaganda contra el poder soviético entre los reclusos y los llamó a la huelga y la rebelión. Un día se paseó con un cartel en pecho, en el que había escrito con letras mayúsculas “¡Muerte a los chekistas!”.

En dos ocasiones agredió al jefe del campo, una lanzándole una piedra, otra golpeándolo con una de sus prótesis. Tras eso, fue trasladada a una celda de aislamiento, donde probablemente pasó sus últimos días. Hizo varias tentativas de suicidio: se abrió las venas con un pedazo de vidrio, trató de estrangularse con una toalla. Se le impuso la pena máxima por “acto terrorista” y “propaganda contrarrevolucionaria”. La sentencia fue ejecutada el 20 de junio de 1931. Un guardia que estuvo presente en el fusilamiento contó que insultó al jefe del campo, llamándolo “escoria pestilente”, y lo escupió a la cara. Este se enfureció, “maldijo, atacó a la mujer con la culata del revólver y le pateó el cuero, que yacía inconsciente”. Así terminó la corta existencia de aquella mujer radicalmente insumisa, sin partido, sin amo, sin Dios, que hasta el final mantuvo la rebeldía como su santo y seña.

Cada línea de su texto lleva el grito de su rebelión indomable a todo dogma. Leer estas páginas significa un viaje en primera persona al fondo de una mujer fuerte de carácter, que vivió una vida intensa, accidentada e increíble. Una vida que quemó en un proceso de destrucción y perdición voluntarias; que la llevó a renunciar a un futuro estable y solvente para convertirse en ladrona por convicción y por un gusto por el riesgo. Incurablemente romántica, se impuso una disciplina de hierro para adoptar la marginalidad, y estableció un compromiso salvaje con ese mundo.

En su autobiografía no debe buscarse elaboración literaria, sino el testamento brutalmente sincero de una mujer inusual. Es un documento redactado con un lenguaje directo, rudo, y con una frialdad y una serenidad que ponen los pelos de punta. Su fuerza y su convicción política impresionan porque rozan lo absoluto. A eso se ha referido Olivier Rolin, al expresar: “Pocas veces he leído el testimonio de un alma tan proclive a lo absoluto (…) El absoluto de la pasión amorosa así como el de la pasión política, que parecen fusionarse en el fuego de esta corta vida”. A lo cual agrega: “No sé si existe algún otro ejemplo de una intrepidez tan brillante, de una libertad tan insolentemente forjada”.

© cubaencuentro

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