La columna de Ramón

Carta a Carolina Poncet y de Cárdenas

Pedagógica y buscona Carolina Poncet y de Cárdenas:

Que el mundo está mal hecho no es un descubrimiento mío. Es más, creo que tengo poca culpa en eso, aunque me he esforzado aportando disparates diversos. Y como el último lugar donde se pudiera arreglar el mundo es en la isla que me vio nacer —donde realmente los nacidos en ese trozo de tierra buscamos soluciones descabelladas que terminan poniendo al mundo irreconocible, peor que como estaba—, mi percepción del universo es una percepción perversa. Y una de esas perversidades ha sido el papel que la mujer ha tenido en mi país.

En otros sitios, el papel más común en la mujer es el papel de cocina, para no hablar del papel higiénico. Pero en los últimos cuarenta y pico de años, ni eso, por algún problema de pulpa o de bagazo. Cualquier filosofo alemán concluiría, muy a la ligera y germanamente, que en Cuba la mujer no tiene papel, olvidando que de vez en cuando las representantes del llamado —erróneamente— sexo débil hojean un periódico, de modo que algún papel tienen entre las manos. O sostienen.

Hay, sin embargo, otros dos importantes papeles que ha tenido la mujer de mi tierra, si entendemos papel como función, y no como el resultado de todo un proceso químico que sirve lo mismo para un cartucho que para una orientación de arriba. Son el de objeto y el de madre. En lo segundo hay una hondísima contradicción a pesar de que todas han venido a este mundo perverso debidamente equipadas con el instrumental necesario para la producción de niños: vulva, vagina, útero y “ay, papi, qué rico”.

Sucede que, en mis incansables investigaciones populares, todos se empeñan en afirmar que “madre hay una sola”. De modo que el puesto de madre siempre esta ocupado. Habría que intentarlo en el oriente del país, donde, de vez en cuando, algún científico de esquina afirma que “madres hay una solas”, para que se ensanche la plantilla aunque sea fonéticamente.

Que yo sepa, usted no quiso ser mujer-objeto. Hay algunos objetos muy feos, y mujeres-objeto realmente aborrecibles. Yo no abogo por la igualdad. En realidad no abogo por nada, pues si no nado me abogo. Me gustan las cosas claras y el chocolate por la libre, y que cada cual ocupe el lugar que quiera. Si una mujer desea ser objeto, pues que se esfuerce en no ser un objeto inútil. Las hay que intentan ser objetos y resultan tarecos, y los hombres somos, más que objeto, objetivos. Pero en su caso, nació usted con un cerebro de los buenos, una inteligencia que la alejaba del anafe, y unas ganas tremendas de ser útil mas allá de la comadrita, así que se puso a estudiar, a investigar, y a escribir.

Una mujer investigando es cosa seria, porque tienen como una tercera capa en el moropo, casi una membrana, que les da ventaja sobre los machos. Eso les agudiza la mirada, les pone el olfato a mil y les va creando una clarividencia asombrosa, como a tres kilómetros del útero. A esta altura, y en habiendo conocido muy de cerca peerles a cientos de ejemplares del sexo opuesto —no entiendo por qué le dicen sexo opuesto si lo que más deseamos es tener sexo con ellas— he llegado a brillantes conclusiones que algún día pondré en un informe. Una de ellas se refiere precisamente a ese aguzado olfato de las féminas. Y afirmo que el hombre inventó los perfumes por pura envidia, para atrofiarles las mucosas nasales y, con ello, el mondongo craneal.

Dejemos las elucubraciones y los alambiques. No sé si se echaba usted perfume. Desconozco incluso si se bañaba, pintaba, teñía, o se hacía rolos, esa sana costumbre nacional con la que las amas de casa se estiran las neuronas. Usted saltó a la fama una mañana de febrero de 1915, cuando se puso a hacer oposición y casi la mandan a la plancha, por no decir que la plancharon. Tenía 36 años, edad cuasi provecta para la mujer insular, en la que cada día corre el peligro de pasar de “plátano para sinsonte” a estar “para el tigre”, según definición de sapisimos estetas. Y cuando digo oposición no me estoy metiendo en política, que entonces era cómica. Como ahora, pero menos peligrosa.

Usted se levantó esa mañana, se lavó la cara, y al borde del jarrito del café se dijo: “Voy a bajar todo San Lázaro y le pondré coquito con mortadella a todos esos decanos y edecanes de la Universidad, para que haya diversidad”. Llevaba, además de la explosiva intención, un currículo envidiable. Pero en la Cuba de entonces los catedráticos no se hacían en dos días, de manera que los que la iban a examinar eran unos venerables carcamales, que no le miraron ni el currículo, por aquello de la edad y de no caer en lo pecaminoso.

Actualmente, si una mujer va a oponerse a cualquier cosa, y buscar plaza, lo primero que hacen es mirarle bien esa parte del cuerpo, y hasta intentar usárselo. Y luego de analizar —nunca mejor dicho— el currículo, le observan lo de la plaza. Si usted acude a la plaza en cada convocatoria, lo más probable es que la elijan, aunque tenga el cerebro lleno de rolos, que es como se encogen las neuronas en el verde caimán.

Se armó gran revuelo en la prensa. Y hasta las pocas feministas que ya pululaban en el país se pusieron a pulular y organizaron un reñido juego de pelota, en protesta por lo que calificaron de discriminación. Usted, sin embargo, tal vez dolida allá en el fondo porque sabía que poseía nitrón en el músculo craneal, fue elegantísima. Hizo unas declaraciones sobrias pero contundentes, donde renunciaba a la casa de altos estudios.

Dijo, pedagógica y ejemplarmente: “Tengo el honor de comunicarle que habiendo obtenido por oposición la cátedra de Gramática, Composición, Elocución, Literatura Española y Cubana, de la Escuela Normal para Maestros de La Habana, y alcanzado el honor de ser elegida por mis compañeros de claustro como directora de este establecimiento, he resuelto renunciar a mi calidad de opositor a la cátedra de profesor auxiliar de la Escuela de Pedagogía de la Universidad de La Habana”. Una estocada perfecta, sí señor. O señora.

La parrafada muestra cierto despecho y unas goticas de orgullo. Un olorcito a sana soberbia la recorre. Mas, en el fondo, era lo que en Pogoloti se llama un estrellón a la rancia mentalidad académica. La habían rechazado por ser mujer, y sin embargo, ganaba usted en posicionamiento, rango y salario. No es lo mismo ser un profesor auxiliar —que sufren en los exámenes auxiliando alumnos— a convertirse en toda una directora de un centro para Maestros Normales, que eran pocos. Siempre lo han sido.

El secreto de esa actitud arrasadora es que había nacido en Guanabacoa en una fecha tremenda: el 13 de agosto de 1879. Nacer en Guanabacoa y ese preciso día, dota a las personas de algo que un científico francés ha llamado “don de mando”, que traducido al lenguaje cubano quiere decir que arrempujaba usted lo que fuese, sin importarle que doliese. Para eso era experta en gramática y, sobre todo, en elocución, que todavía no sé muy bien cómo se come, pero impresiona cantidad. Si alguien dice: “Cuidao con ése, que es experto en elocución”, hay que bajarse de la acera. Un elocutivo causa pavor.

De ñapa, le sabía muchísimo también a la Literatura Española y Cubana, lo que no era, en aquella época, algo sobrenatural, pues todavía no se había inventado el Premio Planeta. Se agarraba algo de Góngora, un poco de Quevedo, cierto Arcipreste de Hita y cuatro libras de Cervantes, y ya daba un semestre. En lo insular estaba más que chupao. Los escritores del patio se estaban muriendo por esos días.

En 1915 no era usted una improvisada. Doce años atrás había sido elegida Mejor Maestra del país. Y hasta la mandaron a Harvard, a recibir un curso de Pedagogía, que le sirvió para tener el plan Harvard. En 1905 le aprobaron un librito para ser texto oficial de todas las escuelas cubanas. Lo tituló Lecciones de Lenguaje. Entonces la gente podía escribir textos oficiales, y se los aprobaban. Ya sabemos cómo se ha puesto ese renglón hoy día. No contenta, en 1913 se alzó con un premio con su tesis El romance en Cuba, que creo recordar sirvió más tarde para el guión de la película Romance del Palmar.

Luego se puso a investigar en el romancero español, en lo que hizo su verdadero aporte para las nuevas generaciones. Gracias a su tesón podemos cantar, con orgullo y raíz hispana, ese himno estremecedor en honor a un mártir internacionalista, y que dice: “Mambru se fue a la guerra, qué dolor, qué dolor, qué pena”, en su versión clásica, y no en la vertiente bufa, que envía al guerrero a lomos de una perra.

A pesar de esa vida ejemplar, y de haber sido miembro —o miembra— de la Academia Cubana de la Lengua, fue tirada a mondongo porque pasó de Librepensadora a una ferviente fe religiosa. Murió en Marianao en 1969, posiblemente rezando, pendiente de lo que iba llegando a la bodega. Tal vez amenizara las colas con aquellos romances antiguos de los que sabía tanto. No dejo de reconocer que llegó bastante lejos. De Guanabacoa a Marianao. Para como anda el transporte ahora mismo, es una tirada asombrosa.

Muy gramatical y con el ano nimio,
Ramón

© cubaencuentro

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